África de lo informal

Nestor1   Por Néstor Nongo

 

Hablar hoy de África y de los africanos implicaría necesariamente hacerlo, de una u otra forma, del sector informal, de los informales. Se trata de aquellas personas que se dedican a actividades económicas que no están controladas por las autoridades y que escapan a cualquier tipo de fiscalización y regulación. Gracias a estas actividades informales, un importante sector de la población sobrevive, aunque en condiciones muy precarias.

Suele constituir para los visitantes que pisan por vez primera suelo africano un verdadero espectáculo ver la multitud de vendedores ambulantes que ofrecen los más variados productos en las calles de las ciudades, y también en los pequeños pueblos. La casi totalidad de estos empleos callejeros dedicados a la venta más diversa –o también a proporcionar a los ciudadanos todo tipo de servicios, como el de peluquería, o el de atención farmacéutica, e incluso médica– se engloban en lo que se llaman trabajos o empleos informales.

Según datos disponibles, el peso del sector informal en la economía del continente supera el 50 por ciento del PIB. En algunos países como Benín, Níger o Togo, llega a alcanzar el 70 por ciento. Así, el prototipo de trabajador en esos países es el informal, el buscavidas. Y, ¿cómo se ha llegado a esto?

Pues, aunque implícito en décadas anteriores, el sector informal toma carta de naturaleza en la década de los 80 del siglo pasado, cuando los Estados africanos, debido a la crisis económica de aquella época, pasan al control (algunos incluso hablan del juego) del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM). Los duros programas de ajuste estructural impuestos por estos dos organismos (recortes de gasto social, devaluación de monedas, liberalización del comercio, privatización de empresas públicas, desregulación…) supusieron la expulsión del sector formal de millones de personas, que encontrarían cobijo en lo informal.

Pero no solamente los expulsados por los ajustes de citados organismos están en el sector informal. También lo están aquellos que se quedaron, pero cuyos míseros salarios no les dan para llegar a fin de mes y tienen que ingeniárselas recurriendo al sector informal. Por lo que hay una especie de desdoblamiento de lo formal en lo informal: cada actividad considerada legal tiene su réplica en lo ilegal. Tampoco ha de perderse de vista el efecto sobre el fenómeno del aumento de la población y del éxodo rural: lo informal ha aumentado al mismo tiempo que lo ha hecho la población en las ciudades.

Por tanto, la incapacidad de los Estados africanos de satisfacer las necesidades básicas de la población en ámbitos tan necesarios como el empleo, la sanidad, la vivienda y la educación está en el origen y en la extensión del fenómeno de lo informal en el continente. Pero, al mismo tiempo, el aumento del tamaño del sector informal en África priva a esos mismos Estados tener los ingresos fiscales necesarios para cumplir con esos enormes retos del desarrollo. Y así, se establece una especie de círculo vicioso.

Esta cuestión, de importancia capital, está eclipsada por la infinidad de urgencias sociales y económicas a las que se enfrenta el continente de manera recurrente. Pero también existe una cierta intencionalidad, por parte de muchos gobernantes, de no tratarla porque es un avispero: el sector informal absorbe a la población abandonada por los mismos gobernantes.

No obstante, va siendo hora de que se aborde con cierta celeridad este tema, porque el sector informal puede constituir una palanca para el desarrollo del continente; con tal de que la represión –que ha sido la forma más extendida de abordarlo– sea sustituida por estrategias tendentes a formar, capacitar y orientar a los emprendedores del sector para que sus negocios sean viables y que puedan contribuir eficazmente al desarrollo de sus respectivos países.

 

Fotografía superior: Javier Fariñas Martín