Edjengui duerme. Los pigmeos bakas de Camerún, entre la tradición y el desarrollo

Por Chema Caballero

 

Los pigmeos bakas de Camerún están en la encrucijada. Discriminados y sometidos por el Estado, los pueblos vecinos y las multinacionales extractivas encuentran en la educación una vía segura para mantener su identidad.

 

Moïse Kwanbe y André Mikan avanzan rápidos y sigilosos por la selva. El primero porta un fusil que él mismo ha fabricado y cuatro cartuchos; el segundo un machete. Son las cinco de la tarde pero la vegetación casi no deja pasar la luz y una fuerte densidad cubre todo lo que les rodea. Observan las huellas e indican el camino a seguir. “Hay que escuchar a la naturaleza, esta siempre te guía hasta tu objetivo”, dice Moïse. Los dos hombres quieren cazar un mono y saben que deben esperar a que baje la luz un poco más para conseguirlo. “Antes bastaba con salir de casa al anochecer y enseguida los veías, ahora tenemos que caminar varias horas para divisar uno, cada vez es más difícil encontrar animales”, se lamentan los dos bakas que viven en el interior de la reserva de la biosfera del Dja, en el sur de Camerún.

Los bakas son pigmeos. Este término, que viene del griego y significa “de pequeño tamaño”, se usa para referirse a una serie de pueblos indígenas que viven en los bosques ecuatoriales africanos que se extienden por Camerún, Gabón, R. Centroafricana, R. D. de Congo, Ruanda y Uganda. Todos ellos se caracterizan por ser nómadas cazadores-recolectores y porque la selva juega un papel fundamental en su cultura, sus medios de subsistencia y su historia. Cada uno de ellos es distinto y tiene su propia lengua, tradiciones de caza o creencias. Tuas, akas, mbutis, bakas o bagyelis son algunos de estos pueblos.

Este término ha adquirido una connotación negativa últimamente. Aunque algunos grupos lo utilizan para referirse a ellos mismos, prefieren ser identificados como ‘los pueblos de la selva’, por la importancia que este entorno tiene en sus vidas.

 

 

Fotografía de Ginebra Peña
Fotografía de Ginebra Peña

 

 

Los pigmeos son los primeros pobladores de los bosques tropicales de África central y, como tal, merecen el reconocimiento de pueblo indígena según la Declaración de las Naciones Unidas sobre estos pueblos. Esto otorgaría una protección especial a su cultura y forma de vida, a sus territorios ancestrales y a los recursos naturales que en ellos se encuentran. Pero Camerún no concede tal estatus a los pigmeos, lo que conlleva una mayor violación de sus derechos fundamentales.

En ese país, los pueblos pigmeos tienen que convivir con los bantúes. Este término agrupa a más de 400 grupos étnicos que hablan lenguas bantúes y que viven al sur de una línea que va desde Duala (Camerún) hasta la desembocadura del río Yuba (Somalia). Cada pueblo tiene su propia cultura y lengua. En el caso de Camerún hay ewondos, búlus, fangs, mabis…

La cultura y modo de vida pigmeos son muy distintos a los de los bantúes, que son los que dominan la sociedad en el sur del Camerún.

 

Expulsados del paraíso

La supervivencia de los bakas depende del reconocimiento de sus derechos y de sus tierras tradicionales con los recursos que contienen. Sin embargo, han sido expulsados de ellas y obligados a asentarse junto a carreteras y caminos.

Las autoridades francesas que gobernaban el país durante los tiempos de la colonia, consideraron que los pigmeos se encontraban en un estadio muy primitivo de evolución y, por tanto, necesitaban políticas activas que les ayudasen a integrarse en la economía moderna, transformándoles en ciudadanos responsables y productivos para el país. Así es como empezaron a obligar a los bakas a salir de la jungla y a adoptar la agricultura.

Estos programas, que marcan el inicio de la salida forzada de los pigmeos de la selva, en un primer momento no tuvieron mucho éxito, ya que estos pueblos no se sentían atraídos por ese estilo de vida. Pero sí que dio pie a que algunos de ellos pudieran ser obligados por los bantúes a trabajar en sus plantaciones, en condiciones que podríamos catalogar como de esclavitud.

