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Con el presente monográfico dedicado a Malaui, los Cuadernos MN alcanzan su décima entrega. Aunque en las 68 páginas de este número no es posible abarcar toda su realidad, en MUNDO NEGRO estamos convencidos de que su lectura ayudará a nuestros lectores a conocer mejor este país africano y a sus gentes.
Malaui tiene una superficie de 118 484 kilómetros cuadrados, con cerca de un 20 % de su territorio ocupado por el gran lago que le da nombre. Esta antigua colonia británica obtuvo su independencia el 6 de julio de 1964, aunque tuvieron que pasar 30 años hasta la celebración de las primeras elecciones multipartidistas, sin que la democracia haya traído hasta ahora la prosperidad deseada. El país austral figura en la lista de los más pobres del mundo con un 50,7 % de su población por debajo del umbral de la pobreza y varios millones de personas amenazadas por la inseguridad alimentaria.
La mala gobernanza, la falta de infraestructuras y la persistencia de la corrupción son algunos de los factores que lastran el desarrollo de un país rico en recursos materiales y humanos pero extremadamente condicionado por un volátil y casi siempre desfavorable contexto económico global. El país se aferra a la minería como esperanza de futuro, pero también en este campo son más las incógnitas que las certezas.
Con todo, el equipo de MUNDO NEGRO que visitó el país ha encontrado un pueblo acogedor, alegre y con una gran capacidad de resiliencia. Además de los datos estadísticos, los textos de la rúbrica «La perspectiva malauí» y los artículos de fondo sobre la historia, la economía o la incipiente minería, las páginas del monográfico testimonian el trabajo de personas e instituciones comprometidas con proyectos e iniciativas para hacer frente día a día a los muchos desafíos y dificultades.
Podemos mencionar a Julius Ng’oma, Trésor Nzengu o Susan Namangale. El primero coordina la Red de la Sociedad Civil sobre el Cambio Climático y desde su activismo ecológico trabaja por concienciar a la ciudadanía y a los gobernantes sobre la necesidad de proteger los bosques y los ecosistemas malauíes. Nzengu es un artista congoleño que llegó a Malaui como refugiado hace cuatro lustros y que hace 12 años fundó el festival Tumaini Letu, una prestigiosa actividad cultural que reúne cada año a entre 30 000 y 50 000 personas dentro del campo de refugiados de Dzaleka. Susan Namangale, por su parte, ha puesto en marcha en varias prisiones de Malaui un proyecto para facilitar la reinserción social de los reclusos a través del ajedrez.
También la Iglesia católica está comprometida con la sociedad malauí a través de proyectos como las agroempresas de la diócesis de Karonga, el Centro de Cultura y Arte Kungoni –de los Misioneros de África– o el Centre for Social Concern, que la misma congregación fundó en 2002 para impulsar la justicia social. Por su parte, los Misioneros Combonianos dirigen en Lunzu el Comboni Technical College, que está ayudando a cientos de jóvenes malauíes a encontrar una salida profesional.
Son solo algunos ejemplos del baño de humanidad que inunda buena parte de las páginas de este monográfico. Buena lectura.
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