
Publicado por Boniface Gbama en |
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Lo primero que puedo decir es que estoy viviendo algo que me sobrepasa. No soy sacerdote ni médico ni tengo estudios más allá de la Primaria. Todo comenzó en 1990. Mientras caminaba por la calle, vi a un hombre desnudo buscando comida en la basura. Me detuve y, al mirarlo, comprendí que era Cristo quien sufría en aquel rostro. Desde entonces, junto a mi esposa, comenzamos a preparar la comida y a salir a las calles por las noches al encuentro de personas con enfermedad mental. Con el tiempo descubrí, a través de esos encuentros, que las personas con enfermedad mental son, como nosotros, seres que desean ser amados y reconocidos. Un día me pregunté: «¿Por qué dar de comer a alguien en la calle y después regresar a dormir tranquilamente en casa?». Aquella pregunta marcó un punto de inflexión. Empezamos entonces a agrupar a los enfermos, a ofrecerles atención y acompañamiento, buscando que recuperaran su dignidad. Con el paso de los años, ese gesto sencillo se transformó en una obra que hoy cuenta con 18 centros, principalmente en tres países: Benín, Togo y Costa de Marfil.
Cerca de 200000 personas con enfermedad mental han pasado por los distintos centros del Proyecto Grégoire. En la actualidad, más de 2000 enfermos reciben atención en los diferentes centros, donde trabajan unas 400 personas. De ellas, apenas una treintena no ha sufrido nunca una enfermedad mental; el resto son antiguos pacientes que, una vez recuperados, han decidido dedicar su vida a ayudar a otros. En el centro de Dassa (Burkina Faso), por ejemplo, conviven más de 200 enfermos. Solo dos miembros del equipo pueden decir que nunca han sufrido la enfermedad mental: una psicóloga francesa que llegó como voluntaria y un enfermero formado por un antiguo paciente, que hoy dirige el centro. En África, las personas con enfermedad mental siguen siendo, como se suele decir, «los olvidados de los olvidados». Muchos son considerados poseídos, y el miedo los condena al abandono. Yo mismo sentí ese temor al principio. Sin embargo, fue precisamente el encuentro con ellos lo que me enseñó a mirar con compasión y esperanza.
No, no es culpa de la familia. Lo que ocurre es que muchas veces no saben qué hacer. Con gran sufrimiento, son las propias familias quienes encadenan a los enfermos, porque los hospitales psiquiátricos son escasos en nuestros países. Si una persona no tiene dinero, por muy grave que sea su situación, no es atendida. En Costa de Marfil, un país con una extensión similar a la de Francia, solo existen dos hospitales psiquiátricos. En Benín, apenas hay uno para todo el país. ¿Comprendéis ahora hasta qué punto las personas con enfermedad mental están abandonadas a su suerte?
El Estado nos felicita, pero no nos ofrece ninguna ayuda. Vivimos exclusivamente de la providencia. Aun así, hay personas que no se olvidan de quienes sufren enfermedades mentales. Gracias a su generosidad, hemos podido empezar la construcción de un gran centro en Benín.

Lo que más nos preocupa y nos duele son las sectas. En África se encuentran por todas partes, y su mirada está dominada por la presencia constante del diablo. Como las personas con enfermedad mental son consideradas poseídas, en muchos lugares se crean «campos de oración» a los que los envían las familias con la esperanza de sanar a sus hijos. Allí, los enfermos son encadenados a los árboles, sometidos a un sufrimiento físico extremo con la convicción de que así se expulsarán los demonios. Recuerdo el caso de una mujer que permaneció 35 años encadenada. Para mí, ella representa la imagen de todas las mujeres del mundo, la imagen de la humanidad misma que sufre y es maltratada. Los enfermos no son malos. Son personas heridas, abandonadas, necesitadas de amor y cuidado. Por eso, desde el Proyecto Grégoire comprendimos que la única respuesta posible era multiplicar los centros de acogida y reinserción, lugares donde puedan recuperar su dignidad y su vida.
