María Pedrón, misionera comboniana: “En África el dolor físico es doble”

Por Javier Fariñas Martín

 

“Aquí me dedico a sanar el corazón físico”. Son palabras de una mujer que ha hecho de la cardiología su vida. Pero también de una misionera que con su trabajo, su testimonio, sus palabras o su compromiso algo habrá hecho por ese corazón intangible que sufre aunque no duela. Entre consulta y consulta escuchamos a la comboniana italiana María Pedrón, 40 años como misionera en Mozambique. 

 

El periodista y escritor Pedro Sorela en el mes de diciembre de 2016 escribía en Revista 21 que las historias en el mundo no eran demasiadas, y que lo que las hacía diferentes era el enfoque que dábamos a cada uno de esos vivires.

No parafrasearé. Prefiero la cita.

Decía Sorela: “¿Cuántas historias hay en realidad? Por lo menos un par de sabios han dicho que diez… doce… no más. Y si hace la prueba verá que en efecto casi todas o todas las historias se pueden resumir en esas doce, por lo que no queda más opción que contarlas con formas nuevas para que así lo parezcan”.

Con matices, las vidas de los misioneros tienen vaivenes similares en lo sustancial y cambios en lo accesorio. Varían los lugares. Las personas. Las circunstancias. Los paisajes. Pero con un brochazo de trazo grueso podríamos encuadrar las motivaciones a por qué hacerse misionero en no más de una brazada de causas más o menos excéntricas, más o menos ordinarias, más o menos…

Pero casi siempre hay un barril de pólvora. Una mecha que prende. Y bum.

En el caso de María Pedrón, una comboniana italiana –de Padua–, la detonación llegó con retardo. No es raro escuchar de tantos como ella que un día –da igual martes que miércoles o jueves– un misionero pasó por su colegio para dar un testimonio y que ahí algo se removió. María no fue la excepción. Cuesta reconocer en su voz, lenta, a la niña inquieta que estudiaba en un internado para ser profesora. Pero.

La que muchos consideran una palabra traicionera, la del ‘siempre hay un pero’, la palabra que engaña a las apariencias. Pero. Aquí también. En Padua. En la vida de María.

Pero allí donde había un proyecto de profesora “llegó un padre comboniano, no recuerdo su nombre. Aquello se me quedó para siempre adentro”, cuenta María. Y prosigue: “Tanto, que comencé a experimentar una mayor sensibilidad con los demás”. Ingresó en las Misioneras Combonianas con 18 años, aunque tuvo que dejarlo por el primer aviso serio que le dio su salud. Creían que tenía un tumor cerebral, que luego se quedó en una estenosis de la válvula mitral. “Las Combonianas me dijeron que no tenía salud para ser misionera”, cuenta. La misma historia repetida varias veces.

 

María Pedrón con niño
Una joven María Pedrón con un niño en brazos / Fotografía: Archivo personal de María Pedrón

 

La fragilidad del enfermo frente a la extenuante África.

Esta primera negativa empujó a Pedrón a dejar Magisterio para comenzar Enfermería. Por una circunvalación no esperada la joven patavina ingresó por segunda vez en las Combonianas.

Repetí el noviciado y enseguida me enviaron para Mozambique. Y aquí estoy”. En realidad, el destino que tenía asignado era RDC, “pero aquí precisaban una enfermera rápidamente”. Primero llegó. Luego aprendió la lengua.

Era 1977, 40 años ha.

Entró en el país durante la dictadura marxista. Tuvo que omitir que era religiosa para poder comenzar su trabajo en Muería, en el distrito de Nacala Velha, donde solo estuvo un año debido a un proceso político que le abrieron a ella y a un sacerdote, Cristóforo Tissot, por defender a un cristiano al que estaban pegando. Era la época dura contra la Iglesia. Se cerraban templos, se perseguía a los cristianos, la práctica religiosa se veía severamente comprometida, y ella tuvo que salir de allí. Un cargo político de la zona le dijo ‘Hermana, salga lo más rápido que pueda y vaya a un sitio donde no la podamos controlar’.

El nuevo destino fue Anchilo. 18 años allí acompañan su currículum. Después, Busi y, por último, Marrere, donde está ahora y “donde pienso que voy a acabar”, con los enfermos y entre ellos.
Enfermedades de ida y vuelta, porque mucho más tarde de aquella dolencia juvenil que impidió su primera llegada a la Misión, con toda una vida ya en Mozambique, la falta de salud volvió a aparecer. Esta vez en forma de cáncer, hace cuatro años. Nueve meses de recuperación en Italia, para volver a esta su tierra.

