
Publicado por Gonzalo Vitón en |
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Cuarenta años son molto longos. Desde 1986, el Real Madrid ha ganado nueve copas de Europa y Museveni siete elecciones, y eso que entre 1986 y 1996 no se celebraron comicios en Uganda bajo su mandato. En los últimos, celebrados en enero, el mandatario, de 82 años, se impuso con el 72 % de los votos, aunque con una participación de cerca del 50 % del electorado. Con dicha victoria se garantiza cinco años más al frente del país. Si la salud se lo permite, llegará con 87 al final de su séptima legislatura.
Su trayectoria al frente del país en estas cuatro décadas está marcada, por un lado, por un incuestionable crecimiento económico y, por otro, por una promesa de democratización del país que nunca se ha llegado a efectuar. De hecho, la tendencia que a principios de siglo indicaba que el país podía caminar hacia una mayor democratización de la vida política y social, se ha revertido de forma considerable.
En 1986, Museveni entró en Kampala al frente del Movimiento de Resistencia Nacional (NRM, por sus siglas en inglés) y acabó con una serie de gobiernos dictatoriales encabezados por Idi Amin, Milton Obote y Okello –este último había derrocado a Obote un año antes–. A mediados de la década de los 80, el país se encontraba en un estado muy preocupante. Yoweri Museveni se instaló en el poder y durante la primera década comenzó a implementar una serie de políticas dirigidas a estabilizar socialmente el país y activar la economía. No fue hasta 1996 cuando convocó las primeras elecciones, bajo el modelo de una democracia sin partidos. En 2005, por presiones internacionales, se aprobó el multipartidismo. Esta apertura vino precedida por un cambio constitucional que eliminaba el límite de dos mandatos presidenciales, lo que permitió a Museveni presentarse en 2006 por tercera vez. Este cambio de la Carta Magna no fue suficiente y en 2017 se vio obligado a aprobar una enmienda –estaban en contra el 74% de los ugandeses– para derogar la norma que establecía los 75 años como edad máxima para presentarse a la presidencia. Museveni se hacía mayor. A pesar de la oposición popular que reflejaban las encuestas, se aprobó el cambio y, desde entonces, ha ganado dos veces más en las urnas: en 2021 y 2026.

Desde 1986, la población ugandesa ha pasado de 15,4 a más de 50 millones y se prevé que, para 2030, supere los 57. Este crecimiento poblacional implica que la edad media apenas llegue a 17 años, lo que supone que la economía del país tendrá que absorber en los próximos años a un gran número de trabajadores jóvenes. La economía ha crecido a ritmos constantes desde la llegada de Museveni al poder, quien no dudó en aceptar las medidas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. En su autobiografía, Sowing the mustard seed [Sembrando la semilla de mostaza], de 1996, el presidente ugandés afirma que consiguió «demostrar al ala radical que, en realidad, era más patriótico privatizar la economía que dejar gran parte de ella en manos del sector público», pues «es un método que aprovecha la energía de las personas para impulsar el crecimiento económico, mientras que mantener la economía en manos públicas provoca su declive». Según explicaba en este texto, la economía de mercado no se adoptó «como consecuencia de la presión, sino porque estábamos convencidos de que era lo correcto para nuestro país».
El crecimiento del PIB ha pasado del 0,4 % en 1986 a un 6,1 % en 2024, aunque alcanzando picos del 11,5 % (1995) y del 10,8 % (2006). Esto ha permitido que el PIB de Uganda pase de los 3 370 millones de dólares hace 40 años a superar los 46 360 millones de dólares en la actualidad. Sin embargo, como esta evolución ha ido acompañada de un elevado crecimiento poblacional, el PIB per cápita no ha reflejado esa subida. En la actualidad, este dato crece a un ritmo mucho más bajo que la economía del país. Hace ya ocho años, José Carlos Rodríguez Soto escribía en MUNDO NEGRO que «la riqueza que se crea es insuficiente y los servicios no aumentan al mismo ritmo que los habitantes». A todo ello hay que sumar que la economía ugandesa no ha experimentado cambios estructurales, pues ha pasado de depender del café al oro.
A pesar de que las desigualdades siguen muy enraizadas en la economía ugandesa –el índice de Gini, que mide la desigualdad, se ha mantenido estable durante las últimas dos décadas–, los datos hablan de que la esperanza de vida de la población ha aumentado más de 20 de años –en la actualidad se sitúa en 68–, el acceso a la electricidad alcanza al 51 % de la población –en 1994, apenas llegaba al 0,5%– y se ha producido una reducción significativa de la pobreza extrema que, sin embargo, aún sigue siendo elevada.
