¿El renacer de Sudán del Sur?

Por: Sebastián Ruiz-Cabrera - 13/11/2018
Salva Kiir y Riek Machar escenifican la enésima  salida al conflicto armado.
El 12 de septiembre se firmaba en Etiopía un nuevo acuerdo de paz entre los dos principales líderes sursudaneses. Esta rúbrica debería poner fin a una guerra civil que ha causado decenas de miles de muertos durante cinco años en el país más joven del mundo.

 

En la superficie todo parece normal. «El tráfico es tan loco como solía ser, la gente está caminando, las tiendas están abiertas y las mujeres están vendiendo mangos en la carretera como antes», responde por videollamada Duku Ndong, quien trabaja como taxista privado para los cientos de expatriados que viven en Yuba, la capital de Sudán del Sur. Este país de nuevo cuño, que izaba su bandera independiente por primera vez en el verano de 2011, contaba con una buena historia hasta diciembre de 2013. Entonces estalló una guerra civil y se desvanecieron las esperanzas de muchos, incluidos sus vecinos regionales.

Ha habido cambios notables: más agujeros y baches en algunas de las carreteras o algún descampado ahora convertido en un campamento de desplazados internos. Pero también hay sorpresas en esa capital que despunta como una de las ciudades más caras del mundo para vivir: «Una panadería francesa recién inaugurada y un nuevo hotel con un agradable restaurante en la azotea», explica Sofía, una de las intérpretes que suele viajar con los periodistas internacionales que se aventuran en explicar los entresijos de esta nación.

Pese a los titulares que salpimentan el día a día en Sudán del Sur, la vida continúa «en apariencia y a pesar de». Bajo la superficie hay luchas, soldados abandonando el Ejército o desertando a la oposición, rebeldes reagrupándose, minas, hambre, brotes de cólera y pinceladas que dificultan en última instancia saber si las cosas mejoran o empeoran. Desde hace muchos meses, la normalidad es un lado de la guerra y la incertidumbre es el otro. Y ahora una paz que ­vuelve para otear el horizonte.

 

Firma el pasado 30 de agosto en Jartum de uno de los enésismos acuerdos para el final de la guerra en Sudán del Sur. Fotografía: Getty

El nuevo acuerdo de paz

El pasado 12 de septiembre se firmó en Adís Abeba, la capital de Etiopía, un nuevo paso para la paz, conocido como Acuerdo Revitalizado sobre la Resolución de Conflictos en República de Sudán del Sur (R-ARCSS, por sus siglas en inglés). Era una de esas fotografías que arañan la córnea. Dos enemigos reconocidos, el presidente Salva Kiir y el principal líder rebelde del país, el exvicepresidente Riek Machar, abiertos en canal sobre una mesa y sin más armamento que una estilográfica. Era la instantánea final de un proceso que se suponía que había terminado con la firma del ARCSS en agosto de 2015. Pero entonces, las cosas no salieron como se esperaba y la guerra volvió a estallar en julio de 2016.

Ya en junio de 2018, las partes firmaron un acuerdo inicial para poner fin a los combates, pero Machar rechazó algunas de las propuestas, como que el país tuviera tres capitales para distribuir el poder, lo que provocó un nuevo proceso de contactos para lograr el texto definitivo. Este nuevo acuerdo contempla la restitución de Machar en el puesto de vicepresidente, así como la creación de un Gobierno de unidad en el que tendrá la mayoría el actual Ejecutivo. Asimismo, Kiir permanecerá en el puesto de presidente. Las partes tendrán ahora ocho meses para formar un Gobierno de transición, que estará en vigor durante un período de tres años, según informaba desde Jartum la agencia EFE.

El R-ARCSS ha sido recibido con reacciones dispares tanto a nivel nacional como internacional. Sin embargo, el mayor desafío es que partidos de la oposición, además de un número significativo de movimientos y organizaciones, se oponen a él. Cuando a esta fotografía se le agregan las continuas violaciones de alto el fuego o el escepticismo de los propios ciudadanos y socios financieros, sobrevuela la sensación de que las cosas no van en la dirección correcta.

