
Publicado por Javier Sánchez Salcedo en |
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Ha sido duro. Debería sentirme acogido por todo el mundo, pero siempre ha habido gente que me ha rechazado por lo que represento. Ha sido difícil. He intentado hacer lo que me enseñó mi madre, que viene de esa generación que llegó en los 90, cuando había mucho más racismo. Siempre pienso en ella y en la fortaleza que tuvo para sobrevivir a eso.
«Sigue tu camino. Va a haber mucha gente que va a meterse contigo. Vas a vivir muchas cosas difíciles en el colegio, en el instituto, en la calle, con la policía… Intenta vivir tu vida y obviar todo eso». Y lo he intentado. Ha sido duro, pero no quedaba otra, porque tengo derecho a decir que soy español, aunque para mí sea complicado por el rechazo que he sentido prácticamente en todos los ámbitos de la vida. Mi cultura dominicana, mi negritud, no pega mucho con la idea de lo que es ser español, una forma concreta de vivir, de hablar… De pequeño llevaba el pelo bajito para que no se viera el afro. Llegué a modificar el acento dominicano marcado que tenía cuando hablaba en casa con mis padres.
En la época del colegio no pensaba en estas cosas. Salía de casa y simplemente seguía siendo yo, hablaba como hablaba con mis padres. Pero en el instituto había profesores que me decían: «Esto no se dice así» y empecé a utilizar la zeta como herramienta de aceptación. Cuando la gente deja de escuchar el seseo, aunque me miren y piensen que no soy de aquí, al escucharme piensan «vale, puede que sí seas de aquí». Era abrir una puerta a que no me rechazaran.
Nunca funcionó. Ni en mi interior ni de cara a la sociedad. Por mucho que lo intentara, era imposible. Represento lo que represento. Estaba todo el rato intentando ser menos negro de cara a la sociedad blanca española, pero era imposible, porque no puedo dejar de ser negro. Yo hacía esfuerzos, pero la gente me lo seguía recordando, y no solo quienes no me conocían o los profesores. También los que yo consideraba amigos. Yo era siempre «el negro», «el dominicano», «el de las bandas», con ese tono de broma, como si no me hiciera daño. Pero en el fondo ahí estaba siempre el dolor, la herida. Era un rechazo a todo lo que represento. A una cultura, a un pueblo, a una lucha, a una historia. Era una forma de perpetuar en el tiempo la misma narrativa colonial. Nunca me sentí acogido dentro de una institución y por eso, al final, salí a la calle. Por suerte, aparte de en mi casa, en la calle me encontré con la cultura de mi gente, la misma sensación de familia, y pude iniciar un camino que me salvó de todo y se convirtió en mi profesión.

Somos muchísimos. La familia de mi madre son 11 hermanos, y ella fue la primera en venir a España. Luego ayudó a quien quiso seguirla y vinieron la mayoría. Vivíamos todos en la que llamábamos «la casa de los churros», porque abajo había una churrería. Era difícil porque la casa no era grande y éramos muchísimos, pero fue una época preciosa, creciendo con mis primos y mis tíos, muy unidos. Celebrábamos los cumpleaños a nuestro modo, con música alta, mucha risa, mucho baile. Hasta que fueron consiguiendo los papeles y encontrando sus pisos. La cuestión de la inmigración siempre ha estado muy presente. Desde niño llevo escuchando sobre las trabas para conseguir los papeles, la dificultad de encontrar trabajo, mudándonos constantemente de un sitio a otro. He crecido con todo esto muy dentro.
La música es súper clave. Sin ella hubiese sido más difícil sobrevivir en el día a día. En nuestra cultura se canta y se baila el sufrimiento. Podemos estar en el salón todos compartiendo y riendo mientras la música te está contando lo que sufre el cantante. Creo que eso explica lo que es la cultura negra. En general, en los países africanos y en los del continente americano nos conectamos con la expresión del sufrimiento que vivimos y que transformamos en baile, en risas, en unión, en amor, en familia. Sin la música y el baile, todo hubiese sido mucho más difícil.
Creo que fue a raíz de descubrir a Michael Jackson, con cuatro o cinco años. Quería ser Michael. Me ponía la americana de mi abuelo y su sombrero e imitaba sus pasos. Quería bailar como él, cantar como él. Me colocaba enfrente de la televisión y de un espejo e iba perfeccionando la técnica con sus videoclips. Michael Jackson siempre estuvo de la mano de la cultura hiphop y aportó muchísimo. Él me llevó a descubrir lo bueno de la calle. Crecí con mi primo, que es como mi hermano, y nuestra vida era ir al parque a jugar al fútbol, poner un altavoz y bailar en la calle. Y al volver a casa, seguir bailando. Esa era la calle para nosotros cuando éramos niños. Cuando crecimos llegaron los peligros y la adolescencia fue más dura.
Fue dura por lo que representábamos. Fue una época difícil porque la calle estaba caliente por las bandas y había más probabilidades de que nos pasara algo al ser negros dominicanos. Salir a la calle significaba tener ochenta mil ojos. Nos pasaron muchas cosas, muchas peleas que no pudimos evitar, aunque siempre lo intentábamos. En casa nos hablaban de todo esto y nos educaron para evitar entrar en una banda. En la calle pudimos encontrarnos con gente sana y crear una especie de barrera que nos protegía del peligro. Fue duro, pero también fue bonito. Creamos vínculos con mucha gente y comprendimos la dificultad para amigos que no tenían nuestro contexto, que no tenían a su familia cerca y lo único que encontraron para cubrir esa necesidad era la banda. Dejamos de sentir el rechazo que tenía la sociedad hacia ellos. Me crié fundamentalmente con dominicanos, pero éramos de todas partes, también caboverdianos, guineanos, marroquíes. Siempre los márgenes. Poníamos un altavoz, bailábamos y grabábamos vídeos sin ningún objetivo. Fue una época muy feliz. Podíamos ser nosotros, no había juicio.

