Austeridad y compromiso

Por: Gonzalo Gómez - 25/03/2019
El liberiano Silas Siakor, Premio Mundo Negro 2018 a la Fraternidad

 

«No os hacéis una idea de lo que significa para nosotros este reconocimiento», dijo Silas Siakor al recibir el galardón. Estaba impaciente por regresar a Liberia para compartir su alegría con los suyos, pero también estaba deseando regresar para seguir trabajando en la mejora de las condiciones de vida de las comunidades con las que está comprometido.

 

Si uno lo tiene delante y no le saca los temas que le apasionan, no es fácil sospechar que este hombre, sosegado y tranquilo, es capaz de desafiar a gobiernos y multinacionales hasta arrancarles compromisos que benefician a la gente humilde. Pero cuando se le mencionan la corrupción, la tala ilegal o los derechos comunitarios pisoteados, uno empieza a entender cómo Siakor, que fundó el Instituto de Desarrollo Sostenible en Liberia, pudo llegar a influir en Naciones Unidas para que prohibiera temporalmente las exportaciones de madera de su país, o en la expresidenta Ellen Johnson-Sirleaf, que reorganizó el marco en el que operaban las multinacionales que se beneficiaban de los recursos liberianos.

¿Cuál es su principal motivación?

Cuando miro hacia atrás y me veo como niño, como adulto joven y llego al momento actual, veo que he tenido que lidiar con circunstancias muy difíciles por vivir bajo las consecuencias de la corrupción, y también por enfrentarme cara a cara con el sistema, las estructuras y los políticos que permiten esa corrupción y fallan a nuestras comunidades. Haber vivido eso me hace levantarme cada día y decirme: «Espero que mis hijos y mis nietos no tengan que vivir estas situaciones; espero que tengan un mejor acceso a la educación, a la sanidad, y que experimenten un mayor bienestar». Ese deseo de ser parte de una generación que sienta las bases de un futuro mejor para nuestros hijos es lo que me guía la mayor parte del tiempo.

Dice que odia la corrupción, ¿por qué ese sentimiento es tan fuerte?

Cuando vives sus peores manifestaciones, cuando la comida en casa nunca es suficiente y tienes que compartir un trozo pequeño con todos, o cuando, a menudo, te vas a la cama sintiendo que no has comido lo suficiente… Pero veía a las familias de los políticos que estaban en el poder, llevando un estilo de vida muy rico, y entendía que la corrupción que practicaban era, en parte, responsable de nuestras privaciones. Si creces en esa situación, desarrollas un fuerte resentimiento. Al mismo tiempo, me rebelo contra palabras como resentimiento u odio. Son emociones muy poderosas. Pero he de ser honesto y es así como me siento. Ningún niño debería ir a la cama con hambre.

 

Miembros de una comunidad vigilan la tala ilegal de bosques en Liberia. La imagen aparece en el documental Silas, sobre el trabajo del activista. Fotografía: Festival de cine HRW

Esa vida dura invita a muchos a encontrar una solución individual, mientras que usted busca la solución comunitaria.

Cuando me fijo en mis padres, incluso cuando no tenían lo suficiente, siempre se planteaban compartir con el resto de la comunidad. Aunque nos costara distribuir la poca comida que teníamos, encontrábamos algo para compartir con los vecinos a los que les costaba más que a nosotros. He sido afortunado. Por ejemplo, fui a Europa, a Irlanda, a cursar estudios de desarrollo. Y cuando volví a casa siempre tuve buenas oportunidades de encontrar trabajo. Pero hay algo que siempre recuerdo y que transmito a mis hijos: como individuo solo no puedes pasártelo bien… La felicidad tiene que ser compartida con la gente a tu alrededor. No puedes hacer una fiesta en tu casa solo con tu mujer y tus dos hijos. Eso no es una fiesta. Necesitas que tus vecinos vengan, compartir comida, algo de arroz, pasarlo bien y hablar de la familia, y de cómo vivís juntos en comunidad. Si no tienes gente feliz a tu alrededor, no creo que puedas ser verdaderamente feliz.

¿Fue el encuentro con Ellen ­Johnson-Sirleaf su momento culminante como activista?

