
Publicado por Gonzalo Vitón en |
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La misión de Mua, situada en el distrito de Dedza –en la región Centro–, fue fundada en 1902, siendo una de las primeras misiones católicas en el país. Allí llegó, con el paso del tiempo, el padre franco-canadiense Claude Boucher Chisale, quien fundó el Centro de Cultura y Arte Kungoni. Fallecido hace unos años, su sucesor al frente de esta iniciativa es el P. Brendan O’Shea, quien sostiene que lo que le pudo inspirar al por entonces joven P. Boucher fue el «aire de cambio que sopló en la Iglesia» tras el Concilio Vaticano II. Para el P. O’Shea, antropólogo natural del suroeste irlandés, la misión en 1902 «se trataba más bien de una competencia entre cultura y fe más que de una complementariedad». Y añade, «Kungoni quería cuestionar eso. No podíamos volver atrás y deshacer el pasado, pero se quería presentar una alternativa y una nueva forma de evangelización, una nueva manera de relacionarse con la historia y la cultura de la gente». Es por ello que, como afirma el misionero irlandés, gran parte del trabajo que se realiza en el centro es en materia de inculturación, de diálogo entre cultura y fe.
El Centro de Cultura y Arte comenzó casi como el fruto de una labor antropológica y etnográfica, del interés del P. Claude y su equipo de sumergirse en la cultura e historia locales, lo que «significaba pasar mucho tiempo con la gente, recopilar sus historias, recoger objetos y escuchar cómo entienden sus vidas, su fe y su cultura», explica O’Shea. El P. Boucher y su equipo –el sacerdote no trabajó nunca en solitario, sino con talladores y líderes locales y tradicionales– fueron recolectando muchos objetos hasta dar forma a lo que luego sería el Museo Chamare, que se convertiría en el eje central del Kungoni. El museo, cuyo nombre está inspirado en Jean-Martin Champmartin, misionero que estuvo muchos años en Mua, no solo es un lugar donde se preserva este patrimonio, sino que también es, como puntualiza el P. O’Shea, una «herramienta didáctica para las futuras generaciones de Malaui».
Sin embargo, la filosofía que inspiraba al centro no se limitó a sus paredes, pues otro de los temas centrales de Kungoni, según cuenta el P. Brendan, «fue la libertad real para experimentar en materia de liturgia, canto y danza, y cómo todo ello puede relacionarse con nuestras formas tradicionales de celebrar la liturgia». Lo cierto es que basta una breve visita a la iglesia de la misión para darse cuenta de la simbología que respira cada rincón del templo, desde los elementos del altar, las paredes o las lámparas. Como resume el actual director del Centro de Cultura y Arte, «podría decir que el tema central de Kungoni es preservar y promover».

Aunque Kungoni fue en sus orígenes una renovación en muchos sentidos, nunca ha dejado de evolucionar. Uno de los cambios más evidentes, y del que está más orgulloso el P. O’Shea, es el creciente número de malauíes que visitan sus instalaciones todos los años. Si bien antes el perfil de los visitantes eran turistas o trabajadores europeos en Malaui, en los últimos cinco años se percibe un cambio importante que, como resalta el director, es fruto del trabajo de promoción y de colaboración que se ha hecho con centros de enseñanza –desde Primaria hasta la universidad– y con instituciones del Gobierno, como el Ministerio de Turismo. Para Brendan O’Shea esto constituye «un avance maravilloso», porque, «en realidad, Kungoni es para Malaui, para su Iglesia y para su pueblo. Estamos encantados de que cada vez más malauíes vengan aquí a apreciar su historia y su cultura». Este aumento de visitantes locales tiene, sin lugar a dudas, un gran impacto para las generaciones más jóvenes.
Este, además del eterno reto financiero que supone el sostenimiento de este tipo de iniciativas, es uno de los principales desafíos que detecta el antropólogo irlandés: la apreciación de la historia y la cultura propias. «Vivimos en un mundo muy digital, muy moderno. Uno de los retos que veo más allá del centro, y que es una de nuestras principales preocupaciones, tiene que ver con los grupos escolares que vienen por aquí. Me inquieta que los colegios tengan tan poco contacto con su propia historia y cultura», argumenta este misionero de los Padres Blancos. A este añade otro reto en clave interna: el cuidado y mantenimiento continuo que requieren tanto los objetos del museo, como el centro de archivo –que cuenta con multitud de documentos, además de registros sonoros y visuales– y el propio entorno. En palabras del director del Kungoni, «intentamos mantenerlo lo más verde y frondoso posible para que, cuando vengan los jóvenes, puedan ver los beneficios de cuidar el medioambiente».