Diría que es algo aún más terrible que la esclavitud. Cuando una persona es encadenada, muere encadenada, y muchas mujeres y niños han perdido la vida en esas condiciones. Lo que ocurre no es normal, es criminal. Estas personas no nacieron enfermas, sino que cayeron en la enfermedad y la sociedad, en lugar de tenderles la mano, los ha condenado al olvido y al sufrimiento.
Depende de la región. En algunos lugares hay más hombres que mujeres, y en otros sucede lo contrario. También los niños con epilepsia son a menudo considerados poseídos por el diablo. Insisto: la culpa no es de las familias, sino de la ignorancia y de la falta de recursos y formación. Muchas veces actúan movidas por el miedo y el desconocimiento, sin comprender que detrás de la enfermedad hay una persona que necesita comprensión y cuidado.
Los antiguos enfermos, una vez recuperados, son quienes se forman y regresan para cuidar de los demás. Les ayudamos a estudiar enfermería y atención sanitaria, para que puedan ofrecer un acompañamiento más cercano. Al principio nunca imaginé que las personas que habían estado enfermas pudieran llegar a trabajar con nosotros. Pero con el tiempo comprendí que son precisamente ellos, los que han conocido el dolor y la exclusión, quienes mejor pueden cuidar a otros enfermos.
Recuerdo que uno de ellos me dijo un día: «Cuando vivía en la calle, nunca imaginé que alguien pudiera hablar conmigo, salvo para lanzarme una piedra. Pero desde que llegué aquí, la gente se acerca, me habla y come conmigo. Aquí he recuperado mi dignidad como persona». A partir de ese momento, comprendí que debíamos implicarles en esta misión. Ellos saben lo que significa ser rechazados y olvidados. Por eso, hoy son ellos quienes lo hacen todo: acompañan, cuidan y devuelven esperanza a los que aún siguen perdidos en el sufrimiento.
Sí, porque allí donde existen nuestros centros, el comportamiento de la población ha cambiado. Ya nadie encadena a los enfermos. Las familias han aprendido a confiar y acuden a nosotros para que sus seres queridos puedan recibir tratamiento.

He traído esta cadena para que todos puedan ver que, aún en pleno tercer milenio, hay personas que siguen viviendo encadenadas. Y me pregunto por qué. Un día, un psiquiatra italiano nos invitó a participar en una reunión sobre derechos humanos en el Parlamento Europeo, en Bruselas. Allí mostré una película dura, que refleja la realidad de quienes viven encadenados, y enseñé esta cadena. Vi cómo muchos de los participantes lloraban, conmovidos por las imágenes. Pero apenas terminó la conferencia, parecía que todo había sido olvidado. Por eso insisto en que debemos cambiar nuestra mirada hacia las personas con enfermedad mental. Las nuevas cadenas no son de hierro, son nuestras miradas, nuestros prejuicios y nuestra indiferencia. Siempre digo que los verdaderos locos están en la sociedad.
Os pido disculpas por decirlo, pero Europa también tiene un largo camino por recorrer. En África afrontamos grandes dificultades para acceder a tratamientos. En Europa hay abundancia de recursos y opciones terapéuticas, lo tenéis todo, pero os falta lo esencial. Cuando estaba en Francia, visité un centro de ocio para las personas con enfermedad mental. También mostré allí una película en la que se veían personas atadas y algunos estaban trabajando. Al terminar, apenas se acordaron de la cadena o de la madera; me dijeron que «en África, los enfermos mentales trabajan, mientras que aquí se nos paga para que no molestemos». Yo pienso que la peor forma de matar a una persona es pagarla para que no haga nada.
Mi primer deseo es dar a conocer el sufrimiento de tantas personas que padecen enfermedad mental. Aunque muchos vivimos en libertad, hay miles de hombres, mujeres y niños que siguen encadenados, ocultos en sus casas o en los pueblos, sin que nadie haga nada por ellos. Quisiera que cada persona se pregunte qué puede hacer por quienes sufren, porque, sean africanos o europeos, todos somos iguales, y nadie tiene el monopolio del dolor ni de la enfermedad mental.
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