El dilema liberiano abre el camino a la transformación

La reconstrucción del país ha sido uno de los grandes logros de la presidenta Johnson-Sirleaf. En la imagen, una calle de la capital, Monrovia. Foto Getty.

Por: Sebastián Ruiz-Cabrera - 05/10/2017
Liberia celebra elecciones presidenciales y legislativas el próximo 10 de octubre entre la continuidad del proyecto emprendido por Ellen Johnson-Sirleaf que abandona el mandato tras 12 años o el cambio que propone el opositor George Weah.

La liberiana Ellen Johnson-Sirleaf, primera presidenta africana y ganadora del Premio Nobel de la Paz en 2011, deja el cargo con buena parte de los deberes hechos, sobre todo en cuanto a la reconstrucción de un Estado que quedó devastado por dos períodos bélicos entre 1989 y 2003 que se cobraron la vida de 250.000 liberianos, provocó el desplazamiento de 2,8 millones de personas y la huida de otros 700.000. Sin embargo, la catástrofe del Ébola (2014-2015) fue otro duro revés para el país –4.800 víctimas y miles de hectáreas cultivables que siguen sin dar frutos– del que todavía no se ha recuperado.

Pero hablan las cifras. Durante los 12 años de gobierno de Sirleaf, la economía ha tenido un crecimiento anual de un 7 por ciento. El ingreso per cápita ha pasado de los 67 euros al mes al final de la segunda guerra civil (2003), a los 586 euros. La población ha aumentado hasta casi cinco millones y también la esperanza de vida: de 53 a 61 años. Lo que alguna vez fue definido como un Estado fallido ahora es una nación capaz de asumir tareas esenciales. La misión de la ONU se ha reducido de 16.000 militares en su apogeo a las 1.200 de hoy, y en retirada. En el aeropuerto de Robertsfield, donde había largas filas de helicópteros humanitarios, ahora no llegan a tres. Hay 69 estaciones de radio, 5 televisiones, casi 40 periódicos y 6 escuelas de comunicación. No obstante, entre los desafíos se encuentran la corrupción, la cultura de la impunidad, el débil Poder Judicial o los elevados costes de la educación.

La imagen contemporánea es la de una Liberia mejor y más segura que ha hecho frente a sus tres grandes prioridades. En 2003, el primer reto era el de mantener la paz. Cualquier otro asunto era secundario dado que la experiencia reciente demostraba que había una posibilidad muy alta de volver a las armas. Pero afortunadamente no fue así. La segunda prioridad fue la de restaurar los servicios básicos para conseguir que los liberianos volvieran a ser cuidados por una destartalada y cleptocrática estructura estatal que, en algún momento, los abandonó en los márgenes de la historia. Y el tercero fue restaurar la solvencia de la nación, que había aparecido ensangrentada en televisiones de medio mundo.

El cambio o la continuidad

La carrera presidencial de octubre se presenta competitiva con dos candidatos en las principales apuestas. Uno de los líderes es Joseph Boakai, vicepresidente de Sirleaf y miembro del Unity Party (Partido de la Unidad). Justo hace un año, Boakai se encontraba en EE. UU.  amasando su discurso. Aunque la diáspora no puede votar, sí que desempeña un papel importante en las elecciones, ya sea mediante el apoyo financiero directo a las campañas o, indirectamente, a través de su influencia en los votos de amigos y familiares en Liberia. Por eso, aquella visita fue consecuente con anteriores campañas electorales, ya que la mayoría de los candidatos presidenciales anuncian su candidatura allí. Más allá del factor extranjero, Boakai tiene un apoyo significativo en el país, aunque su elección para suceder a Sirleaf en la presidencia no está garantizada. Según una encuesta reciente, un 49 por ciento de los votantes continúan indecisos.

Su principal rival es George Weah, líder de la Coalition for Democratic (Coalición para la Democracia). Weah, que se postuló como presidente en 2005 y para vicepresidente en 2011, sigue siendo popular entre la población juvenil en parte por su pasado futbolístico: además de ganar el Balón de Oro (1995), fue nombrado mejor Jugador Africano tres veces y designado Jugador Africano del Siglo en 1996. Nacido en un suburbio de Monrovia, la capital liberiana, este político es la alternativa con más aspiraciones para desbancar al partido gobernante. El dato morboso es que su propuesta para la vicepresidencia es Jewel Howard Taylor, la antigua esposa del expresidente y señor de la guerra Charles Taylor, que sigue en una prisión en Inglaterra.

Otros aspirantes a la presidencia son Charles Brumskine, líder del Liberty Party (Partido de la Libertad); Benoni Urey, del All Liberian Party (Partido de Todos los Liberianos); el senador Prince Johnson, del Movement for Democracy and Reconstruction (Movimiento por la Democracia y la Reconstrucción); y Alexander Cummings, del Alternative National Congress (Congreso Nacional Alternativo).

George Weah, candidato a la presidencia de Liberia por la Coalición para la Democracia, en un mitin. Foto Getty.

Entender Liberia desde Estados Unidos

Liberia es un punto y aparte en la historia africana. Bautizado en 2013 como “la otra América” por el historiador estadounidense James Ciment en su libro Otra América: La historia de Liberia y los antiguos esclavos que la dirigieron, este país fue fundado por estadistas estadounidenses en 1820 y poblada forzosamente por antiguos esclavos. Según el relato de Ciment, esto fue un intento de librar a EE. UU. de su floreciente población de negros liberados, a los que el senador de Kentucky, Henry Clay, entonces presidente del Congreso, llamó en 1816 “inútiles, perniciosos y peligrosos”. En términos actuales lo que ocurrió fue una especie de limpieza étnica en un país que no estaba dispuesto a aceptar a los negros como ciudadanos de plenos derechos.

Unos 10.000 negros americanos fueron enviados al nuevo país, al que llamaron Liberia. Y el ligazón histórico quedaría para siempre retratado con James Monroe, entonces presidente de EE. UU. Él aceptó de buen grado el bautismo de la capital bajo el nombre de Monrovia. Estos nuevos inmigrantes, que llegaron a ser conocidos como americoes, establecieron una sociedad calcada a la suya de origen: la de las plantaciones de algodón y la del trabajar de sol a sol. Las estructuras se reprodujeron y muchos nativos locales fueron educados para servir como esclavos en las lucrativas plantaciones de caucho del nuevo estado liberiano. Era la perversión de la historia. Este legado temprano de desigualdad asentó las bases para el fomento revolucionario que eventualmente conllevó una secuencia de conflictos a finales del siglo pasado.

Aunque el final de la guerra en 2003 queda lejos, la alerta de posibles brotes de violencia no es descartable. Así lo confirmaba la Conferencia de Obispos de Liberia en un informe de hace unos meses. El 61 por ciento de los encuestados estaban convencidos de ello. El examen democrático de este Estado de África occidental se enfrenta a una compleja, pero ilusionante nueva etapa.