El centro genera decenas de puestos de trabajo. Además del propio museo, cuenta con una tienda, una exposición de arte y un hotel. Para ello necesitan entre 25 y 30 personas a tiempo completo, cifra que varía dependiendo de si es temporada alta o baja. A ellas, se suman más de un centenar de personas asociadas al centro entre talladores y artistas, el grupo de mujeres y la compañía de danza. Pero el retorno a la comunidad no es únicamente monetario. Todos los años organizan un festival cultural que consideran el momento más destacado del curso. Los organizadores entienden este evento, ante todo, como una muestra de agradecimiento a la comunidad local, por lo que no cobran entrada a las miles de personas que se acercan hasta el Kungoni. Cada año, la cita tiene lugar en torno a un tema específico. En 2025, en el contexto de las elecciones presidenciales en el país, el tema fue «Tener visión», y las danzas, canciones u obras de teatro, giraron en torno a esa idea.
Pero el festival también se entiende como un espacio de diálogo entre personas con diferencias étnicas –han invitado incluso a tumbukas, del norte del país–, religiosas –se organizan celebraciones interreligiosas con líderes musulmanes y protestantes–, o incluso de ciudadanía, pues se ha promovido también la participación de habitantes del campamento de refugiados de Dzaleka (ver pp. 36-41), como una manera de demostrar que en Malaui todos son ciudadanos que pueden participar y aportar.
La última parte del festival, y lo más destacado, es el Gule Wamkulu, una danza colectiva del pueblo chewa en la que, como en el resto de iniciativas de la programación, incorporan el tema del festival.

El Centro de Cultura y Arte Kungoni, que se ha convertido en una aproximación histórica y etnográfica a tres de las principales etnias de Malaui –la chewa, la ngoni y la yao–, refleja también la tensión entre la tradición y la contemporaneidad. El P. Brendan O’Shea considera que los buenos valores son útiles y válidos en cualquier sociedad y que cuando muestran a las generaciones jóvenes los ritos de paso de hace 30 o 40 años, no lo hacen para animar a la gente a volver al pasado, «sino que mostramos que esos ritos de paso existían para promover buenos principios». El misionero irlandés considera que, si bien la educación moderna «ha sido un regalo maravilloso», esta «no debería ir en detrimento del conocimiento tradicional» de los pueblos originarios. Para él, es una pena romper el vínculo con esa sabiduría, pues «también deberíamos fijarnos en estas formas tradicionales de transmitir el conocimiento a través del canto, la danza, la narración de historias, los acertijos y la prosa. Eran formas preciosas de compartir información a la siguiente generación. Allí puede darse un diálogo increíble entre el conocimiento y la sabiduría tradicionales y contemporáneos».
En este contexto, sin embargo, afrontan el futuro con ilusión. El primer plan de acción del director es crear un equipo de jóvenes malauíes que lideren el futuro del centro. Junto a él, asegura que les gustaría implicarse mucho más en los colegios, a través, por ejemplo, de clubes culturales o campamentos para niños y jóvenes. Y, por último, considera importante dedicar más tiempo en el futuro a investigar, volver a los pueblos y retomar parte de esa labor etnográfica y antropológica.
El Kungoni es una muestra de la importancia de invertir en cultura. El padre P. Brendan O’Shea es claro con respecto a esta apuesta. En su opinión, «no deberíamos descartarlo para centrarnos solo en los aspectos económicos de la vida. […] Es tan valioso como cualquier otra cosa, porque si nos convertimos en una sociedad monolítica, habremos perdido una parte increíblemente rica de nuestra identidad». Y añade: «Hablamos de la construcción de la identidad, y la construcción de la identidad es la construcción de la confianza. La construcción de la confianza ayuda a las personas a tener visión de futuro, a mirar hacia adelante. Creo que por eso merece la pena invertir en ello».
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