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Traducción: José Manuel Fajardo.
Minúscula.
Barcelona, 2024.
226 págs.
«No quiero seguir en este país. Ruanda es el país de la muerte», se lee en la última página de Nuestra Señora del Nilo, la novela que Scholastique Mukasonga ha concebido para tratar de mostrar cómo se llegó al genocidio de 1994. ¿Cuántas palabras vamos a necesitar para entender qué pasó para que en 100 días fueran asesinadas 800 000 personas? ¿Cómo de cruel e injusto es decir de un país que es «el de la muerte»? Pocos están libres del espanto. La guerra y la venganza están inscritas, como la compasión y el sacrificio, en nuestra condición. En La Ilíada o el poema de la fuerza, uno de sus escritos más lúcidos y perturbadores, la filósofa francesa Simone Weil escribe: «Romanos y hebreos se creyeron ambos substraídos a la común miseria humana, […] los romanos despreciaban a los extranjeros, a los enemigos, a los vencidos, [y los hebreos] veían en la desgracia el signo del pecado y por ende un legítimo motivo de desprecio. Consideraban a sus enemigos vencidos como horribles ante Dios mismo y condenados a expiar crímenes, lo que permitía la crueldad y hasta la hacía indispensable».
Nacida en 1956 en la prefectura ruandesa de Gikongoro, Mukasonga se exilió en Burundi en 1970, donde completó sus estudios. Desde entonces, esta tutsi vive en Francia. Nuestra Señora del Nilo está ambientada en la Ruanda de los 70, cuando había triunfado la «revolución social» hutu: la aplastante mayoría se había impuesto tras la independencia de Bélgica, que había potenciado las diferencias raciales y encumbrado a la minoría tutsi tras persuadirla de que estaba predestinada para gobernar. Es una novela que, sabiendo de antemano lo que iba a ocurrir en abril de 1994, lleva al lector por un camino de iniciación amargo y fascinante mientras evoca retazos de la historia ruandesa. Ofrece un friso de tradiciones, ritos y creencias que refleja la complejidad cultural del país. La escritora descarta los prejuicios eurocéntricos que asocian África a una endémica violencia tribal, como si la exacerbación de rasgos étnicos no hubiera sido utilizada para la conquista, dominación y explotación de tierras y seres.
Si en Adiós, doctor Banda el clasicista británico Alexander Chula contó la historia de la Kamuzu Academy, una escuela para potenciar el latín y el griego para formar a las mejores mentes de Malaui, el poder hutu creó el liceo Nuestra Señora del Nilo para que las familias más adineradas educaran a las futuras buenas esposas cristianas de las clases dirigentes de Ruanda. La afamada institución, dirigida por monjas, pero en la que solo había dos maestras ruandesas, no estaba exenta de las tensiones étnicas que han desgarrado la diminuta nación enclavada en los Grandes Lagos.
Mukasonga despliega un admirable pulso narrativo con personajes verosímiles –las tutsis Verónica y Virginia; las hutus Gloriosa y Godelieve; el padre Herménégilde o sor Gertrude, la madre superiora, entre otros– y una trama en la que la mentira y la manipulación de la historia sirven para que en este microcosmos aparentemente a salvo de los vicios y las intrigas de Kigali, la lejana capital, se siembren las semillas para que el genocidio triunfe. Una novela devastadora.
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