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Por Jaume Portell Caño
En menos de seis semanas, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, defendió todas las posiciones posibles respecto a Irán, rival de Washington desde la llegada del régimen de los ayatolás al poder en 1979. Aliado con Israel, Estados Unidos atacó a Irán a finales de febrero con el objetivo de buscar un «cambio de régimen», y pocas horas después liquidó al ayatolá Alí Jameneí. A partir de entonces, la cuestión se complicó. Los ciudadanos iraníes no salieron a la calle, el régimen no cayó como un castillo de naipes, la Bolsa estadounidense se desplomó y el mandatario norteamericano empezó a impacientarse. Ha pasado de decir que la misión estaba casi acabada porque ya había cumplido sus objetivos a amenazar con liquidar toda la civilización persa en una noche. Ha ido imponiendo ultimátums temporales que se han saldado con anuncios in extremis de negociación que se han roto al cabo de unas horas. Su posición política en cada momento se ha podido seguir a través de los mensajes breves que iba publicando en su red social favorita, Truth Social. En el momento de la redacción de este artículo, el estrecho de Ormuz sigue cerrado pese a que 48 horas antes se había anunciado su apertura. La Bolsa estadounidense, gracias a estas últimas declaraciones, se disparó y recuperó todo el terreno perdido durante 2026. Otros daños serán más difíciles de revertir, y es en este último apunte donde el continente africano se posiciona como uno de los grandes perdedores de la crisis en Oriente Próximo.
Por el estrecho de Ormuz pasan alrededor de 20 millones de barriles de petróleo diarios. Su cierre implicó que una parte de la producción de países como Irak, Arabia Saudí o Kuwait quedara bloqueada. Sin alternativas para ponerla en circulación, la estimación de una caída de la oferta se saldó con un aumento de precios considerable: antes del ataque a Irán rondaba los 65 dólares por barril y el 6 de abril se había disparado hasta los 110 dólares: una buena noticia para los exportadores de petróleo africanos como Nigeria, Angola, Libia o Guinea Ecuatorial, que pueden vender su principal fuente de ingresos por exportación a un precio más elevado.
Se trata de una victoria parcial, según Mohammed Sheriff, especialista en cadenas de valor nigeriano: «Este Gobierno y el anterior han pedido prestado utilizando el petróleo como activo. Por ejemplo, pides 2 000 millones de dólares y dices que los pagarás con una cantidad determinada de barriles de petróleo. Estás ligando esa futura producción al pago de estos préstamos, y en algunos casos vas a acabar pagando mucho más de los 2 000 millones de dólares iniciales». Según Reuters, un tercio de la producción de petróleo nigeriana ya está comprometida para pagar préstamos anteriores. De esta manera, si Nigeria quiere acceder a petróleo para refinar gasolina, en lugar de utilizar su propio crudo, debe comprarlo en el mercado internacional –a los actuales precios de mercado–. Una parte de las ganancias por las ventas se pierden a través de este movimiento. La refinería propiedad de Aliko Dangote es una de las buenas noticias para la autosuficiencia energética del continente. Tiene capacidad para producir 650 000 barriles diarios de productos derivados del petróleo, pero para funcionar debe comprar petróleo a Estados Unidos. Con todo, Sheriff destaca que aunque el precio ha aumentado más de un 50 %, los nigerianos no tienen escasez de gasolina, a diferencia de otros países del continente.

Desde la Revolución Verde, la conexión entre los combustibles fósiles y la agricultura es total: una subida del precio del petróleo y del gas implica que los fertilizantes sigan el mismo ritmo. El conflicto en Irán ha limitado las exportaciones de gas de Catar –uno de los tres grandes productores globales de gas natural licuado- y bloqueado las salidas de urea y amonio. Estas exportaciones son claves para los mercados más allá de Estados Unidos y Europa occidental, según recordaba en el Financial Times Adam Hanieh, director del Middle East Institute de la SOAS (School of Oriental and African Studies) de Londres: «En 2024, Arabia Saudí, Omán y Catar fueron los proveedores de tres cuartos de las importaciones de amonio de India y del 30 % de las de Marruecos», señalaba Hanieh. Su artículo llevaba un título revelador: «La próxima crisis alimentaria global».
Aunque los precios del arroz están bajos y hay existencias suficientes para cubrir la demanda global, el problema del fertilizante –cuyo coste no para de subir– ha golpeado a millones de campesinos. Por ese motivo, campesinos desde la India hasta Tailandia deben decidir pronto si van a plantar arroz o van a dedicar sus tierras a otro producto. O van a plantar arroz sin fertilizante y, entonces, su cosecha será inferior. El mundo produce 540 millones de toneladas de arroz al año, pero apenas un 11 % circula en el mercado global, en el que deben abastecerse los países que dependen de las importaciones. Los países satisfacen primero sus necesidades y, en caso de tener excedentes, los venden al exterior. Es en este contexto donde los principales importadores de arroz –muchos de ellos en África occidental– deberán competir para conseguir alimentar a sus poblaciones, predeciblemente a un precio más alto. Gambia, Níger, Burkina Faso, Costa de Marfil, Senegal o Liberia son algunos de los países que viven pendientes de las cosechas de arroz a miles de kilómetros de sus territorios. En todos los casos, como mínimo un 60 % de su consumo de arroz procede de esas importaciones, una cifra que se dispara hasta el 70 % en el caso de Níger y Burkina Faso y rebasa el 90 % en Gambia.
La escasez de fertilizante también golpea a Sudán, en plena guerra civil, que depende en más de un 50 % de los fertilizantes llegados desde Oriente Próximo. Kenia, Mozambique, Somalia o Tanzania son otros países que tendrán dificultades para seguir produciendo comida al ritmo que necesitan. Según el Programa Mundial de Alimentos, 45 millones de personas caerán en las filas de los hambrientos como resultado de esta guerra, y dos tercios de estos estarán en África. Para resolver sus problemas, hará falta algo más que un mensaje en Truth Social.
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