
Publicado por Dagauh Komenan en |
Compartir la entrada "El año comienza a girar"
África se encuentra en un momento crítico, caracterizado por profundas transformaciones políticas, desafíos de seguridad persistentes y oportunidades económicas emergentes. La región se enfrenta a problemas estructurales, como la fragilidad institucional, la expansión del terrorismo yihadista, crisis humanitarias prolongadas y tensiones que amenazan la estabilidad regional y la gobernanza democrática, lo que incidirá en el desarrollo del año 2026.
Las elecciones previstas para este curso se desarrollarán en un contexto de transformaciones políticas, sociales y económicas profundas. Según los calendarios electorales internacionales, se proyectan al menos 11 procesos nacionales, lo que convierte a los próximos 12 meses en un período relevante para evaluar la gobernanza, aunque menos intenso que 2025, que registró 18 comicios nacionales. Entre los países con elecciones programadas se encuentran la República del Congo, con elecciones presidenciales en marzo; Benín, con elecciones parlamentarias en enero; Yibuti y Libia en abril; Gambia en diciembre; Cabo Verde, con elecciones parlamentarias en abril y presidenciales en octubre; Camerún y Santo Tomé y Príncipe, con elecciones parlamentarias con fecha aún por definir, y Etiopía y Marruecos, con elecciones generales el 1 de junio y en septiembre, respectivamente.

Un factor decisivo en todos estos procesos será la participación ciudadana, en especial de los jóvenes, que representan la mayoría demográfica del continente. Sin embargo, la desinformación, la inseguridad en zonas de conflicto, la debilidad institucional y la persistente crisis de confianza hacia las élites políticas amenazan con socavar la legitimidad de las votaciones. Esta situación se ve agravada por la corrupción estructural, la ausencia de políticas efectivas de transparencia y rendición de cuentas, así como por el fracaso de sucesivas administraciones en mejorar de manera sustancial las condiciones de vida de la población.
De cara a 2026, resulta imprescindible una reevaluación de los criterios para medir la consolidación democrática, superando la visión reducida de los procedimientos electorales y poniendo el foco en la calidad de las instituciones, la participación inclusiva y la capacidad de los Gobiernos para responder a las demandas sociales.
Estudios del portal Afrobarometer y otras fuentes demuestran que la mayoría de africanos prefiere la democracia como forma de gobierno. No obstante, en contextos de inseguridad, corrupción o gobiernos autoritarios, entre un 30 % y un 40 % de los ciudadanos consultados consideran justificables intervenciones militares temporales. Este dato sugiere que la probabilidad de inestabilidad política o de intentos de toma del poder por la fuerza no puede descartarse en 2026.
El año que acaba de finalizar conoció golpes de Estado exitosos en Madagascar (ver MN 717, pp. 6-7) y Guinea‑Bissau en octubre y noviembre, respectivamente, mientras que Benín registró un intento fallido en diciembre. En paralelo, las crisis políticas en Tanzania (ver MN 718, pp. 6-7) y Camerún (ver MN 718, p. 12), caracterizadas por denuncias de fraude, exclusión de la oposición y represión estatal, evidencian cómo procesos electorales cuestionables pueden derivar en descontento social masivo, episodios de violencia y represión. Estos factores no solo reflejan la erosión de la legitimidad institucional, sino que también exponen a ambos países a posibles intentos de golpe de Estado en 2026.

El proceso de integración continental, que mostró avances significativos durante la década de 2010, enfrenta ahora retos importantes. La firma del Área de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA) en 2018 y los proyectos de moneda común regional, como el Eco en África occidental en 2019, constituyeron hitos de integración económica y política tanto continental como regional. Sin embargo, los años recientes evidencian un retroceso, con fracturas y tensiones que podrían condicionar la cooperación regional en el año en curso.
La salida de Malí, Burkina Faso y Níger de la CEDEAO para formar la Alianza de Estados del Sahel (AES) refleja una reorganización estratégica que podría limitar la eficacia de los marcos de seguridad y gobernanza regionales. Además, los conflictos bilaterales recientes anuncian rivalidades, falta de confianza y tensiones regionales para 2026. En este contexto, la tensión entre Burkina Faso y Nigeria se intensificó en diciembre tras el aterrizaje no autorizado en territorio burkinés de un avión militar C‑130 nigeriano que derivó en la incautación de la aeronave y la detención de sus 11 militares tripulantes por parte de Uagadugú. Al mismo tiempo, aparecieron tensiones diplomáticas entre Benín y Togo a causa del alzamiento militar en Cotonú. Benín acusó a su vecino de brindar refugio al teniente coronel golpista Pascal Tigri y a sus cómplices.
Además, Nigeria, la gran potencia del occidente africano, podría experimentar un riesgo creciente de crisis interna. Su intervención en Benín generó críticas tanto internas como externas, cuestionando la prioridad entre ambiciones regionales y necesidades nacionales. La inseguridad interna, marcada por ataques de grupos armados y tensiones comunitarias (ver MN 718, pp. 16-17), podría debilitar la confianza ciudadana y la legitimidad del Gobierno de Bola Tinubu, con impactos evidentes sobre la estabilidad regional.