Desde luego fue un momento importante. Estar sentado cerca de ella para decirle que entendía los retos que afrontaba como líder nacional y en el sistema político global, pero que no estaba de acuerdo con su manera de ayudar a nuestra sociedad…, por ejemplo, con la corrupción. Le dije que cuando se pilla a alguien robando dinero público no se le coloca en puestos relevantes, como si recibiera un premio, lo que transmite a los demás la imagen de que podrían hacer lo mismo sin pagar las consecuencias… Le dije: «Su idea de desarrollo es contraria a la mía; mi idea de desarrollo es que necesitamos un mejor sistema educativo para la gente joven, un mejor sistema de salud, necesitamos comida de calidad y suficiente para las familias, seguridad en el país…, cosas básicas. Eso es lo que deberíamos buscar para la sociedad, y no que haya gente cada vez más rica mientras otros viven en una pobreza abyecta». Estar sentado a su lado durante esa conversación, y hacer que se diera cuenta de lo que la gente ordinaria siente fue un gran momento. También me acuerdo de otros, como uno que sucedió después, el día en el que una empresa de aceite de palma tuvo en cuenta a la comunidad y les dijo que entendía que no quisieran su proyecto y que se iría y les dejaría tranquilos. Estar allí, simplemente mirando lo felices que estaban en la comunidad, fue una gran satisfacción.

 

La expresidenta de Liberia, Ellen Johnson-Sirleaf. Fotografía: Getty

¿Qué sensación tuvo estando delante de una presidenta a la que incomodaba?

Al principio estaba muy ilusionado, pero cuando llegué y la vi a ella sentada, con las banderas detrás, la realidad se impuso ante mí. Sentí la diferencia entre su lado de la mesa y el mío, mucho más vulnerable y en una posición de debilidad. Pero al escuchar que empezaba a tratar de justificar la corrupción, y a explicarme su aportación al desarrollo con cosas a las que me opongo totalmente, me llené de energía. Fue el detonante para decirle: «No, te equivocas, ese no es el camino por el que debe ir el país». Ya no recordaba que ella era la presidenta. Estaba hablando simplemente con una liberiana más sentada a la mesa.

¿Qué ha aprendido de su experiencia?

Ahora entiendo mejor la complejidad de los retos que afrontamos, no solo de los liberianos sino globalmente. Vivimos bajo el legado de un modelo económico antiguo que se centra en el crecimiento empresarial, y cuyo objetivo son los beneficios por encima de la mejora de las condiciones de vida de la gente normal. Creen que si hay gente más rica, los beneficios descenderán gota a gota hacia abajo. Eso no va a pasar, pero es el mundo en el que vivimos. Librar una batalla con ese sistema durante tanto tiempo me hizo darme cuenta de que hay que entenderlo mejor para afrontarlo. Hay que empezar desde la base y organizar a la gente para que esté junta y trabaje de manera que sea empoderante. Que entiendan que no hay que esperar a otros, sino que tenemos el poder de cambiar la situación. Ese es un gran paso. Y cuando se hace eso, no se hace en soledad, sino intentando dar la mano a otras comunidades que se enfrentan a los mismos problemas, para que se pueda construir una montaña desde abajo. Siempre que hablo de esto con amigos, alguno me dice: «Pero, como individuo, ¿qué es lo que puedo hacer?». Yo les digo que no se trata de que uno vaya a cambiar el mundo, sino de vivir de manera diferente y de que ese ejemplo anime a otros. La gente lo verá y gradualmente se difundirá.

 

Una plantación de de palma. Desde 2010, gran parte del bosque primario de Liberia ha desaparecido por la explotación de esta variedad. Fotografía: Getty

¿En qué tipo de proyectos está centrado actualmente?

En las últimas décadas he trabajado bastante, y de manera significativa, en tratar de cambiar las leyes y las políticas para que sean beneficiosas para la gente normal, y permitan a nuestra economía agraria desarrollarse; que la gente del sector informal pueda pasar al formal. Muchas de esas políticas ya tienen lugar. Por tanto, ahora que tenemos un marco legal como debe ser, ahora que tenemos las políticas adecuadas, hay que hacer que la comunidad se aproveche de los cambios. Por ejemplo, el Gobierno ha devuelto tierra a sus propietarios, así que lo que hago es organizar a los agricultores en coope­rativas para que trabajen juntos. Los ayudamos a organizar la producción, que accedan a los mercados y a los préstamos, y que establezcan su propio banco de desarrollo corporativo para que no dependan de los bancos principales, ya que estos tienen tasas de interés muy altas. Estoy centrado en eso. Valoro el trabajo de presión que siguen haciendo otros, pero ya he dicho que ahora quiero descansar de eso para centrarme en la gente a un nivel comunitario y aprovechar los cambios para que sean ellos mismos los que salgan de la pobreza.

