El sinsentido de la guerra

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El Museo Africano MUNDO NEGRO, de los Misioneros Combonianos, acogió el pasado 16 de junio la charla-coloquio «Crisis Humanitaria en Tigray: claves para entender el conflicto etíope», organizada por la ONG española Holystic ProÁfrica y moderada por el periodista Juan Calleja. Fue un encuentro pleno de humanidad en el que cuatro protagonistas testimoniaron sobre el sinsentido de la guerra en esta región de Etiopía.

Nadie lo vio venir. ¿Quién podía imaginar que el Premio Nobel de la Paz en 2019 iba a organizar una guerra? El primer ministro etíope, Abiy Ahmed, había llegado conciliador al poder, y todos alabaron su capacidad para poner fin al conflicto fronterizo con Eritrea. Sin embargo, a principios de noviembre de 2020, acusó al Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF, por sus siglas inglesas) de haber atacado una base del Ejército Federal y anunció una intervención armada de la tropas federales en esta región del noroeste de Etiopía. Las tropas de la vecina Eritrea apoyaron también esta intervención, por lo que algunos sospechan que la reconciliación de Ahmed con los eritreos buscaba solo una alianza contra los tigrinos. La madrugada del 4 de noviembre comenzaron los ataques y ocho meses después 5,2 millones de personas, más del 90% de la población de Tigray, viven en situación de extrema necesidad y el riesgo de hambruna es muy elevado. Los agricultores no pudieron sembrar este año y no habrá próxima cosecha.

«Es muy importante que la gente conozca lo que está pasando en Tigray. Es muy duro. Nos apena mucho que un drama humano tan bestial como el que está ocurriendo en Etiopía se silencie y no preocupe a nadie en Occidente», fueron las primeras palabras de Pablo Llanes, fundador de la ONG Holystic ProÁfrica, que promueve en Etiopía diferentes programas para ayudar a niños con discapacidad.

Llanes llegó por primera vez a Etiopía hace 12 años. En la misión de Wukro conoció al P. Ángel Olaran e hicieron una buena amistad. Su experiencia personal de tener un hijo con discapacidad llevó a Pablo a interesarse por los niños y niñas con parálisis cerebral y otros tipos de discapacidades, y poco a poco fue desarrollando diversos proyectos: formación para matronas, escuelas deportivas, formación de fisioterapeutas, etc. Todo funcionaba con normalidad hasta que, de repente, estalló esta guerra  «que ninguno nos olíamos. Es como un “no me lo creo”. Se estaban haciendo progresos enormes con los niños y niñas y, de golpe, todo se vino abajo. Antes enviábamos ayudas para la formación, llevábamos prótesis y sillas de ruedas, ahora las ayudas pasan por llevar comida».

Su amigo Ángel dejó Etiopía para operarse de la vista el 28 de octubre de 2020, con la esperanza de regresar lo antes posible. Pero el miércoles siguiente a su partida, la guerra estalló. Todavía está en España esperando una ocasión para regresar. «Desde que me levanto hasta que me acuesto mi vida está en función de lo que ocurre en Tigray», dice Ángel. Llegó por primera vez a aquella tierra en 1993 y poco a poco fue conociendo a la gente, la lengua, las costumbres y haciendo montones de amigos; las personas «me fueron abriendo las puertas hasta que fuimos parte del entorno». Desde la misión Saint Mary, de los Misioneros de África (Padre Blancos) en Wukro, el P. Ángel ha puesto en marcha numerosos proyectos a favor de los huérfanos, de los hospitales o de las escuelas locales, siempre en colaboración con las administraciones locales. Todo se ha derrumbado ahora.

Algo similar le ha ocurrido a Maider Arostegi, que llegó ilusionada a Wukro en febrero de 2020 para crear un aula de atención y desarrollo para niños con discapacidad intelectual en Saint Mary. El 28 de octubre se despidió de Ángel y siguió pintando flores y un bello arcoíris en los muros del aula que debería haber acogido a los niños y niñas con discapacidad, pero el 4 de noviembre le cambió la vida. «A la una de la madrugada nos despertamos escuchando tiros y explosiones. No entendía nada. Miré el teléfono y vi que no tenía conexión. Me dijeron que los militares del Tigray consiguieron detener a los etíopes, pero los bombardeos continuaron durante los siguientes días». Estuvo 11 días encerrada en la misión por la que pasaron los eritreos y se llevaron los cuatro coches de que disponían. «Cuando salí a la calle me quedé flipada. Los eritreos saquearon y destrozaron la ciudad. No había nadie en la calle, todo el mundo había huido al monte». En enero de 2021 regresó a España. «Yo tuve la suerte de escapar, pero fue muy duro tener que salir de allí. Es como que les fallas… En este momento es la ciudad sin ley». Maider sigue pensando en Wukro y está convencida de que el proyecto que la llevó hasta allí saldrá adelante y, al igual que Ángel ,sueña con regresar lo antes posible.

El último de los intervinientes en la charla-coloquio fue Tommaso Santo, coordinador de emergencias de Médicos Sin Fronteras en Tigray, que habló de las terribles consecuencias humanitarias y médicas del conflicto. Desde su perspectiva global de la situación, se ve claro el sinsentido de la guerra, de cualquier guerra, que jamás puede tener una justificación.

Durante las primeras semanas, casi un millón de personas fueron obligadas a desplazarse, instalándose en las periferias de la ciudades. El 80% de las estructuras sanitarias dejaron de estar funcionales porque fueron saqueadas o destruidas. Otras instalaciones sanitarias fueron ocupadas por militares, que también confiscaron las ambulancias. De hecho, las más de 300 ambulancias que circulaban en Tigray han quedado reducidas a una treintena.

Esto está teniendo un impacto brutal sobre la salud pública: las personas con enfermedades crónicas no tienen acceso a los medicamentos ni al tratamiento; las madres están obligadas a dar a luz sin las condiciones adecuadas y está aumentando la mortalidad infantil y materna; están aumentando los casos de enfermedades mentales, también la violencia sexual y los casos de enfermedades como el sarampión, porque se está dejando de vacunar a los niños. Un desastre, y todo esto ocurre en una región, Tigray, que, como afirma Tommaso, «tenía uno de los mejores sistemas sanitarios de Etiopía, y casi de África». Donde pasa la guerra nada se sostiene.

Ahora, y ese fue uno de los mensajes centrales de todos los intervinientes, es necesario no dar la espalda a todos estos hermanos y hermanas nuestros que están sufriendo en Tigray y ayudar como se pueda, algo en lo que son especialistas los propios tigrinos. El P. Olaran destaca que «si llega una veintena de personas desplazadas a una escuelita o centro que ya está lleno, nadie les va a poner mala cara, sino que les acogen con cariño, y esto me parece a mí de una calidad humana enorme. La guerra está mostrando lo peor de las personas, pero también lo mejor. En todas las casas hay escasez, y lo increíble es que con esa escasez están apoyando a los demás. La pobreza abre las puertas, la riqueza las cierra».

Se puede ver el video completo de la charla-coloquio aquí:



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