
Publicado por Zoé Musaka en |
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Esta vez no he tenido que ir lejos para encontrar al misionero que nos hablará este mes de su vocación misionera. Vivo con él. Se trata del P. Vicente Clemente Rey. A pesar de la edad, tiene un entusiasmo misionero admirable. Desde hace unos meses formamos comunidad en Granada junto a dos jóvenes postulantes, Jorge y Enrique, a quienes acompañamos en su proceso formativo.
Vicente nació en 1945 en Larués (Huesca). Siendo joven sintió la llamada al sacerdocio e ingresó en el Seminario de Jaca, donde estudió Humanidades y Filosofía. En aquellos años era habitual que misioneros de diferentes congregaciones visitaran los seminarios para hablar a los jóvenes de la Misión y de la vocación misionera. Algunos quedaban entusiasmados por los testimonios que escuchaban y decidían seguir sus pasos. Ese fue el caso del P. Vicente. Pero dejemos que sea él mismo quien nos lo cuente.
Era seminarista en Jaca y un día vino a visitarnos el P. Enrique Faré, un misionero comboniano italiano, para hablarnos de la situación misionera en África. Sus palabras todavía retumban en mis oídos: «Miles y miles de personas no han oído todavía hablar de Jesucristo por falta de misioneros que lo anuncien. Las personas tienen hambre de la Palabra de Dios y de la eucaristía, pero los misioneros solo pueden llegar a sus poblados como mucho dos o tres veces al año. La mies es mucha y los obreros son pocos». Al escucharle sentí que Dios me llamaba para ir a ese continente tan necesitado de sacerdotes. No podía quedarme en la diócesis de Jaca. Comenzó a parecerme muy pequeña desde que supe que en África había tanto trabajo evangelizador.
Seguí alimentando mi vocación misionera escuchando a otros misioneros que pasaban por el seminario y leyendo libros y revistas misioneras. Eran los años 60 y en ese tiempo había muchos sacerdotes en España, mientras que en África eran muy pocos los misioneros para un enorme trabajo de evangelización. Eso me empujó a la misión y tomé la decisión de ingresar en el Instituto de los Misioneros Combonianos. No fui el único. Otros tres seminaristas de Jaca hicieron lo mismo, igual que otros que vendrían después. Jaca era una diócesis muy pequeña, pero muy misionera.
Dios y mi familia me ayudaron en el proceso vocacional y no tuve problemas. En agosto de 1964 ingresé en el seminario de los Combonianos en Moncada (Valencia). Allí concluí mi proceso formativo de base. Hice el noviciado, que culminó con mi primera profesión religiosa. Después estudié Teología en el Seminario Metropolitano de Valencia. Fui ordenado sacerdote en abril de 1969 y de inmediato mis superiores me destinaron como formador y profesor al Seminario Menor de los Misioneros Combonianos de Corella (Navarra), donde estuve seis años.

Mis primeros años de sacerdocio los viví en mi país, pero no tardaría en llegar la alegría de ir a la misión en África. Mis sueños se hicieron realidad con 31 años. Aterricé en el noreste de la República Democrática del Congo, entonces Zaire. En concreto fui enviado a Dungu, no muy lejos de Sudán. Allí estuve 12 años divididos en dos periodos: de 1976 a 1981, y de 1987 a 1994. Fueron las mejores épocas de mi vida, aunque también las más duras por el cansancio, las malarias y la escasez de alimentos. Me hice cargo, junto a otro compañero, de las parroquias de Dungu-Bamokandi y Ngilima, distantes unos 45 kilómetros. Atendíamos 60 aldeas que visitábamos con periodicidad para formar a los catequistas y a los agentes de evangelización, seguir a los catecúmenos y a los jóvenes de los grupos. También íbamos con ellos para incentivar el desarrollo social y apoyar a las familias y a los enfermos. Cada domingo celebrábamos en un sitio distinto la misa en rito congoleño con sus cantos y danzas tan alegres. En realidad, es lo que había soñado. Era muy feliz.
Esta es mi vocación y todas las situaciones, aunque hayan sido duras, las he vivido con esperanza y alegría. Era joven y no me importaban las mil actividades ni las dificultades, que afectaban a mi cuerpo flaco. Tampoco daba importancia al cansancio que nos provocaba tener que llegar en bicicleta a los poblados en medio de la selva ni a la angustia que nos albergaba cuando nuestro vehículo se hundía en el barro o sus ruedas quedaban atrapadas entre los troncos de un puente. Convivía con la gente pobre y marginada, incluso con leprosos, pero también con jóvenes y muchos hombres y mujeres comprometidos en el apostolado. Trabajábamos conjuntamente con las misioneras combonianas y con muchos laicos, como anticipo de la sinodalidad de la que tanto se habla ahora. Formábamos una gran familia evangelizadora y muy comprometida.
