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Traducción: Rubén Martín Giráldez.
Anagrama.
Barcelona, 2023.
284 págs.
Los cazadores de sueños siempre estamos al acecho de un libro que nos mantenga tras su rastro días y noches enteras. No tanto para atraparlo como para que se convierta en carne de nuestra carne. En esta época donde se castiga la compasión, y la mentira y el miedo cosechan incalculables réditos políticos, necesitamos más que nunca lo que Hannah Arendt celebraba en Hombres en tiempos de oscuridad. El escritor senegalés David Diop, nacido en París en 1966, no es que lo logre con creces, es que nos permite ser felices leyéndole.
La puerta del viaje sin retorno, muy bien traducido por Rubén Martín Giráldez –como su estremecedor Hermanos de alma, sobre combatientes negros en la Primera Guerra Mundial–, parte de un viejo ardid: el manuscrito encontrado. En este caso, el botánico francés Michel Adanson, empeñado –a diferencia de Diderot o D’Alambert– en escribir él solo una enciclopedia de la naturaleza, viaja a mediados del XVIII a Senegal para estudiar su flora. El protagonista corre el riesgo de confiar en que su hija Aglaé –de la que se distanció, como de su madre, por haber entregado sus horas a la ciencia– acepte la herencia y encuentre sus diarios escondidos en un escritorio en miniatura. De otro modo, esos cuadernos –y este libro– se perderían para siempre. Cuando entramos con ella en este río de tinta, la peripecia de Aglaé en el castillo que le regaló su padrastro queda atrás y nos adentramos en una aventura africana que a Adanson le cambiará la vida: «Viajé a Senegal para descubrir plantas y encontré seres humanos».
Dos personajes luminosos acompañan al naturalista, que aprende que antes de talar un árbol hay que rezar una oración. Maram Seck, una joven wolof que se niega a ser esclava después de rechazar la lascivia de su tío, que en venganza la vende por un fusil y de la que es imposible no enamorarse pese a sus tratos con una boa gigantesca, y Ndiak, un pequeño príncipe de 12 años que se convertirá en su gran amigo: maestro de wolof y alumno de botánica. «La vida es muy extraña (…) El hombre que avanza por el camino de la vida cae en bifurcaciones, encrucijadas funestas, que no reconoce como tales hasta que las ha pasado». De Ndiak son estas palabras que no supieron leer en el cielo. «Bajo la bóveda celeste», en muchas aldeas levantan tarimas a un metro del suelo que les sirven para conciliar el sueño en noches tórridas, escuchar historias o competir en «largas justas verbales». Escuelas de griots.
Gracias a una prosa límpida, nos asomamos en esta novela incandescente a la isla de Gorea, la puerta de no retorno. «Mi caballo murió por intentar salvar a una chica de la esclavitud», confesará Ndiak. El propio Michel Adanson salva nuestra dignidad de europeos en África –no todos eran infames–: si hubiese tenido tiempo, hubiera persuadido a sus compatriotas para emplear a los negros en cultivar las tierras de África, en vez de venderlos como esclavos. Pero optamos por «continuar comiendo azúcar impregnado en su sangre».
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