Yoweri Museveni explica en su autobiografía que la democracia es como el agua: «La fórmula sigue siendo la misma, ya sea líquida, sólida o gaseosa. Debes elegir la forma de agua que se adapte o sirva a tu propósito. ¡Un cubito de hielo será útil para saciar tu sed, pero no para darte un baño! Del mismo modo, la forma de democracia debe estar en consonancia con las circunstancias locales». La primera apuesta del estadista ugandés fue por un modelo de un Parlamento sin partidos, en el que sus miembros votasen como individuos. Este sistema prevaleció hasta la transición al multipartidismo. A pesar de que a inicios del siglo XXI había cierto optimismo con que, de la mano del crecimiento económico, se fuesen democratizando el sistema y las instituciones, lo cierto es que ya había señales de que el camino era distinto. La abogada y activista Anne Mugisha, en un artículo publicado en 2004 para Journal of Democracy, consideraba que había fuertes razones para dudar de que Uganda se moviese hacia la democracia: «La verdadera transición que se está produciendo allí es de un régimen autoritario relativamente ilustrado y benévolo –un país que la exsecretaria de Estado estadounidense Madeleine Albright calificó en su día como “un faro de esperanza”— a un caso paradigmático de gobierno unipersonal arraigado».
Aili Mari Tripp, politóloga especializada en estudios africanos de la Universidad Wisconsin-Madison, publicó en 2010 el libro Museveni’s Uganda: Paradoxes of power in a hybrid regime [La Uganda de Museveni: Paradojas del poder en un régimen híbrido], en el que analizaba el sistema ugandés como un régimen híbrido, aquel en el que se «limitan los derechos y libertades con tanta frecuencia que no pueden considerarse democráticos, pero no lo hacen de manera tan sistemática como para ser considerados totalmente autoritarios». Para la académica finesa-estadounidense, los éxitos económicos del país africano sirvieron para legitimar a Museveni en el poder y le ayudaron a obtener apoyo político para ciertas políticas antidemocráticas. La autora afirmaba que, si bien Uganda experimentó una mejora gradual de las libertades políticas y derechos políticos desde 1986, estos cambios son precarios en regímenes semiautoritarios porque «pueden revertirse y manipularse fácilmente». En conversación con MUNDO NEGRO a través de WhatsApp, Tripp considera que el país ya no es un sistema híbrido, sino que «es un régimen autoritario en toda regla». En este sentido, es ilustrativa la caída de Uganda en el Índice de Libertad de Prensa elaborado por Reporteros Sin Fronteras, donde ya ocupa el puesto 143 de 181 a nivel global. A esto se suma que, según Transparencia Internacional, Uganda es uno de los países más corruptos del mundo. En esta clasificación se encuentra en la posición 148 de un total de 182 países.

La mostaza es una planta que se desarrolla muy rápido. Algunas variedades, como la que crece en Palestina, pueden llegar a alcanzar los tres metros de altura, aunque no deja de ser un herbáceo. Determinadas especies se reproducen muy rápido, llegando a ser un problema para otras variedades vegetales. Museveni, como señalaba Pablo Moraga en el monográfico de Uganda que elaboró esta revista (ver MN 638, pp. 10-15), «ha construido una red de socios, tanto internos como externos, para mantenerse en el poder» y no ha dejado crecer ninguna alternativa política a su alrededor. Ni Kizza Besigye primero ni Robert Kyagulanyi después han logrado imponerse a Museveni, quien cuenta con un control absoluto del Ejército. Según Tripp, la paradoja que simboliza Museveni es que permanece «en el poder porque el coste personal de abandonar el cargo es demasiado alto». Moraga señalaba que el presidente «no quiere continuar en el poder para enriquecerse, sino porque tiene un proyecto para su pueblo y piensa que es el único que puede dirigirlo».
La gran cuestión es qué va a pasar en el futuro. Victor Ochen, Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2016, afirmó en estas páginas (ver MN 638, pp. 52-55) que «Uganda ha estado demasiado tiempo con un tipo concreto de liderazgo y para ser inclusivo se necesita una transición de la mentalidad». Lo cierto es que un líder cada vez más anciano gobierna un país cada vez más joven y las perspectivas no son nada halagüeñas, pues su hijo, el general Muhoozi Kainerugaba, se perfila como el sucesor más probable.
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