Este proceso se ha acentuado en las últimas décadas. El Gobierno de Camerún mantiene una línea similar a la de las autoridades coloniales respecto a los pueblos pigmeos. Postula que los habitantes de la selva deben integrarse en la sociedad camerunesa en igualdad de condiciones que los otros grupos étnicos que habitan en el país y contribuir a la economía y riqueza nacional como ellos hacen.

En el fondo, sigue subsistiendo la idea de que la forma de vida tradicional y la cultura de los pueblos pigmeos les impide ser personas válidas para el país, ya que no producen según las normas del sistema capitalista. Ellos solo cogen de la selva lo que necesitan para comer y curarse o intercambiar con los pueblos bantúes vecinos aquellas cosas que el bosque no les ofrece.

 

 

Fotografía de Ginebra Peña
Fotografía de Ginebra Peña

 

Pero hay una razón más profunda para la implementación de estas políticas: liberar a la selva de habitantes para poder explotarla.

 

La comercialización de los bosques tropicales

Las inmensas selvas que una vez cubrían todo el territorio en el que habitaban los pigmeos, desconocidas e impenetrables para el resto del mundo, están siendo usurpadas y entregadas a compañías internacionales madereras, mineras o agroindustriales, y el resto trasformadas en tierras de cultivo, principalmente para la población bantú, o en parques naturales donde los pigmeos no pueden cazar ni ejercer su forma tradicional de vida.

Esto ha traído consigo la construcción de carreteras y caminos para posibilitar el tránsito de los vehículos que transportan los troncos o los minerales. Así se favorece el fácil acceso a partes del bosque tropical que habían permanecido invioladas durante siglos y permite la llegada de nuevos pobladores que portan, con ellos, granjas o cultivos extensivos, o de cazadores furtivos que ponen en peligro de extinción a muchos de los animales que los pueblan. Todo esto aumenta la vulnerabilidad y acelera el deterioro de las selvas de Camerún y fuerza a sus habitantes a buscarse nuevas formas de vida.

Ahora, los bakas del sur de Camerún se enfrentan a un futuro incierto porque sus tierras tradicionales les han sido arrebatadas casi en su totalidad, principalmente para alojar a compañías internacionales que las explotan sin que los pigmeos saquen ningún beneficio o indemnización por ello.

De ahí que a cazadores como Moïse Kwanbe o André Mikan cada vez les resulte más difícil encontrar animales, o que a Thomas Meyong, uno de los últimos curanderos bakas, tenga que caminar hasta 15 kilómetros para encontrar las plantas necesarias para fabricar las medicinas que durante generaciones han curado a su gente.

 

 

Mujeres y niños de Mimbil / Fotografía de Chema Caballero
Mujeres y niños de Mimbil / Fotografía de Chema Caballero

 

¿A dónde ir?

Cuando los pigmeos tuvieron que abandonar su hábitat natural se asentaron junto a los pueblos bantúes con los que tenían contacto, con aquellos con los que intercambiaban productos. Estos les ofrecieron las tierras donde hoy se encuentran sus nuevas aldeas junto a las carreteras. De ahí que en la actualidad la mayoría de las aldeas bantúes tenga adosada una pigmea que lleva el mismo nombre.

Los bantúes no consideran a los bakas como personas auténticas: los ven como animales que pueden poseer, como una propiedad que utilizan para hacer los trabajos más pesados y, normalmente, se refieren a ellos como ‘mis pigmeos’.

Étienne Mafe Sala, jefe bantú de Mimbil, en plena reserva del Dja, comenta que “en los viejos y buenos tiempos, los pigmeos eran propiedad de mi abuelo, pero ahora el desarrollo nos ha quitado que sigan siendo nuestra propiedad. Ahora las cosas han cambiado y son libres”.

Pero la realidad es muy distinta, no son libres, son considerados como menos desarrollados o evolucionados que los bantúes, lo cual los hace víctimas de todo tipo de violaciones de derechos.

Jean Pierre Bessala, un baka del mismo pueblo, lo sabe muy bien. Sentado junto a la puerta de su mongulu (la casa tradicional de palos y hojas con forma de iglú) ­mientras anochece, comenta que “la relación con los bantúes es muy mala. Si no trabajamos en sus campos cuando nos obligan, nos azotan, e incluso nos encarcelan o golpean. Nos obligan a hacer trabajos para ellos teniendo que dejar los nuestros. Y si no vamos, nos azotan con un cable”. Su vecino Francis Libendji, grita: “¡Eso se llama tortura!”, y un coro de voces se anima en la oscuridad y le da la razón.