 

Dibujos realizados por niños de los dos principales actores del conflicto, Riek Machar y Salva Kiir. Fotografía: Getty

Dibujos realizados por niños de los dos principales actores del conflicto, Riek Machar y Salva Kiir. Fotografía: Getty

 

La pregunta inmediata es, ¿por qué hay tanta incertidumbre sobre el futuro del acuerdo de paz desde el principio? Para el analista político sursudanés Lako Jada Kwajok, quizás la respuesta se encuentre en cómo el equipo de mediación de la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD, por sus siglas en inglés) ha implementado las negociaciones desde 2015. «Todo el proceso se vio empañado por sesgos, coerción, intimidación y, en última instancia, se usaron amenazas para obtener las preciadas firmas. Pero el equipo de mediación es una encarnación real de un conflicto de intereses: Uganda y Kenia, específicamente», responde Kwajok por correo electrónico.

Uganda es miembro de la IGAD y se posicionó en el conflicto después de la intervención militar impulsada por parte del Gobierno de Yoweri Museveni en 2014. Pero, sobre todo, los intereses proceden de Kenia, otra de las partes implicadas. Esta nación posee una influencia significativa sobre las decisiones de la IGAD y ha tomado partido por el Gobierno de Sudán del Sur presidido por Salva Kiir. Dos ejemplos pueden servir de explicación: en primer lugar, la deportación a Yuba de James Gatdet Dak, el portavoz del Movimiento de Liberación Popular de Sudán en Oposición (SPLM IO, por sus siglas en inglés) principal partido opositor; y, en segundo lugar, el secuestro y desaparición en Nairobi, en enero de 2017, de Dong Samuel Luak, un respetado abogado y defensor de los derechos humanos de Sudán del Sur, y Aggrey Idri, conocido detractor del Gobierno de Kiir, según informaba el pasado agosto Amnistía Internacional.

 

Un refugiado sursudanés llena un vaso de agua en el campo de Moyo (Uganda).  Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

La geopolítica del petróleo

Las cifras. En el año 2011, tras los vítores por el surgimiento de la nueva nación, la producción de petróleo en Sudán del Sur era de unos 350.000 barriles por día (bpd). Hoy en día, esa cantidad se ha desplomado a alrededor de los 120.000 bpd debido al cierre de pozos por la guerra. A modo de comparación, Kenia espera producir alrededor de 80.000 bpd, mientras que Uganda planea una producción de 120.000 bpd. Lo que es significativo es que el petróleo contribuye con más del 90 % de los ingresos a los presupuestos de Sudán del Sur.

En los últimos meses se han producido varios movimientos geopolíticos que están modificando el escenario en el continente: construcción de nuevas infraestructuras chinas en Kenia; acuerdo histórico de paz entre Eritrea y Etiopía; o el acuerdo reciente entre los eternos líderes políticos sursudaneses. Pero, además, hay un actor que ha cobrado protagonismo: el hecho de que el nuevo acuerdo de paz esté garantizado por el presidente sudanés Omar Hassan El-Bashir le da una gran oportunidad de implementación.

¿El motivo? A Jartum le interesa la cooperación económica norte-sur frente a los movimientos en el Cuerno de África. Sí, a la hora de asegurar canales seguros por los que el oro negro circule, las desavenencias de antaño parecen quedar a un costado. Las dos naciones comparten las cuencas hidrográficas y la infraestructura de exportación de petróleo a través del puerto de Sudán en el mar Rojo.

Mientras Kenia era la madre del IGAD que anunciaba la separación entre el norte y el sur en Sudán, los políticos en Nairobi abrigaron la teoría de que las dos naciones nunca podrían trabajar juntas después de la independencia y que Yuba requeriría una ruta alternativa de exportación de petróleo. Esta fue la génesis para la construcción del corredor que atraviesa Kenia, el denominado LAPSSET (Lamu Port-South Sudan-Ethiopia Transport). Se suponía que Sudán del Sur exportaría su petróleo crudo a través del LAPSSET hasta desembocar en el nuevo puerto de Lamu (norte de Kenia).

