El oasis africano para los refugiados se llama Uganda

El país representa un modelo internacional de acogida

 

Por Sebastián Ruiz-Cabrera

 

Las leyes de inmigración europeas prometían días luminosos. Pero la nube se cernió sobre Calais (Francia) a finales de octubre de 2016 para desenmascarar las verdaderas políticas tras las bambalinas diplomáticas entre Francia y Reino Unido. Corazones inertes. Los medios hablaban de jungla en un claro intento de apuntalar una narrativa: la de que los cerca de 7.000 inmigrantes de múltiples nacionalidades que esperaban a que la desesperanza les diera una tregua, eran salvajes. Y por eso había que talar la vegetación y fumigar con leyes insensibles a las personas que se habían ido congregando desde hacía 17 años en el norte del país galo. Soluciones cortoplacistas para causas estructurales.

Calais se había convertido en un símbolo de los fracasos de las políticas de Europa hacia los solicitantes de asilo y otros migrantes. De hecho, en la mayoría del mundo, los refugiados tienen pocos derechos y son representados como hostiles para la población local. Turquía (2.992.567 refugiados en abril de este año) y Líbano (1.011.366 refugiados a 31 de diciembre de 2016) son los anfitriones mundiales de unas cifras descabelladas de población que huye de la guerra o de condiciones de vida muy deterioradas y que se enfrentan a severas restricciones al empleo, la educación y la sanidad.

En el tablero africano, Kenia y Etiopía se encuentran entre los países con esta problemática que más desafíos políticos –y sobre todo económicos– tienen. Por un lado, el presidente keniano, Uhuru Kenyatta, ha amenazado en repetidas ocasiones con cerrar Dadaab, el que se dice que es el campo de refugiados más grande del mundo, con una población aproximada de 300.000 personas. Por otro lado, a mediados de mayo tenía lugar en Adís Abeba, la capital etíope, una misión operativa conjunta de la Cáritas Italiana y de la Comunidad de San Egidio para abrir el primer corredor humanitario de África, como compromiso del protocolo firmado en Roma el 12 de enero de 2017.

Sin embargo, en este contexto global de incertidumbre, Uganda destaca. ¿Por qué? Su política de refugiados ha sido elogiada como una de las más generosas del mundo por organizaciones internacionales como el Banco Mundial (BM), el Refugee Studies Centre de Oxford (RSC), o el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Las últimas cifras del país –que en febrero de 2016 celebraba elecciones en las que Yoweri Museveni revalidaba el poder tras 30 años como jefe de Estado– señalan que es el hogar de más de 1,2 millones de refugiados de países vecinos como República Democrática de Congo, Burundi y Sudán del Sur, según un comunicado de ACNUR de abril de 2017.

Sam K. Kutesa, ministro de Asuntos Exteriores ugandés
El ministro de Asuntos Exteriores ugandés, Sam K. Kutesa, en un encuentro con la prensa en la ONU para explicar la política del país con los refugiados / Fotografía: UN Photo – Rick Bajornas

Uganda es a menudo anunciada como un oasis para los refugiados debido a medidas de asilo implementadas por el Gobierno como la Refugee Asylum Policy. Por ejemplo, la ley (Refugee Act, de 2006) o las regulaciones adoptadas (Refugee Regulations, en 2010) proporcionan un marco legal que les permiten el derecho a trabajar y la libertad de movimiento (sujeto a algunas restricciones), mientras que el modelo de reasentamiento (Refugee Settlement Model) permite a los refugiados vivir en nuevos espacios (no en los campamentos), otorgándoles acceso a tierras agrícolas para la producción de alimentos.

 

Enfoque made in Africa

El modelo ugandés es un desafío evidente a algunas proclamas políticas desde los principales países europeos, donde partidos de extrema derecha se oponen a la teoría de que la llegada de refugiados podría reportar ganancias. La propia ONU instaba a los europeos a votar “con humanidad” en las elecciones generales francesas (mayo 2017) y con seguridad insistirá en esta línea para los comicios alemanes previstos para el próximo 24 de septiembre.

Como contrapartida, en este país del oriente africano, con una población de unos 40 millones de personas, los refugiados pueden votar y presentarse a las elecciones locales; tienen garantizados algunos derechos vinculados a la propiedad, como poseer bienes (automóviles y maquinaria) e inmuebles; y se les concede una parcela de tierra para cultivar, además del derecho a alquilarla o comenzar negocios por cuenta propia. Una fotografía que contrasta con Kenia, donde los refugiados a los que se les ha concedido asilo no pueden trabajar sin pagar tarifas costosas para los permisos reglamentarios.

El enfoque de Uganda tiene numerosos beneficios. La agricultura, la gestión de negocios y el comercio con los residentes locales desalienta la dependencia: actualmente solo el uno por ciento de los refugiados en el país dependen totalmente de la ayuda internacional. ¿Y qué significa la libertad de movimiento? Pues que no son literalmente almacenados por períodos indefinidos con dos platos de comida al día, sino que tienen un considerable grado de dignidad e independencia. Además, las comunidades de acogida también se benefician: comercio e incluso matrimonios mixtos, según algunos informes de carácter sociológico.

Pero también hay incertidumbres. Diez meses después de que el nuevo brote de violencia estallara en Sudán del Sur, una hambruna producida por la combinación viciosa de la lucha y la sequía está dirigiendo esta crisis de refugiados a convertirse en la de más rápido crecimiento del mundo. Y ningún país vecino es inmune a ella. La tasa de nuevos desplazamientos que proceden del país más joven del mundo es alarmante, lo que representa una carga imposible en una región ya de por sí empobrecida. Casi la mitad de los sursudaneses que huyen han cruzado a Uganda donde, en el norte del país, la situación es crítica. En marzo, el pico de personas en un solo día fue de más 5.000; el promedio diario actual de 2.800 personas. Esta situación demuestra el compromiso adoptado por Uganda (también de Somalia y Tanzania) de adherirse a la Comprehensive Refugee Response Framework (CRRF) firmada en diciembre de 2016 en Nueva York; un nuevo modelo más integrador para acoger a los refugiados.

El ejemplo ugandés podría ser referente en contextos como el europeo, aunque bien es cierto que la tasa de desempleo ugandesa es relativamente baja para la región, y permitir a los refugiados entrar en el mercado laboral puede ser más complicado en otros países, especialmente en aquellos en los que el ­desempleo juvenil es alto. Sin embargo, África vuelve a aportar soluciones para muchos de los problemas que existen en la vieja Europa.