El estigma social, el otro virus

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La rápida respuesta preventiva, una población más joven y la baja incidencia de enfermedades cardiovasculares, obesidad y diabetes podrían estar entre las razones por las que en África la propagación del coronavirus está siendo más lenta y las tasas de mortalidad sustancialmente más bajas que en otros continentes.  

Mientras la curva de la pandemia se aplana, los países africanos se preparan para un posible resurgimiento. La OMS y el Centro Africano para el Control y la Prevención de Enfermedades han puesto en marcha una red de 12 laboratorios regionales especializados que, además de rastrear la evolución de la pandemia, evaluarán la posible mutación del virus. «A través de esta nueva red de laboratorios podemos desarrollar mejores vacunas y tratamientos que se adapten a los africanos y controlar la COVID-19», explicaba a la agencia turca Anadolu el director regional de la OMS para África, -Matshidiso Moeti.

En  Sierra Leona,  al personal sanitario le preocupa el efecto que las medidas restrictivas y la información sobre el virus pueden provocar. Muchos pacientes tienen miedo de acudir a dispensarios y hospitales y prefieren buscar tratamientos alternativos. En un país con una de las mayores tasas de mortalidad materna del mundo, la preocupación recae -especialmente sobre las embarazadas y los menores de cinco años. Las muertes por paludismo también podrían duplicarse, y medidas como el cierre de fronteras o la suspensión de vuelos dificultan el suministro de medicamentos, como los antirretrovirales para el tratamiento del sida. 

 Kenia  participará en los ensayos clínicos finales de la vacuna que AstraZeneca está desarrollando en la Universidad de Oxford. Será el segundo país africano implicado, junto a  Sudáfrica,  que ha inscrito a más de 1.000 participantes. Al menos 400 trabajadores de la salud kenianos formarán parte de los ensayos en Mombasa y Kilifi, puntos calientes de la pandemia. 

El Gobierno de  Madagascar  insiste en la efectividad de la artemisa. La planta, usada en la medicina tradicional china para tratar diversas enfermedades, está siendo empleada en una bebida para combatir la -COVID-19 y se ha empezado a producir en cápsulas y en una solución inyectable. Aunque para la OMS aún no hay evidencias de su efectividad, laboratorios alemanes, daneses, chinos y sudafricanos están realizando pruebas, aún sin resultados concluyentes. 

En otros ámbitos, la sociedad africana va recuperando cierta normalidad.  Sudán del Sur  ha vuelto a abrir las escuelas y las universidades después de seis meses gracias a una significativa reducción de infecciones. En  Zambia,  además, se permite la actividad en los bares, manteniendo la distancia social y la higiene de manos.  

Aunque las infecciones y la mortalidad son menores, la pandemia provoca otros efectos colaterales menos medibles, como el estigma que sufren personas contagiadas o familiares de víctimas. «Nuestros vecinos se han vuelto contra nosotros. Tienen miedo a morir y nos han dejado solos», lamentaba a Mail & Guardian un residente en Kibera, un barrio periférico de Nairobi (Kenia), que había perdido a su madre. 

Fotografía superior: Personal sanitario en Madagascar. Foto: World Bank Photo Collection / Henitsoa Rafalia (Creative Commons)


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