Paraíso e infierno

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Para los amantes de la literatura, cada libro es promesa de placer y salvación. El sudanés Abdelaziz Báraka Sakin (Kasala, 1963) ya cautivó con El mesías de Darfur. Con Samahani (‘perdóname’, en suajili), ambientada en el sultanato de Zanzíbar en el siglo XIX, lleva su talento mucho más allá y consuma una novela fabulosa.

Mi patria es paraíso de colonos e infierno de sus nativos es no solo una de las canciones más agrestes de Uhuru, la única negra libre de Zanzíbar, tan codiciada como temida por los traficantes de esclavos a causa de su sintonía con los espíritus, sino quizá el emblema de este libro escrito en árabe y que rompe tabúes por lo que cuenta (el amor entre un eunuco y la hija del sultán, a quien han extirpado el clítoris) y por cómo lo cuenta. Apasionada elegía africana, celebra la vida de los africanos destilada con prosa incandescente.

El autor desmonta la asombrosa capacidad de los británicos para ofrecerse como adalides del progreso y su conexión con Dios cuando proscribieron la esclavitud. El tráfico envilecedor que les había proporcionado pingües beneficios (y sentó las bases de su Imperio y de fortunas que todavía enarbolan el triunfo mundial del capitalismo) debía pasar a mejor vida. Báraka Sakin desenmascara la jugada ante las maniobras de los franceses para ganar posiciones en el sultanato, algo que «no gustó nada a los ingleses» tras firmar un ventajoso acuerdo con el sanguinario sultán: «Sobre el papel, tenía la finalidad de acabar con la trata de esclavos, pero pretendía, en su espíritu, el dominio total, marino y terrestre» sobre Zanzíbar.

No voy a destripar una novela que merece ser desbrozada placenteramente por el lector, pero hay dos episodios que tienen que ver con la toma de conciencia de «los negros», el papel del habla en el singular Sundus y la capacidad aterradora de los espejos a la hora de reconocernos. Pero además del alcance antropológico y político de este Samahani, su espina dorsal es una insólita y maravillosa historia de amor: el conocimiento, la posesión del cuerpo y la voluntad del otro, lo que representan literal y metafóricamente la penetración y el placer tanto a escala íntima como geopolítica. Acaso la princesa no sea otra cosa que el mapa misterioso de África. Y la condición de Sundus, enmudecido y castrado, la de un sometimiento que todavía reverbera en su interior y en nuestras costas erizadas de espinas para proteger nuestro miedo, codicia y falta de sustancia. 

Consciente del poder taumatúrgico de la palabra, el autor desliza una declaración que hace que lo veamos casi como un Aleph: «Narrar es la acción que conforma de manera efectiva la mente». ¿No será ese el principio de la recuperación africana de su conciencia para reconducir su destino? Aunque Samahani contiene los ingredientes fantásticos que toda novela africana parece exigir, este libro emocionante es un alegato en favor de la razón. E incluye una declaración que debería presidir todos los parlamentos: «No hay unas sangres más baratas que otras, ni espíritus de menos valor que otros. No hay seres humanos que hayan nacido para ser esclavos mientras que otros han nacido para ser amos».



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