El panorama securitario en África para este año podría caracterizarse por la continuidad de conflictos armados, la expansión yihadista y crisis humanitarias persistentes. En el Cuerno de África, Eritrea y Etiopía mantienen riesgos elevados de enfrentamiento debido a disputas fronterizas, fragilidad del acuerdo de paz tras la guerra de Tigré y la movilización militar en zonas estratégicas. La fractura política interna en Etiopía podría exacerbar la posibilidad de escalada, con la consiguiente inestabilidad para los países del entorno.
En el este de la República Democrática del Congo (RDC), pese al acuerdo firmado entre Kigali y Kinshasa en diciembre de 2025 en Washington, habrá que estar muy pendientes del conflicto que oscila con gran facilidad. Prueba de ello fue la toma y casi inmediata retirada de la ciudad de Uvira por parte del M23 días después de la firma del acuerdo. Al mismo tiempo, Uganda continúa las operaciones militares contra las ADF, vinculadas al Estado Islámico, en las regiones congoleñas de Kivu Norte e Ituri. Esta dinámica no presagia mejoras sustanciales, sino que mantiene en una grave crisis e incrementa el riesgo de desestabilización regional en los Grandes Lagos en 2026.
Además, Sudán seguirá siendo un punto de tensión, con la continuación del conflicto –que en abril cumplirá tres años– y el genocidio perpetrado por las Fuerzas de Apoyo Rápido contra los civiles de Darfur, agravando la crisis humanitaria (ver MN 716, pp. 6-7). Los impactos se podrían extender a Sudán del Sur, que ya recibió a más de 445 000 refugiados en 2025 y sus yacimientos petrolíferos sufrieron varios ataques.
Otro foco de tensión será la violencia yihadista, de la que África continuará siendo en 2026 el epicentro global. Ya en 2024, la ONU reportó que el 59 % de las muertes por terrorismo a nivel mundial se concentraban en África subsahariana, con escenarios localizados en el Sahel, Nigeria, Somalia y Mozambique. Para 2026, se prevé que grupos como Jama’at Nusrat al-Islam wal Muslimin (JNIM), Boko Haram o el Estado Islámico de África Occidental (ISWAP) mantengan una presencia activa y expansiva en sus áreas de influencia. El Sahel seguirá siendo escenario de ataques, en especial en zonas rurales y corredores estratégicos, donde la debilidad institucional y la falta de cooperación regional entre la AES y la CEDEAO podrían facilitar la expansión de estas organizaciones hacia países costeros de África occidental, como Costa de Marfil o Nigeria.
Un ejemplo de esta tendencia se evidenció en octubre de 2025, cuando el JNIM ejecutó su primer ataque en territorio nigeriano, en Kwara, cerca de la frontera con Benín, y anunció planes de establecer una katiba en el país. Benín, por su parte, deberá hacer frente a la presencia yihadista en especial en los parques nacionales del norte.
Al otro lado del continente, en Somalia, Al‑Shabaab seguiría teniendo un control sobre corredores estratégicos y mantendrá capacidad para llevar a cabo ataques complejos, mientras que la Misión de Apoyo y Estabilización de la Unión Africana en Somalia (AUSSOM, por sus siglas en inglés) mantendrá avances puntuales debido a la falta de cohesión interna y a su dependencia del apoyo internacional.
En Cabo Delgado (Mozambique), la insurgencia de Ahlu Sunna Wal Jama’a (ASWJ) probablemente persistirá, con riesgos agravados si se reduce el apoyo militar ruandés debido a las sanciones europeas.
En conjunto, se anticipa que la violencia yihadista mantendrá niveles elevados en 2026, con riesgo de expansión, consolidación y presión creciente sobre las fuerzas de seguridad locales, consolidando al terrorismo como la principal amenaza para la paz y el desarrollo en África.

