Vivir y morir en Agbogbloshie

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La vida de miles de personas depende del vertedero tecnológico de Accra

Texto y fotos José Ignacio Martínez Rodríguez desde Agbogbloshie (Ghana)


Agbogbloshie, en Accra, capital de Ghana, es uno de los mayores vertederos tecnológicos del mundo y el lugar de trabajo de miles de personas expuestas diariamente a algunas de las sustancias tóxicas más peligrosas y abocadas, por ello, a una muerte prematura.

Sule, arriba en la fotografía, golpea con un martillo algo que parece una vieja bujía de un motor, aunque lo cierto es que no se puede distinguir bien entre la amalgama de piezas metálicas de diversa condición que yacen frente a él. Hay un microondas desarmado, el volante de un coche, fragmentos de un ventilador, cables de diferente grosor y color, alguna que otra tubería de hierro… Todo sobre un suelo de tierra teñido de negro por la ceniza. Sule, que dice tener unos 15 años –aunque parecen más–, viste unos pantalones vaqueros y una camiseta azul, todo manchado de hollín, como su piel. «Llevo trabajando aquí tres años», dice. «Me gano la vida así, haciendo negocio con las partes de los vehículos que nadie quiere. Sé cuáles pueden tener otra vida o qué material puedo revender por algo de dinero».
El calor en Agbogbloshie, considerado uno de los mayores vertederos tecnológicos del mundo, un lugar de unas dos hectáreas a orillas del río Korle, es similar al de cualquier otro barrio de la capital ghanesa, un país con más de 30 millones de habitantes, situado en el Golfo de Guinea, donde el 25 % de la población vive bajo el umbral de la pobreza y el 7 % lo hace en la pobreza extrema. Pero con una notable diferencia: aquí la alta temperatura se mezcla con una nube tóxica de polvo gris y un olor intenso a metal y a plástico quemado. Agbogbloshie huele a contaminación, a una polución infinita.

Diferentes estudios a lo largo de las últimas dos décadas confirman este punto. Greenpeace, en 2008, publicó el informe Poisoning the poor. Electronic Waste in Ghana (Envenenando a los pobres. Basura electrónica en Ghana), donde informaba de que todas las muestras del lugar analizadas contenían varias sustancias peligrosas y que, en algunos casos, ciertos metales como el plomo, el cadmio o el antimonio, altamente tóxicos, estaban presentes en el suelo en concentraciones que superaban 100 veces los niveles normales. Otro informe de la ONU de 2014 denunciaba que la contaminación del agua y de la tierra había aniquilado en diez años toda la biodiversidad de la zona. Hoy solo se ven algunas gallinas que picotean restos aquí y allá. El agua del río invita a pensar que es imposible que allí pueda vivir algún pez.



Un hombre transporta un carro con cables a la entrada de Agbogbloshie.


Salario mínimo


Sule trabaja en Agbogbloshie con otras 6.500 personas –diferentes estimaciones elevan el número hasta las 40.000, según la temporada– y vive justo enfrente, en Old Fadama, un suburbio de unos 100.000 habitantes conocido como Sodoma y Gomorra por sus altos niveles de criminalidad. Un barrio formado, sobre todo, por los migrantes procedentes del norte del país, donde los niveles de pobreza aumentan de forma considerable, y en el que resultan frecuentes los trapicheos con todo tipo de drogas. Un lugar cuyos habitantes ya se han acostumbrado a los robos a mano armada, a los constantes choques entre policías y militares, por un lado, y criminales por el otro. Una amalgama de casas muy juntas compuestas por paredes de barro y techos de hojalata poco recomendables para vivir.
«Mira, puedo hacer unos 600 cedis al mes –alrededor de 95 euros–. Creo que es un buen sueldo, aunque en realidad no tengo otra opción. Esta es mi forma de ganarme la vida», afirma Sule. Ghana tiene un salario mínimo establecido en torno a dos euros al día, por lo que la afirmación del joven no se aleja demasiado de la realidad; puede cobrar un tercio más que un trabajador de otros sectores económicos. Aunque para ello tenga que pasarse entre basura electrónica 10 horas al día seis días a la semana. Aunque tenga que jugarse la vida y se huela que la suya vaya a ser más corta que la de los demás.

Resulta complejo establecer la procedencia de la basura electrónica de Agbogbloshie y también su cantidad. Pese a que el Convenio de Basilea prohibió la exportación de residuos electrónicos, el puerto de Tema recibe semanalmente decenas de contenedores procedentes de la Unión Europea que pasan como mercancía de segunda mano bajo la etiqueta de reutilizables. Y mucha también se produce allí. Un extenso reportaje de Euronews publicado en julio de 2019 analizó el viaje comercial de estos residuos y arrojó que el 85 % de los desechos electrónicos vertidos en Ghana se originan en esta nación y en otras de África occidental, y que el resto, exportado, no es retenido antes de partir porque los puertos europeos apenas pueden monitorear e inspeccionar las cantidades ingentes de género que mueven todos los días.

«Yo estimaría que, desde Europa, alrededor del 80 % del comercio que se exporta a África es ilegal. Las autoridades portuarias de Ghana dicen que el 75 % de las mercancías que llegan al país son de segunda mano. La idea es que el mercado local ­reacondicione estos equipos y trate de venderlos. Lo que no se puede vender va a Agbogbloshie», dijo en el citado artículo Jim Puckett, director ejecutivo de Basel Action Network, un organismo de vigilancia medioambiental que colocó en 2018 más de 300 rastreadores GPS en material de residuos electrónicos de Europa.



Un joven rebusca algo con lo que hacer negocio.