Siempre he mostrado disponibilidad y mis superiores me enviaron como formador al noviciado que los Combonianos tenemos en Sahuayo, en el estado mexicano de Michoacán. Supuso para mí un cambio de continente, pero fui con la alegría de saber que iba a contribuir a la formación de futuros misioneros. Gran parte de aquellos novicios que acompañé son ahora buenos misioneros en distintos lugares donde estamos presentes y eso produce una gran satisfacción. Estuve 10 años en México y, además del servicio formativo, trabajé en las zonas marginadas de la ciudad y dediqué tiempo a la animación misionera. No podía contener el fuego misionero y sentía que debía contagiárselo a todo el mundo. También en Sahuayo me encontré muy bien y realizado en mi vocación misionera.
Así es. Los misioneros combonianos españoles tenemos lo que llamamos «rotación». Después de varios años en misiones regresamos a España para trabajar en nuestras comunidades de aquí. Entre 1981 y 1986 trabajé en la animación misionera en las regiones de Valencia y Aragón. Durante aquel tiempo recorría parroquias y colegios para infundir el espíritu misionero. Después, entre 2005 y 2013, trabajé en Madrid como administrador de las revistas Mundo Negro y Aguiluchos y como procurador de misiones, un servicio de apoyo para los combonianos que van, están o regresan de la misión.
Mi última etapa fuera de España, de 2014 hasta abril de 2025, ha sido en Guatemala. Al cumplir 80 años pensé que lo mejor era vivir mis últimos años de servicio misionero en España. En Guatemala dirigí la Escuela Comboni, en la que ofrecía todas las semanas formación misionera, bíblica, eclesial y teológica a adultos comprometidos en sus parroquias. A nuestro centro también llegaban todos los fines de semana grupos parroquiales y eclesiales para sus retiros, que atendíamos espiritualmente. También en Guatemala he intentado dar lo mejor de mí y me he sentido muy querido por la gente.

Como sabes muy bien, desde hace unos meses estoy en Granada como miembro del equipo de formadores para acompañar a los dos postulantes que han pedido iniciar su proceso formativo en nuestro instituto comboniano. Así que me encuentro muy feliz y contento en esta nueva etapa de mi vida misionera.
Solo Dios es el protagonista de la Misión. Nosotros somos sus instrumentos. Dios habla con nuestros labios para proclamar la buena noticia del Evangelio. Dios consuela e infunde esperanza a través de nuestros gestos. Dios ama a las personas, los pobres y los marginados, a través de nuestro cariño y nuestro corazón. Dios acoge a niños y ancianos, a jóvenes y adultos a través de nuestros brazos abiertos y de nuestras manos servidoras. Dios da su misericordia y fortalece la fe de los cristianos por medio de nuestro servicio sacerdotal. Dios da la paz y la esperanza al enfermo, al hambriento y al que sufre a través de nuestra presencia, compartiendo penas y alegrías, conviviendo con los hombres y mujeres, pastores que huelen a oveja, como decía el papa Francisco. En lo que a mí respecta, por supuesto que ser discípulo de Jesús de Nazaret ha merecido la pena. Me llena de felicidad rememorar la vida misionera a la que Dios me llamó. Por todo ello doy un millón de gracias a Dios.
Dios sigue llamando a muchos jóvenes a ser misioneros ad gentes para que vayan a anunciar la buena noticia de que Dios es un padre y una madre que ama a todos los hombres y mujeres. Vale la pena seguir la llamada de Jesucristo, que te realiza como persona y como cristiano. Estamos convocados a contribuir a la construcción de un mundo de paz y de justicia en el que brille la fraternidad. Dios cuenta con nosotros. Por eso, joven que me lees, si en tu corazón sientes que Jesús de Nazaret te llama para ser misionero, no te lo pienses dos veces, sé generoso, haz de tu vida un sí y serás feliz. No des la espalda a su llamada. Con ánimo y optimismo respóndele: «Aquí me tienes Señor, cuenta conmigo». Termino con una frase de Michel Quoist que coloqué en el recordatorio de mi ordenación sacerdotal y que ha sido la hoja de ruta que siempre he seguido: «Necesito tus manos para seguir bendiciendo, necesito tus labios para seguir hablando, necesito tu cuerpo para seguir sufriendo, necesito tu corazón para seguir amando».
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