Aunque existan riesgos políticos y de seguridad, África presenta también un indudable potencial de consolidación macroeconómica para 2026. El PIB nominal continental podría situarse alrededor de los tres billones de dólares, sostenido en un 68 % por la actividad económica de diez países. Este crecimiento podría alcanzar el 4,3 % en el bienio 2026-2027, casi un punto por encima del 3,5 % del año que acabamos de terminar, impulsado por el consumo privado y las inversiones en infraestructuras y procesamiento de recursos.
Proyectos estratégicos como la refinería Dangote, en Nigeria, operativa desde 2025, o SORAZ, en Níger, con capacidad para producir 650 000 y cerca de 20 000 barriles diarios respectivamente, podrían mejorar la balanza comercial y generar excedentes para las exportaciones de estos países. En Zimbabue, la instalación de plantas de refinado de litio permitiría retener mayor valor añadido dentro del continente, reduciendo la dependencia de exportaciones de materia prima y aumentando la resiliencia económica frente a fluctuaciones internacionales.
Megaproyectos relacionados con infraestructuras, como iniciativas de energía renovable, corredores ferroviarios y portuarios en países como Egipto, Etiopía, Kenia o Marruecos, tienen el potencial de consolidar la conectividad y optimizar la eficiencia logística continental. Estos avances no solo facilitarían la implementación efectiva del AfCFTA, sino que también fortalecerían la competitividad del continente en los mercados globales, impulsando un desarrollo más integrado.
El cambio climático seguirá condicionando escenarios económicos y sociales. África, responsable de menos del 4 % de las emisiones globales, debe hacer frente a impactos desproporcionados debido a su alta dependencia de la agricultura y a ecosistemas frágiles. Se prevé un aumento de las sequías en el Sahel y el Cuerno de África, inundaciones y ciclones en el este y el sur, y olas de calor que podrían afectar a la salud pública, la productividad laboral y la seguridad alimentaria. Estos fenómenos podrían aumentar la vulnerabilidad de comunidades rurales y urbanas y presionar sistemas de gobernanza, asistencia humanitaria y estrategias de adaptación climática, condicionando la estabilidad social y económica.
En 2026, la migración intraafricana seguirá siendo, con toda probabilidad, la forma dominante de movilidad en el continente. A partir de las tendencias de 2025, se anticipa un aumento de los desplazamientos internos y regionales, impulsados por conflictos persistentes en el Sahel y Sudán, impactos crecientes del cambio climático y la búsqueda de oportunidades económicas. Más de 21 millones de africanos ya residen en otro país del continente, una cifra que podría incrementarse, en especial hacia países vecinos relativamente estables.
En contraste, de cara a este año, es previsible que los flujos irregulares hacia Europa se mantengan contenidos aunque en una cifra todavía relevante, en especial en las rutas hacia España e Italia. La limitada existencia de vías de migración regular, junto a los factores antes enumerados, condicionarían estos movimientos. Las nuevas políticas europeas reducirían los volúmenes totales, pero difícilmente eliminarán los incentivos estructurales que alimentan dicho fenómeno.

2026 se perfila como un año de continuidad en el que se mantendrán las tendencias de los desafíos y las oportunidades actuales para África. La gobernanza continuará sujeta a riesgos de fragilidad, corrupción y posibles conflictos poselectorales, mientras que la integración regional podría verse limitada por fracturas geopolíticas y tensiones bilaterales. El terrorismo y los conflictos armados seguirían siendo amenazas transnacionales persistentes.
De forma simultánea, el continente tiene potencial suficiente para el crecimiento económico y estructural, impulsado por megaproyectos de infraestructuras, agregación de valor local y desarrollo energético. Los fenómenos climáticos extremos y la movilidad poblacional añaden capas de complejidad que requieren políticas adaptativas y coordinadas. El equilibrio entre riesgos y oportunidades dependerá ante todo de la capacidad de los Estados africanos y de los bloques regionales de implementar estrategias de gobernanza inclusiva, cooperación transnacional y desarrollo sostenible, convirtiendo la resiliencia en un activo estratégico para la estabilidad y el progreso del continente.
Estas proyecciones no constituyen certezas absolutas, sino estimaciones fundamentadas en indicadores políticos, económicos y sociales de años anteriores, con el objetivo de anticipar escenarios plausibles.
Compartir la entrada "El año comienza a girar"