Pero hay más. Una suerte de coincidencia geotécnica le ha proporcionado a Kenia su fuente de petróleo en la zona del lago Turkana, que se encuentra en la ruta original del oleoducto LAPSSET. Ahora solo queda saber si los tres enormes bloques petroleros (B1, B2 y B3) en Sudán del Sur todavía sin explorar –y de alto potencial– se canalizarán a través de Uganda, Kenia o Sudán. Las multinacionales Total (Francia), Tullow (Reino Unido) y Oranto (Nigeria) con intereses en el terreno pueden decantar la balanza hacia una resolución del conflicto más acelerada.

 

La persistente inseguridad alimentaria

Es una de las consecuencias más visible de una guerra prolongada: los campos se quedan sin cultivar. Es decir, la situación de una limitada disponibilidad de alimentos se ha visto deteriorada este año por el bajo nivel de producción de cereales alcanzado en 2017. Y junto a esto, las severas restricciones de acceso a los mercados y los altos precios de los alimentos.

En todo el mundo los conflictos violentos están aumentando y son el principal impulsor de las crisis humanitarias en la actualidad, según el Índice Global de Paz 2018. Con estas cifras no es de extrañar que más del 80 % de la financiación humanitaria se destine a paliar estas circunstancias. Sin embargo, la falta de honestidad de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido y Francia), encargados del mantenimiento de la paz y de la seguridad internacionales, es abrumadora ya que representan tres cuartas partes de las exportaciones mundiales de armas. Una retórica contraproducente que se traduce en la falta de apoyo para la consolidación de la paz en países como Sudán del Sur. Como explica la Nobel de la Paz liberiana, Leymah Gbowee: «No se pueden ofrecer cacahuetes a la paz cuando se gastan miles de millones en la guerra».

El pasado julio, en el apogeo de la temporada de escasez, la FAO estimó que la cantidad de sursudaneses en situación de inseguridad alimentaria era de seis millones de personas (aproximadamente el 60 % de la población total) debido a varios factores: los conflictos persistentes, los desplazamientos a gran escala, la delicada situación económica de la población y las severas restricciones al acceso y la asistencia humanitaria. Desde el inicio del conflicto a mediados de diciembre de 2013, alrededor de 4,5 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares debido a la inseguridad, incluidos los aproximadamente dos millones de desplazados internos y 2,5 millones de personas que buscaron refugio en los países vecinos como Uganda, Sudán, República Democrática de Congo (RDC) Etiopía y Kenia.

 

Mary Abong y Alissa Lual recogen agua cerca del campo de desplazados internos de Barmayen, a más de 700 kilómetros de Yuba. Fotografía: Getty

 

El regreso de la diáspora

El keniano y analista en la región de África del este, George Wachira, responde a MUNDO NEGRO que una de las señales de éxito del nuevo acuerdo de paz en Sudán del Sur vendrá de fuera. «La prueba definitiva del triunfo y la sostenibilidad de estas negociaciones se observará cuando la diáspora de Sudán del Sur se sienta confiada para regresar y participar en el desarrollo socioeconómico de su país. De hecho, el apretón de manos de los dos principales líderes y enemigos del país le da a la nación una segunda oportunidad, ya que todos esperan un verdadero esfuerzo político de liderazgo».

Parece que los ingredientes deben cocinarse a fuego lento para proteger todos los nutrientes y poner en valor el recetario aprendido desde 2011. Y mientras, en esa capital acomodada en los márgenes del río Nilo, donde se toman las últimas decisiones, la mayoría de la gente apaga sus generadores durante la noche. La oscuridad aplaca las calles, excepto las luces en el recinto de la ONU que iluminan el cielo de Yuba, ocultando las estrellas.