José Palazón: «Tienen todas las razones del mundo para venir»

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«Cuando llegué a Melilla encontré unas diferencias sociales tremendas. Había mucha gente nacida aquí a la que se consideraba extranjera.  Y esto sigue ocurriendo. Hace más de 20 años creamos la asociación PRODEIN y, desde entonces, luchamos contra las violaciones de los derechos humanos».

José, ¿de dónde vienes? 

Vengo de Cartagena y llegué a Melilla con 14 años. Estuve estudiando hasta el Bachillerato, y de ahí me fui a estudiar fuera, a Granada y Málaga. Me tocó hacer la mili más larga de España, dos años. Y después me vine aquí y me casé. Mi mujer y yo montamos una academia y hemos estado trabajando en ella hasta hoy.

¿Cómo nace tu sensibilidad por los derechos humanos?

Cuando llegué por primera vez a Melilla me encontré con que mis amigos pertenecían a muchos estratos sociales distintos, y descubrí que hay gente que necesita un apoyo y una ayuda que muchas veces se les niega simplemente porque son considerados distintos. A mí eso me llamaba mucho la atención y no podía consentirlo. Entre la población autóctona, población africana que nacía aquí, nadie tenía documentación. Nadie. Se les consideraba ilegales. Y tú decías, ¡pero si son de aquí! Yo, que sí venía de fuera, lo tenía todo: colegio, hospitales, podía pasear por donde quisiera sin que la policía me mirara mal… Sin embargo, amigos míos, muchos de ellos musulmanes, no tenían nada y se les veía como posibles delincuentes. Eso no es normal.

Dos clases de ciudadanos. ¿Sigue ocurriendo hoy?

De forma más disimulada, pero sigue existiendo. Está el vecino que tiene una situación normal, con su documentación y condición de ciudadano en la ciudad en la que vive, y el que vive, desde mi punto de vista, totalmente esclavizado. Y es un porcentaje importante. Yo calculo, y dicen que me quedo corto, que serán unas 20.000 personas, que no es poca cosa. Trabajan en negro en el servicio doméstico, en la construcción, en la frontera, y viven en unas condiciones tremendas. 

¿En qué momento te implicas de forma activa?

Siempre hemos actuado en casa de forma individual, pero así no se cambian estructuras. Por eso, hace unos 20 años formamos la asociación Pro Derechos de la Infancia (PRODEIN). En aquel momento era agobiante la cantidad de niños que había en la calle. Un centenar de críos de unos diez años que vivían permanentemente en la calle. Imagínate, era la leche. Cuando les intentabas ayudar, la Administración y mucha gente te decían que no, que esos niños eran de Marruecos y que se tenían que ir. Pero estaban aquí, vivían en el puerto, dormían en contenedores de basura… Era tremendo. Con la asociación conseguimos que, en solo un año, se abrieran cinco centros de acogida en una ciudad que ofrecía una resistencia total. Costó mucho. Llegamos a tener a la policía con un furgón debajo de casa intimidándonos. Pero se consiguió, y logramos que fueran al colegio y tuvieran documentación. 

¿Por qué ese rechazo a esta parte de la población?

Para las instituciones son intrusos que vienen a aprovecharse de todo: de tu trabajo, de tu sanidad, de tu escuela. Melilla está cercada por una valla que está presente en la vida de todo melillense. Una valla impresionante que rodea una ciudad pequeñita. Y tú vives dentro, como si fuera una pecera especial con un agua más limpia que en el resto. Y la Administración trata de convencerte de que necesitas esa valla que te proteje y de que todo lo que hay fuera de ella es malo y viene a dejarte sin agua. A nivel social conviven la idea de que el extranjero viene a fastidiarte y la idea de que el extranjero es tu familia. Hay gente que tiene un amigo musulmán pero habla fatal de los moros. Melilla es muy compleja. Están los marroquíes, la gente del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), los menores no acompañados en los centros de acogida, y también están tus vecinos sin documentación: la mujer que limpia en tu casa, el hombre que te hace las chapuzas, el que te vende ropa en el rastro o fruta sobre una caja, el que arregla coches en la calle… Toda esa gente vive aquí desde hace mucho tiempo, pero se les considera gente rara

¿Qué ha conseguido cambiar PRODEIN?

