África existe a pesar de Hegel

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Lászlo F. Földényi
Dostoyevski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar.

Traducción: Adan Kovacsics.

Galaxia Gutenberg.
Madrid, 2026.
70 págs.



Yo no sé si Robert Dussey, ministro togolés de Asuntos Exteriores, ha leído a Hegel. Pero el filósofo alemán habrá dado un respingo en su tumba al enterarse de la decisión de la ONU (institución casi desahuciada) de corregir el mapamundi para otorgarle a África la magnitud que le corresponde (ver p. 12). La apariencia y la representación repercuten en la conciencia y –es de esperar– en la geopolítica.

Dostoyevski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar es el libro más breve que he comentado aquí, el de título más insólito y el que, en principio, menos parece tener que ver con el mundo negro. Hasta que uno descubre que, en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Hegel asegura que las características de Siberia «no le permiten ser un escenario para la cultura histórica ni crear una forma propia en la historia universal». Autor de un ensayo sobre Goya, el pensador húngaro László F. Földényi suele poner el dedo en la paradoja y en las grietas. Por eso detecta la desesperación de Dostoyevski, penando en Siberia, «al ver que allá en Europa, por cuyas ideas había sido condenado a muerte y finalmente desterrado, no se prestaba atención alguna a su sufrimiento».

Hegel no pensó mucho en Siberia porque también había borrado a África de la historia. Según Földényi, la exclusión y el rechazo se basan en «el terror ante aquello que resulta inconcebible para la mente europea, el temor a lo incomprensible, el espanto ante la oscuridad». Cierto que describe «las crueldades supuestamente irrefrenables cometidas en África». A salvo en Berlín, Hegel no le tenía miedo a África, pero creo que Földényi es demasiado generoso cuando estima que «en lo más recóndito de su corazón solo deseaba decir, como más tarde harían Rimbaud y Genet, soy un negro». Yo no rompí a llorar, como acaso hizo Dostoyevski, cuando leyó al autor de La fenomenología del espíritu en Siberia, pero sí me sobrecogí ante este poético exabrupto hegeliano: «Este país dorado [léase África] que ha permanecido densamente en sí mismo, ese país de la infancia que, al margen del día de la historia consciente de sí misma vive envuelto en los colores oscuros de la noche». Para Hegel, la contribución de África a la historia y la cultura del mundo ha sido nada. Por cierto, al lado de los Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov, las prisiones zaristas que retrata Dostoyevski en sus Memorias de la casa muerta son un balneario en comparación con el gulag bolchevique, pero habría que volver al artífice de Crimen y castigo para reexaminar sus argumentos sobre la soberbia, la ceguera y la decadencia de Europa.

Puede que un día haya una respuesta para Antón Chéjov y Simone Weil sobre los sufrimientos que lleva acarreando la humanidad. La cuota de África ha sido exorbitante. Para Földényi, «tras el rechazo vehemente de África y de Siberia se esconde el deseo secreto de asesinar a Dios. Hegel fue víctima de la fe errónea en la capacidad de explicar lo inexplicable». Con la razón, la ciencia y la tecnología no basta. Libros como este han de alumbrarnos en ese escrutinio en el que África tiene mucho que decir en este siglo y ante un mundo deshumanizándose a marchas forzadas.



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