
Publicado por Eva Trindade en |
Entre la sorpresa, la incredulidad y la indignación, el mundo asistió al secuestro, por parte de Estados Unidos, de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, en una de sus residencias en el país. Es en este contexto en el que escribo este artículo. Entre los pros y los contras, lo que más destaco sobre esta acción ha sido la idea de la banalización del Derecho, el mismo que la humanidad tuvo que conquistar a lo largo de la historia y después de no pocos alzamientos.
Cuando en 1789, en el contexto de la Revolución Francesa, se redactó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano –ese gran hito en la historia de la humanidad–, los hombres se convirtieron en titulares de derechos y deberes y la ley se concibió como la expresión de la voluntad general del pueblo. Otro gran hecho marcó a la humanidad: a partir de entonces se restringió el poder que se concentraba en manos del soberano. El rey dejó de hacer y deshacer a su antojo, sus actos no debían violar los derechos de sus conciudadanos.
Cuando Estados Unidos entró en Venezuela y secuestró a Maduro, rápidamente el término «captura», difundido por los medios de comunicación internacionales nada más conocerse la noticia, fue sustituido por «secuestro». Ante la sorpresa y la indignación causadas por la fulminante acción, todo el mundo se preguntaba cómo había sido posible que un Estado invadiera a otro y secuestrara a su máximo representante. Entre estas y otras preguntas, se imponía una: ¿y el Derecho?
No se trata de Nicolás Maduro, se trata de cuestionar la permisividad y la impunidad de este acto. Se trata de cuestionar la permisividad y la impunidad con la que se banaliza el Derecho. Se trata de cuestionar los límites impuestos al poder del «soberano». Se trata de cuestionar la permisividad con los retrocesos de los derechos adquiridos que se está produciendo en todo el mundo.
Pero esto va más allá del caso de Venezuela. En Mozambique se trata de cuestionar el desajuste de nuestro sistema educativo por las demandas globales. Se trata de cuestionar la permisividad con la que asistimos al desequilibrio demográfico en nuestro país. Se trata de cuestionar la permisividad con la que asistimos a la delincuencia en las calles de la ciudad de Maputo. Se trata de cuestionar la permisividad con el alcoholismo en nuestros adolescentes. Se trata de cuestionar la permisividad con la falta de agua en nuestros centros sanitarios y en nuestras escuelas públicas. Se trata de cuestionar la misma permisividad con los sucesivos casos de secuestro que presenciamos casi semanalmente en la capital.
Se trata no solo de cuestionar la impunidad de este acto cometido por los Estados Unidos, que es, en el fondo, la misma impunidad que alimenta la industria del secuestro en la ciudad de Maputo, la misma impunidad que sustenta la violencia obstétrica que se cultiva en nuestras maternidades. Se trata de cuestionar la impunidad de los sucesivos casos de violación sexual con muerte de mujeres que aumentan cada día en nuestros barrios.
No se trata de Nicolás Maduro. Se trata de cuestionar las consecuencias de esta práctica. Se trata de cuestionar las consecuencias de la cultura generalizada de la banalización del Derecho. Se trata de cuestionar los riesgos de devolver todo el poder al «soberano». Se trata de cuestionar el futuro de las minorías, el futuro de la humanidad.
¿Hacia dónde vamos?
En la imagen superior, un vendedor ambulante lleva su mercancía a la venta en el barrio de Alto Mae, en Maputo. Fotografía: Phill Magakoe / Getty