Vivir de ello para pagar el alquiler y la comida fue más adelante. Al principio íbamos al metro a poner la gorra y fuimos encontrando trabajos esporádicos en discotecas y otros eventos. Después fuimos a las agencias y ya no solo bailábamos, sino que actuábamos y hacíamos más cosas. Vivía con mi familia en casa, pero mi madre dejó de darme dinero desde que empecé a bailar profesionalmente. Además, yo aportaba para ayudar en los proyectos de mi hermano mayor o en los estudios de mi hermana. Desde hace unos años vivo con mi pareja, Hellen, y con el arte puedo pagar las facturas y la comida. Es complicado, pero ahí seguimos.
Al principio fue por comer. Me salieron unas clases y acepté por necesidad. Pero descubrí que me gustaba. Empecé dando clases de hiphop en escuelas y fui aprendiendo cómo enseñar y transmitir lo que esta cultura ha aportado históricamente a la sociedad. Sentí una gran responsabilidad por la importancia que tienen los referentes. Cuando entré en el Servicio de Inclusión Comunitaria para Jóvenes de Villaverde me enamoré de dar clases. Me encontré con chavales y chavalas que estaban en situaciones parecidas a la mía, con padres con problemas con el alcohol o las drogas, con puntos de venta de drogas en casa, chavales que están todo el día en la calle huyendo de los problemas de sus casas y enfrentándose a nuevos peligros. Muchos no sabían qué hacer con sus vidas, algunos con conductas suicidas, chicas que habían sufrido acoso. Muchos problemas. Pero el equipo de educadores logramos crear un espacio seguro para ellos donde, además de bailar y expresarnos con el cuerpo, lo más importante era que pudiéramos sentarnos a hablar de lo que vivimos. Algunos jóvenes estuvieron meses sin poder bailar. Pero, con toda la paciencia del mundo, logramos que al final se sintieran como en casa, pudieran moverse y expresarse. Creamos algo muy bonito, una energía muy familiar y un espacio donde poder confiar entre todos y todas y crecer a partir de ahí.
Cuando te sientes en casa te sientes seguro para poder ser quien eres y adquieres la confianza y la seguridad que se necesita en la vida. Sin esa seguridad no puedes crecer como persona. Yo tenía mi casa y mi grupo de baile en la calle. Ese era el espacio seguro que me permitía saber quién era e ir con todo. Sin ese espacio es muy complicado atreverse a romper barreras porque te encuentras anclado, callado, vulnerable y débil. Me siento muy identificado con estos jóvenes, yo también estaba muy perdido. Pero un espacio como este puede darte la fortaleza para ser y para elegir. Ojalá hubiera proyectos como este en cada barrio. Sería increíble.

«Es Lauryn y lleva años acompañándome. Fue mi primer altavoz. Con él pasé de escuchar la música en el móvil a hacerlo con calidad. Para mí fue fundamental, porque podía estar en cualquier sitio y ponerme a bailar. Lo compré en 2018 después de cobrar un trabajo y le tengo mucho cariño. Conoce muchas calles y muchos países».
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