No se ha logrado superar esa visión de extranjero, sigue habiendo una resistencia. Es otra valla aparte de la que tenemos de acero. No hay concertinas ni alambres que subir, pero es impenetrable, más difícil todavía. Pero hemos conseguido cambiar otras cosas. Ahora hay centros para acoger a menores no acompañados en los que, al menos, tienen su comida, permiso de residencia, médico, van al colegio… y no están en la calle. Para los menores de las familias que viven aquí sin documentación estamos haciendo, por cuarta vez, una campaña de escolarización. Aunque han nacido aquí, estos niños nunca han sido admitidos en el colegio porque se dice que son extranjeros. En las tres campañas anteriores conseguimos la escolarización de casi un millar de niños. Pero esta vez nos está costando más que nunca. El Gobierno sigue diciendo que son extranjeros y que la ratio de alumnos por clase es muy alta. ¡Aquí hace diez años que no se hace un colegio y tenemos a 80 niños en casa! Pero no vamos a parar hasta que estén escolarizados. La única niña que hemos conseguido escolarizar este curso llevaba dos años y tres meses luchando por ir al colegio, y lo ha conseguido. Es una fuera de serie. Ahora empieza a ser una niña, a vivir realmente en su ciudad. «Yo nací aquí, pero sola en casa me sentía como un bicho raro», decía. Estar en el colegio cambia mucho. 

¿Cómo os está afectando la epidemia de coronavirus?

Aparte de la crisis sanitaria, está habiendo una crisis económica muy grande. Yo no sé a cuánta gente llegará la renta básica y las ayudas del Gobierno, que van a ser fundamentales, pero sí te puedo asegurar que aquí a esas 20.000 personas que no tienen documentación y malviven en los barrios marginales de Melilla no les va a llegar. Llevamos un mes y pico de aislamiento y hay muchísimas familias que no tienen ni para comer. Eso da miedo. ¿Qué va a hacer toda esta gente? Nosotros intentamos ayudar, pero es difícil conseguir medios. En marzo empezamos ayudando a cuatro o cinco familias. En abril se incrementó hasta 25 familias, procurándoles comida a diario, pagando el alquiler… Y van a ser aún más. Nosotros no estábamos para eso, pero la necesidad es muchísima. Y no vamos a tener dinero para mantener la ayuda mucho tiempo. ¿Qué va a pasar? Me da mucho miedo todo esto.

¿No te fallan las fuerzas a veces?

No. La indignación ante estas cosas hace que te crezcas. Claro que te cansas, pero vuelves a coger fuerzas.

¿Qué has aprendido del contacto con estas personas?

Te cambia la visión que te quieren dar de que casi no son personas. No puede ser que venga un negro hasta aquí y lo dejes tirado cuando es un chaval que salió de su familia siendo el más fuerte porque tenía que saltar una valla, que lo ha pasado muy mal, que ha hecho el enorme sacrificio de jugarse la vida para conseguir ganar 300 o 400 euros en Melilla o en el resto de España, de los cuales él se queda con 100 para malvivir todo el mes y el resto lo manda a su país porque con eso da de comer a su familia. Ninguno de nosotros sería capaz de hacer algo así, y de eso tenemos mucho que aprender. Claro que te cambia. Yo he estado en Malí, en Burkina Faso, en muchos sitios. Y ver cómo viven y lo que tienen que luchar cada día para seguir vivos te hace valorarles mucho y entender lo que hacen. Tienen todas las razones del mundo para venir, y nosotros no tenemos ninguna para impedírselo. Yo he visto morirse a niños de hambre en Burkina Faso, a diez kilómetros de la mina de oro más grande de todo el Sahel, gestionada por canadienses. Eso difícilmente lo entiende un europeo. Por ello, cuando veo a un negro saltando la valla me pregunto: ¿qué está haciendo que no tenga que hacer? Todo eso te cambia.   


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