Esclavizados y obligados a trabajar forzosamente en las granjas de sus vecinos, discriminados y vejados en las escuelas o centros de salud, sin tierras donde cazar o plantar, sin las herramientas que les permitan sobrevivir en la nueva sociedad en la que se han visto forzados a integrarse, los bakas han perdido su orgullo y se han sumido en la depresión y el abandono, lo que les hace abusar del alcohol y las drogas, algo que no conocían cuando vivían en la selva.

 

 

Fotografía de Xavi G. Rodrigo
Fotografía de Xavi G. Rodrigo

 

 

Echando mano de la tradición baka podríamos describir esta situación diciendo que Edjengui –el espíritu de la selva, común a todos estos pueblos, que siempre les ha protegido y otorgado todo lo que necesitan para vivir– se ha dormido.

No es la primera vez que esto sucede, le pasa de vez en cuando y es entonces cuando la caza es mala o suceden desgracias. En esas ocasiones los bakas cantan y bailan para despertarle y todo vuelve a ser como siempre y Edjengui sigue cuidando de los suyos.

Sin embargo, ahora parece que el espíritu ha caído en un sueño muy profundo del que resulta muy difícil –o imposible– sacarle. ¿Quién será capaz de batir los tambores y liderar la danza que le despabile? ­Posiblemente los jóvenes que tienen acceso a la educación sean los únicos que puedan componer la melodía que despierte a Edjengui del sueño de una vez por todas.

 

Del victimismo al activismo

Armando Faya, un baka de Ndjibot, dice que “antes éramos propiedad de los bantúes, pero ese tiempo ya se ha terminado. Nosotros somos los jóvenes que hemos empezado a estudiar y conocemos nuestros derechos, por eso si alguien me hace algo le llevo a los tribunales”. ­Romeo Ekouanone, otro joven de 21 años, habla en términos similares: “Cuando fui a la escuela me mezclé con los bantúes y me di cuenta de que los bakas necesitábamos madurar mucho hasta considerarnos iguales. Ahora puedo enfrentarme a ellos y discutir cuando quieren aprovecharse de mí”.

Son estos jóvenes que estudian los que están haciendo posible que las cosas empiecen a cambiar. Ellos están intentando salir de la eterna condición de víctimas y por eso están asumiendo el liderazgo en la lucha por sus derechos, al mismo tiempo que buscan el lugar que le corresponde a su pueblo en la historia.

 

 

En la escuela de Mintom / Fotografía de Chema Caballero
En la escuela de Mintom / Fotografía de Chema Caballero

 

Juliéne Meyina una de las pocas chicas bakas que ha estudiado y que ahora trabaja como agente de salud de Mintom, se pregunta: “¿Qué va a pasar con los bakas? ¿Vamos a tener que mezclarnos con los bantúes, tener que depender de ellos siempre?”.

Estas dudas la han llevado a hablar con otros jóvenes de la zona para ver qué pueden hacer. Por ahora, “lo que tenemos claro –comenta– es que hay que hacer una asociación baka para ver cómo gestionar nosotros mismos los programas que nos conciernen. Somos nosotros los que sabemos lo que mejor nos conviene y, por eso, nadie mejor que nosotros para hacer ese trabajo. Luego, colaboraremos con otras asociaciones, pero desde los programas que nosotros pensemos que son mejores para nosotros”. Su amigo Pierre Bamtolo añade que lo verdade­ramente urgente es “conseguir que la educación sea accesible a todos los bakas. También defender nuestra cultura y nuestros derechos”.

 

Un buen trabajo

Detrás de estos jóvenes está la ONG Zerca y Lejos –que ha editado el libro Edjengui se ha dormido. Del victimismo al activismo de los pigmeos bakas de Camerún, del autor de este reportaje, que se presentará el próximo mes de octubre–, la cual lleva más de 15 años facilitando el acceso a la educación y a la salud de los bakas. Es gracias a este trabajo que cada vez más niñas y niños de este grupo están escolarizados.

No cabe duda de que la educación facilita el desarrollo de la conciencia crítica que está llevando a los bakas a asociarse, luchar por sus derechos y a ser protagonistas de su propia historia por primera vez en sus vidas.

 

 

[Entrevista a Chema Caballero. Por Javier Fariñas Martín y Javier Sánchez Salcedo]