El documental sobre usted acaba con su paso a la política activa.

Sí, llevaba muchos años en el otro lado y me convencí de que tenía que comprometerme más con el sistema político para tener una plataforma mayor desde la que proyectar mis ideas y sueños de mejora del país. Decidí presentarme a las elecciones para un puesto en el Parlamento, pero no lo conseguí. Sin embargo, me permitió entender la desesperación que tiene la gente por conseguir un buen liderazgo, y vi que la gente apreciaba mi intento. Perdí esas elecciones, en 2017, pero mi comunidad siguió acompañándome y pidiéndome que no abandonara esa lucha. Me animan diciéndome que llegaremos a más personas para alcanzar el Parlamento en 2023 y desde ahí podremos trabajar en algunos de los temas a los que me dedico.

¿Cómo juzga el primer año de presidencia de George Weah?

En 2017 había mucha ilusión porque venía de los barrios humildes y había llegado a ser el hombre más poderoso del país. Muchos lo ven como una inspiración y todos estamos viviendo esa especie de burbuja. Yo espero sinceramente que pueda controlar pronto las primeras señales de debilidad que hemos visto en su Gobierno. Hay algunas preocupantes, signos incipientes de corrupción, de intolerancia con la libertad de expresión, de represión contra los medios… Pero creo que aún tiene poca experiencia y que, quizá en estos años, entenderá que no debe enemistarse, sino acoger a aquellos que le aconsejan genuinamente cómo mejorar. Espero que aprenda eso en poco tiempo y que tenga éxito.

 

El actual presidente liberiano, George Weah. Fotografía: Getty

¿Qué es lo que le ilusiona ahora mismo?

Cuando voy a los pueblos en los que trabajo y escucho los testimonios de la gente sobre cómo aprecian el trabajo que hacemos con ellos, me siento muy bien. Tenemos una emisora de radio comunitaria y cuando, por la mañana, escucho a la gente hablando de los problemas que tienen en sus comunidades, y cómo exigen a sus líderes, me siento bien, porque es una base crítica que hay que construir. Si toda nuestra gente se compromete en estos debates y critica de manera constructiva a sus líderes, si les retan para que mejoren, estarán contribuyendo a que lo hagan mejor.

¿Qué siente por la naturaleza?

Tres décadas atrás, cuando estaba creciendo, nos relacionábamos de manera muy cercana con el entorno. Crecer así era beneficioso y creo que mis hijos ya no lo viven hoy en día. Eso me entristece. Nosotros salíamos al bosque, a los lagos y a los arroyos, tan claros como cristal transparente, y nadábamos allí, en un entorno salvaje. No estábamos restringidos a pequeñas piscinas de ciudad, sino que podíamos salir al bosque y bañarnos en un agua fresca. Era espectacular. Ibas al bosque, trepabas por los árboles y podías coger frutas salvajes y llevártelas a casa. Era una relación íntima con la naturaleza. Es una vergüenza que la mayor parte de esto esté desapareciendo. Me siento mal porque mis hijos no tendrán esa oportunidad y mis nietos no verán nunca lo que yo vi. Así que pienso en cómo trabajar con la comunidad para reducir nuestro impacto en la naturaleza. ¿Cómo mejorar nuestro bienestar sin impactar negativamente en el medioambiente? Espero que con el tiempo encontremos soluciones a estos retos del desarrollo.

¿Qué legado quiere dejar a sus ­hijos?

Espero, sinceramente, que desarrollen un aprecio por lo que es vivir. Me refiero a que no se necesitan todas esas cosas que las empresas nos arrojan para ser felices. Si se vive de manera austera, habrá suficiente para que las familias coman, para que los hijos vayan a escuelas buenas y para tener buenos servicios sanitarios. No vamos a llenar la casa de cosas compradas. Si pudiera dejarles el valor de que la austeridad es muy importante, tanto para nosotros como para nuestro planeta, moriré muy feliz.