
Publicado por Enrique Bayo en |
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El pasado 13 de febrero, el Simposio de Conferencias Episcopales de África y Madagascar (SCEAM) y la Unión Africana (UA) firmaron un acuerdo de intenciones que busca reforzar la colaboración entre la Iglesia católica y los Estados africanos frente a los grandes desafíos del continente.
La firma tuvo lugar en Adís Abeba (Etiopía), un día antes de la 39ª Cumbre de la UA (ver p. 9), y sus protagonistas fueron el comisario de Asuntos Políticos, Paz y Seguridad del organismo continental, Bankole Adeoye, y el presidente del SCEAM y arzobispo de Kinshasa, el cardenal Fridolin Ambongo. El acuerdo renueva uno anterior de 2015 y, aunque carece de valor jurídico vinculante, manifiesta la buena disposición de ambas instituciones a cooperar. Además, para la Iglesia católica supone una forma de reconocimiento, puesta en valor y soporte por parte de los Estados africanos.
Tras la rúbrica, el cardenal Ambongo afirmó en los micrófonos de Radio Vaticano que aunque «desgraciadamente en algunos Estados se tenga la impresión de que la Iglesia juega un rol de oposición, queremos evitar esa interpretación mostrando que todo aquello que llevan a cabo nuestros Estados de válido, bueno y constructivo por el bien de nuestro pueblo también es apoyado por la Iglesia y viceversa».
Respecto al contenido del acuerdo, el prelado congoleño resumió en cinco los ejes esenciales de cooperación entre la Iglesia católica y los Estados africanos, entre los que destaca la «prevención de conflictos» a través de la mediación. Además, el documento contempla la participación de la Iglesia en procesos de observación electoral y en la formación cívica de los ciudadanos. Según el cardenal Ambongo, este eje «iría también en la línea de reforzar los procesos de democratización y de transparencia en las elección de nuestros dirigentes para que la voluntad de nuestro pueblo sea respetada».
Otro eje importante es la colaboración y el acompañamiento de la Iglesia en procesos de reconciliación y de cohesión social. El documento hace referencia también al diálogo interreligioso, para que el potencial de las diferentes creencias en el continente sea «canalizado para constituir una fuerza que haga avanzar a África». Por último, la Iglesia católica se postula como observadora privilegiada en la defensa de los derechos humanos y la buena gobernanza, pero «no como un actor político, sino social, que vigila sobre los valores morales», matizó el presidente del SCEAM en la misma entrevista.

En el contexto de la considerable reducción de los programas de asistencia internacional por parte de la Administración estadounidense, a primeros de febrero tuvo lugar en Washington un encuentro del presidente de la Comisión Justicia, Paz y Desarrollo del SCEAM, Mons. Stephen Dami Mamza, con su homólogo estadounidense, Mons. Abdallah Elias Zaidan. Fruto de este encuentro nació la declaración común «Hermanos y hermanas unidos en la esperanza: asistencia internacional y solidaridad mutua entre los obispos y fieles de los EE. UU. y África».
El texto recuerda el principio fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia que considera la ayuda internacional como un «medio esencial para promover la dignidad humana, proteger la vida humana y perseguir el bien común internacional», y renovando «los lazos de fraternidad entre los pueblos de Estados Unidos y África» para enraizarlos «no en el “paternalismo o el extractivismo”, sino en una solidaridad mutua».
Entre los temas que guían esta cooperación fraterna, la declaración señala en primer lugar el refuerzo de las capacidades locales y la autonomía de las instituciones africanas, tanto civiles como religiosas, para lo cual «la ayuda internacional sigue siendo esencial», siempre y cuando «aporte una asistencia al desarrollo y una ayuda humanitaria que respete la vida humana y alcance a los más vulnerables».
La familia como célula fundamental de la sociedad, los jóvenes como actores de emprendimiento, la consolidación de la paz o la justicia climática son otros de los temas relevantes que aborda la declaración. Con respecto a este último, el documento hace un llamamiento directo al pueblo de los EE. UU., al que alerta de las «consecuencias manifiestas de la injusticia medioambiental». La declaración tuvo lugar unos días antes de que el presidente estadounidense, Donald Trump, negara los avances que sustentan la lucha contra el cambio climático y decretara el final de «todas las normas sobre emisiones ecológicas impuestas innecesariamente a los modelos de vehículos y motores entre 2012 y 2027 y más allá».
El texto reconoce la riqueza del continente africano en minerales esenciales para las tecnologías modernas y denuncia que para acceder a ellas «muchos han pisoteado la dignidad de los poblaciones locales». Por tanto, continúa el documento, «es necesario promover dinámicas comerciales mutuamente beneficiosas entre los EE. UU. y los países africanos» que estén marcadas por «un profundo respeto de los derechos y esperanzas de los pobres».
La declaración conjunta reconoce la inmensa contribución de la Iglesia africana y de su diáspora a la vida de los fieles estadounidenses, haciendo mención específica de «los sacerdotes y personas consagradas que ponen generosamente sus dones misioneros al servicio de la Iglesia de los Estados Unidos a través de una presencia estrecha y concreta cotidiana».
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