Como las dolencias no conocen de confesiones, y las personas tienen menos prejuicios de los que aquí podamos comprender, María Pedrón cuenta emocionada que “poco después de volver me encontré a una mujer musulmana que me dijo: ‘Hermana, recé por ti, ­porque volvieras. Damos gracias a Dios y rezamos para que tengas salud’. Estas cosas son las que me dan paciencia para continuar, siempre con la ayuda de Dios, porque sola hubiera hecho muy poco”.Pero aquella mujer no fue la única. “A mi regreso me dijeron que aunque no pudiera trabajar, que volviera, aunque fuera solo para estar aquí sentada. ‘Cuando la hermana está, aunque no diga nada, las cosas son diferentes’, me decían”.

 

Hospital de Marrere, en Mozambique
Varias mujeres esperan en el entorno del Hospital General de Marrere, donde ahora trabaja María Pedrón / Fotografía: Javier Fariñas Martín

El carácter y la palabra

Pero si hay algo que caracteriza a esta misionera italiana es que no calla ni bajo el agua. Por respeto a sus orígenes, retomamos el dicho italiano que hace referencia a los que hablan mucho. Estos son conocidos como los que hanno ingoiato una radio, aquellos que se han tragado una radio. Por eso, porque no calla, o porque las verdades van de la mano de esa ausencia de silencio, Pedrón es muy respetada en el norte de Mozambique. Es muy conocida y muy bien valorada. Cuando no llegan los medicamentos a donde debían llegar, habla –‘¿Será posible que no pueda tener nada, nada? ¿Tengo yo que comprarlo todo? ¿Quiere que cierre? Yo cierro, porque eso depende de Sanidad’, recuerda sus quejas a un jerarca de la sanidad mozambiqueña. “El día siguiente tuve medicamentos, pero siempre tengo que quejarme para ello”–. Cuando un alto cargo se interesa por conocer la verdad sobre el fallecimiento de una familiar en el parto, también habla –‘Oiga, ¡hay tantas mujeres que mueren y de las que nadie se preocupa…!’–. La verdad. La verdad. La verdad.

–María, ¿su lema podría ser La verdad os hará libres?

–La verdad para todos. Todo el que me conoce sabe que no me voy por las ramas. Debemos decir la verdad.

Aprovecha aquí para repescar una anécdota que no se cuela fácil dentro de su historia y que aconteció cuando centenares de pacientes esperaban delante de su consulta, en Marrere, a la espera del diagnóstico de Pedrón. Algunos dejaban una mazorca de maíz o una piedra para guardar el turno. Filas de personas, piedras y maíz. No menos de 500. ¿Qué tenía esa hermana para hacer que la gente no quisiera ser atendida en Nampula y sí en Marrere? Llegó la televisión para contar aquello. “Hasta fui criticada incluso por la madre general y por algunas de mis hermanas que me decían que no rezaba y que era más activista que nadie. ‘Ven conmigo’, le dije a la general, ‘tú que también eres enfermera le dices a la gente que a mediodía debo ir a casa a comer y a rezar’. Y ella me dijo ‘vuelve María con ellos, y que Dios te ayude’”.

Enferma de joven y ya mayor. Y con enfermos todos los días del año en los diferentes centros sanitarios en los que ha trabajado, María Pedrón habla del dolor con conocimiento de causa. “Mi enfermedad me ayuda a entender a estas personas, que deben ser tratadas como tal. Aquí, en África, el dolor físico es doble. Es cierto que es para todos, pero con la pobreza que hay se sufre más. Con la falta de cultura que tienen, se sufre más. Por eso siento que debo darles más. Prefiero trabajar aquí como una mula a ser médico en Italia. Prefiero trabajar con los más empobrecidos”. Y ahí, en esos escenarios, están las mujeres y los niños.

Los últimos minutos de la conversación, los de las conclusiones, desvelan su estado de ánimo respecto al pueblo mozambiqueño –“El pueblo está muy cansado”–, y sobre las añoranzas de su tierra palovina –“No echo nada de menos. Son 40 años aquí”–. Con el cuaderno de notas ya cerrado le pedimos alguna fotografía suya y vuelve con el álbum de rigor.

Después de reconocer a la joven María, a la María madura, a la María amiga, a la María tía, a la María misionera, a la María de hoy, en una frase no grabada –que no sé si le gustará demasiado que trascienda–, me pide que rece por ella una oración, “pero sin distracciones”. Me río no por la petición en sí –el propio Francisco pidió a los presentes en el inicio de su pontificado que rezaran por él–, sino por el apellido de la misma: ‘sin distracciones’. Ella sonríe, pero asevera. “Sí, solo un Ave María, pero sin distracciones”.

En esa petición encontramos uno de esos vaivenes de la vida que hacen diferente la trayectoria de Pedrón. La misma historia contada de otro modo. La historia de la joven a la que negaron la posibilidad de emprender el camino misionero y que desde hace una vida sin boleros trabaja en el norte de uno de los países del Sur.

 

[Este reportaje forma parte del Cuaderno Mundo Negro Nº1 sobre Mozambique. Si desea obtener la edición en papel escriba a edimune@combonianos.com]