Mutaciones

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2025 concluyó con un recrudecimiento de la violencia yihadista en África occidental y un grave deterioro de la seguridad. El inicio de 2026 confirma esa tendencia y queda marcado por dos hechos reveladores: el ataque contra una base aérea en Níger y una masacre en Nigeria. Si en 2025 predominaban grupos vinculados a Al Qaeda, en 2026 los afiliados al Dáesh han asumido el protagonismo.

El asalto a la Base Aérea 101 evidenció un desplazamiento desde una insurgencia predominantemente rural hacia una «guerra de terror urbana» dirigida contra centros de poder político e infraestructuras críticas. La base, situada en el aeropuerto de Niamey, alberga equipamiento militar y el cuartel general de la Fuerza Unificada de la Alianza de Estados del Sahel (AES). Reivindicado por el Dáesh, el ataque comenzó en la medianoche del 28 al 29 de enero de 2026, cuando un comando armado irrumpió en la base y abrió fuego contra las instalaciones. Los enfrentamientos se prolongaron cerca de dos horas.

El significado estratégico del ataque es claro: ningún enclave estatal está fuera del alcance insurgente. Fuentes locales indican que más allá de los sistemas militares, el objetivo era el uranio almacenado en el aeropuerto. El metal se encuentra en el centro de una disputa entre la compañía francesa Orano y la Junta nigerina. 

El ataque puso de relieve, además, la nueva arquitectura de seguridad regional. El Ejército nigerino lideró la respuesta, con apoyo de elementos de Africa Corps desplegados en el país, así como de aliados de la AES. Los 300 militares italianos de la Misión de Apoyo Bilateral en Níger no participaron en los combates, confirmando a Rusia como el socio de seguridad del país.

Días después, la masacre de Woro (Nigeria) reafirmó la expansión y complejidad del fenómeno. El 3 de febrero, cerca de 200 civiles fueron asesinados en esta aldea del estado de Kwara, tras ser convocados a un supuesto encuentro de oración. Los atacantes ejecutaron de manera coordinada a hombres y niños y secuestraron a mujeres y niñas. 

La autoría generó controversia. Aunque el Gobierno señaló a Boko Haram, el análisis de testimonios locales apunta a la posible implicación del Estado Islámico en el Gran Sahara (EIGS). Esta confusión refleja la superposición de actores en la región de Borgu, donde diversas facciones yihadistas están activas, incluidas EIGS, Grupo de Defensa del Islam y de los Musulmanes (JNIM) o Boko Haram, entre otros. Esta realidad complica la atribución de responsabilidades y dificulta las respuestas eficaces.

El mensaje político tras estos ataques es claro para Gobiernos, aliados internacionales y otros grupos yihadistas: aunque debilitado, el Dáesh sigue activo en la región y mantiene su capacidad destructiva.

En el plano internacional, el inicio de 2026 confirma una reconfiguración geopolítica en la región: Estados Unidos ha reactivado su presencia en el Sahel con un apoyo limitado a Nigeria, condicionado por la desconfianza mutua y narrativas divergentes sobre las víctimas del terrorismo, mayoritariamente musulmanas, pese al énfasis político de Washington en la protección de comunidades cristianas (ver MN 720, pp. 8-9). En paralelo, Washington ha iniciado un acercamiento a Malí bajo una lógica de «respeto mutuo» y «soberanía», con visitas diplomáticas de alto nivel en 2025 y 2026. Sin embargo, la influencia rusa parece consolidada, como evidencian los mensajes de agradecimiento del general Abdourahamane Tiani y otros líderes de la AES tras el ataque a la Base 101.


En la imagen superior, residentes que huyeron tras la masacre de más de 100 personas a manos de presuntos yihadistas en Woro en febrero. Fotografía: Getty

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