«Hemos fracasado colectivamente»

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El cardenal Fridolin Ambongo, arzobispo de Kinshasa, ha puesto voz al sentir de millones de congoleños. Lo ha hecho en una celebración que ha presidido con motivo de los 60 años de la independencia del país. Su homilía es un reflejo más del posicionamiento de la Iglesia a favor de la justicia social y frente a las arbitrariedades del poder.

Cinco días después de que se declarara de forma oficial el fin de la epidemia de ébola en el este, una de las mejores noticias que ha recibido el país en las últimas semanas, República Democrática de Congo (RDC) celebró sus 60 años de independencia sin actos oficiales, sin desfiles y en medio de una triple crisis política, social y de seguridad.

El cardenal Fridolin Ambongo, arzobispo de Kinshasa, fiel al servicio profético que él mismo se impuso cuando el papa Francisco lo creó cardenal el 5 de octubre de 2019, no dejó pasar el aniversario de la independencia para expresar en voz alta lo que muchos congoleños piensan.

Después de recordar que la independencia de RDC fue el fruto «de tantos sacrificios y de tanta sangre derramada por los valientes hijos e hijas del Congo», el cardenal hizo autocrítica sobre la manera en la que los propios congoleños entendieron este evento: «Fue una independencia más soñada que madurada. Mientras que en otros lugares reflexionaron sobre el sentido de la independencia y prepararon a las personas para asumir sus consecuencias, nosotros en Congo soñamos la independencia con emoción, con pasión, con irracionalidad, hasta el punto de que en ese momento no sabíamos lo que nos esperaba al día siguiente…. Soñar con la independencia significaba para los congoleños de la época… ocupar los puestos de los blancos, sentarse en los asientos de los blancos, disfrutar de las ventajas que estaban reservadas a los blancos y no a la población autóctona. Lograr la independencia significó para muchos, el fin del trabajo forzoso. Pero, más allá del trabajo forzoso, la independencia se entendía como el fin de todo trabajo que exigiera mancharse las manos. “Cuando llegue la independencia, ya no trabajaremos la tierra, todos seremos jefes”».


Manifestación por la paz en Isiro. Fotografía: Archivo Mundo Negro




Esta manera ilusoria de comprender la independencia ha condicionado, según el cardenal Ambongo, a los dirigentes del país: «El ejercicio de la autoridad en Congo se ha comprendido como una ocasión para disfrutar. Se llega al poder para disfrutar, no para prestar servicio a aquellos que están bajo mi responsabilidad, sino para disfrutar como hacía el hombre blanco. Mientras que este último, cuando estaba sentado en esta silla, no solo disfrutaba: trabajaba y comprendía el sentido de su trabajo. Nosotros, por el contrario, hemos dejado de lado el servicio que se presta a los otros y hemos enfatizado la noción del disfrute».

En estos últimos 60 años, añadió el arzobispo de Kinshasa, «hemos conocido la sucesión de regímenes autocráticos que llegan al poder como los colonos, sin ninguna preocupación por la voluntad del pueblo, y esto continúa hasta hoy: por la fuerza, las guerras o por la astucia y el fraude, instalando un sistema egoísta en la gestión de los asuntos públicos en lugar de promover el bienestar común del pueblo congoleño, a quien se piensa que no se deben rendir cuentas porque no se ha llegado al poder gracias a él».

Situación actual

Con ocasión de estas seis décadas de independencia, el cardenal Fridolin hizo un balance desastroso de la situación actual del país. «El pueblo congoleño continúa empobrecido hasta el punto de estar clasificado entre los pueblos más miserables de la Tierra. La inviolabilidad de su territorio realmente no está garantizada y el proyecto de balcanización del país está siempre presente». Tampoco olvidó la situación de «inseguridad organizada» en Ituri; la presencia activa en Beni-Butembo de los rebeldes del ADF-NALU, sin que se pueda explicar cómo «todo un ejército, como el de RDC, es incapaz de desalojar a algunos individuos que están en los bosques de Beni»; o la situación de Minembwe, en la diócesis de Uvira (Kivu Sur), «donde los ejércitos de los países vecinos –Ruanda y Burundi– vienen a enfrentarse en nuestro suelo». En este sentido, el cardenal recordó que los nueve países con los que limita RDC «están presentes entre nosotros ya sea a través de sus ejércitos o con sus migrantes. Sabemos que detrás de los inmigrantes se esconde la política de ocupación de nuestro país. Es el caso del norte, con los refugiados venidos de República Centroafricana y los pastores mbororo. En cuanto al expolio de los recursos naturales, tiene lugar a plena luz del día, con la complicidad de ciertos congoleños, sin que la población pueda realmente beneficiarse de ello». Aunque la cultura de la impunidad por parte de los poderosos es una constante en el país, el prelado congoleño recordó que «algunas cosas están empezando a cambiar». Sin embargo, también advirtió de los intentos de la mayoría parlamentaria de controlar la Comisión Electoral Nacional Independiente (CENI) y el Poder Judicial: «Estas son prácticas que nunca se pueden tolerar porque sabemos que de estas dos instituciones depende la independencia del pueblo y sus principios están consagrados en el Estado de derecho. Para hablar de Estado de derecho es imprescindible la independencia del órgano que organiza las elecciones y la independencia del Poder Judicial».


Intervención de emergencia en Miniova y Kalungu (Kivu del Sur) / Fotografía: Médicos Sin Fronteras



Fracaso de la coalición CACH-FCC

En este sentido, el cardenal criticó sin paliativos a la coalición en el poder desde hace un año, formada por la coalición Cap por el Cambio (CACH) del presidente Félix Tshisekedi, y la plataforma política Frente Común por el Congo (FCC) del expresidente Joseph Kabila. «Esta coalición sabe muy bien cómo ha pisoteado la voluntad del pueblo para llegar hasta allí. La coalición lo sabe. Ahora, sus miembros lo dicen». Se refería el cardenal al fraude de más de seis millones de votos que llevó a la presidencia a Tshisekedi en detrimento de Martin Fayulu. «A pesar de todo», añadía el cardenal, «la gente se resignó y aceptó los hechos consumados… Lamentablemente, la constatación está ahí. No existe una coalición de gobierno, excepto en el nombre. En ambos lados hay desencanto, y el corazón ya no está en el trabajo. En lugar de trabajar juntos en torno a un programa común de gobierno, ya no confían entre sí. Han desarrollado una peligrosa relación de rivalidad que corre el riesgo de llevar a todo el país al caos final».

Para el cardenal Ambongo «la coalición gobernante ha perdido su razón de ser» y debería desaparecer. «Es responsabilidad de quienes se han unido, el presidente y el presidente saliente, romper esta coalición que condiciona el desarrollo de nuestro país. Mientras esta coalición esté ahí, no hay nada que esperar de nuestros líderes. Esto es inaceptable».

La contundente homilía del arzobispo de Kinshasa concluyó con una elevada dosis de pesimismo: «Hemos fracasado vergonzosamente. No hemos sido capaces de hacer de Congo un país más bello que antes. No hemos ayudado al pueblo a alzar la cabeza, que hoy está más baja que nunca. En definitiva, hemos fallado colectivamente». Y a la pregunta sobre qué hacer ahora, Fridolin Ambongo hizo un llamamiento a la responsabilidad colectiva: «No es la clase política la que ayudará al país a salir de la zozobra… Es el pueblo mismo el que debe hacerlo».

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