Vivir sin servicios básicos

Al preguntar a los trabajadores del vertedero por una autoridad, un jefe que organice y regule todo, estos señalan a Idrisu Shaibu, un hombre de unos 60 años, de barba canosa, dientes ennegrecidos y piel ruda y curtida. Idrisu viste hoy una túnica blanca y un gorro kufi de encaje gris. Solo interrumpe la entrevista, realizada en un pequeño cobertizo a la entrada de Agbogbloshie, para el rezo musulmán. «Aquí tenemos muchos problemas. Yo diría que el peor es el humo, un humo denso que hace que, a menudo, respirar se convierta en algo realmente complicado. Ya nos han dicho los médicos que todos estos químicos provocan ­enfermedades muy graves como el cáncer», explica.

Las estadísticas oficiales le dan la razón de forma ­inequívoca. Sirva un ejemplo: la probabilidad de contraer un cáncer por la inhalación de arsénico es 70.000 veces más alta en Agbogbloshie que en cualquier otro lugar del mundo donde haya una exposición media a este metal. Lo dice un estudio realizado por la División de Química Ambiental del Instituto de Investigación del Agua de Ghana, que arrojó que hasta siete de cada 100 trabajadores del vertedero lo sufrirán a lo largo de su vida, lo que en un país con unas condiciones sanitarias tan precarias es sinónimo de muerte. Otros estudios epidemiológicos han revelado una relación directa entre la exposición a metales muy presentes en este barrio y diversos tipos de tumores, enfermedades cardiovasculares, diabetes, endometriosis, menopausia prematura, alteración en las hormonas de la testosterona y también en el sistema inmunológico.

Shaibu, que protesta por la poca atención que recibe Agbogbloshie por parte de los poderes públicos de su país, sabe que vivir allí puede acortar la vida. «Tenemos un hospital, uno pequeño que montó una ONG alemana, pero es insuficiente», dice. Aunque afirma también que la solución no pasa por criminalizar el lugar, ni el negocio con el que tantas personas se ganan la vida, ni tampoco a los propios trabajadores. «Esto empezó sobre 1975 y, al principio, éramos muy pocos. Con el tiempo fue viniendo más gente, sobre todo aquellas personas que no tenían nada. Ahora somos un sector muy importante para la economía del país», prosigue. Un sector, eso sí, que forma parte de ese 88 % de la población de Ghana que vive del empleo informal.

También señala Idrisu Shaibu los pocos servicios de los que disponen en Agbogbloshie. Algo a priori tan sencillo como ir al colegio puede resultar una odisea para los niños del vertedero, que se cuentan por cientos. Según la ONG Africa Education Watch, todas las escuelas que rodean el lugar son privadas y, en su mayoría, inaccesibles para los residentes. Esta organización afirmó el pasado año, además, que ello provocaba una finalización prematura de la educación básica de los chavales, que ven en la basura electrónica una de las pocas formas de ganarse la vida. Un campo de fútbol construido frente a las montañas de desperdicios supone casi su único divertimento. Se juega por las mañanas con montañas de residuos electrónicos como únicos espectadores. «Es una de las zonas del país que concentra más trabajadores y más volumen de negocio, pero el ­Gobierno nos tiene en el olvido. Solo pido que los políticos vengan aquí alguna vez y escuchen lo que tenemos que decirles. Será bueno para ellos y para nosotros», finaliza Idrisu.



Partido de fútbol en el campo habilitado junto al vertedero tecnológico de Agbogbloshie.



Una obligación casi suicida


Para los habitantes de Old Fadama y los trabajadores de Agbogbloshie, una acción tan sencilla como comer puede significar una misión suicida, algo capaz de matarte poco a poco. El estudio Controles débiles: los residuos electrónicos en la cadena de alimentos de Europa a África, de la red IPEN –formada por más de 550 oenegés presentes en 116 países y que tienen por objetivo luchar por un futuro libre de tóxicos– y Basel Action Network lo ejemplifica con los huevos. Dice que, tras un gran muestreo de este alimento en diversos países, los que ponían las gallinas del vertedero ghanés presentaban la mayor presencia de dioxinas bromadas –sustancias químicas altamente dañinas que afectan al desarrollo del cerebro, dañan el sistema inmunológico y alteran la función tiroidea– de todo el mundo.
Dicho informe recoge también que un adulto que coma solo un huevo al día de una gallina alimentada en el área de Agbogbloshie excedería en 220 veces la ingesta diaria de dioxinas cloradas tolerable para la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria. «Existe preocupación cuando estas sustancias se identifican incluso en décimas de picogramos. Sin embargo, nuestro muestreo reveló cantidades muy altas, lo que indica que estos productos tóxicos no regulados llegan a África en los ­desechos electrónicos y allí entran en la cadena alimentaria», dijo ­Jindrich Petrlik, la persona encargada de liderar el informe, en unas declaraciones que recogió The Guardian.

Sule conoce todas estas contrariedades. Es consciente, como todos en el vertedero, de que tiene más posibilidades de contraer cáncer, o de morirse prematuramente por comer alimentos contaminados, o por inhalar sustancias tóxicas. «Me cuesta respirar cuando paso aquí muchas horas, pero como a los demás. ¿Qué podemos hacer? Trabajar para ganarnos la vida», dice. Y vuelve a golpear con el martillo y el cincel esa vieja bujía, como tantos otros obreros de Agbogbloshie, mientras el calor de la mañana sigue sin dar un respiro. El aire se carga poco a poco de una nube densa y oscura, y la ceniza de las hogueras colindantes lo tiñe todo de un color gris oscuro.

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