Muerto Droukdel, prosigue la yihad

en |


Lo perseguían desde hace dos décadas. Abdelmalek Droukdel, el gran jefe de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), estaba en el punto de mira de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Francia y Argelia. El sangriento historial de este químico argelino, experto en la fabricación de explosivos, que se convirtió en el líder de un peligroso grupo terrorista le convertía en una pieza apetecible. Su asesinato a manos de soldados franceses a comienzos de junio fue anunciado al mundo como una exitosa intervención quirúrgica, un tanto en el casillero galo. Pero de ahí a pensar que el terrorismo en el Sahel va a sufrir por esta pérdida, va un mundo.

Viajemos a enero de 2013. El norte de Malí lleva nueve meses ocupado por tres grupos yihadistas, el citado AQMI, su escisión Movimiento por la Unicidad de la Yihad en África Occidental (Muyao) y -Ansar Dine, liderado por el tuareg radicalizado Iyad Ag Ghali. Tras una llamada de petición de auxilio del presidente maliense interino Dioncounda Traoré, Francia despliega todo su poderío militar con la operación Serval y, en apenas tres semanas, desaloja de Gao y Tombuctú a los radicales, que huyen en desbandada. Alborozados, los líderes mundiales felicitan la determinación y el coraje de los soldados galos.

Sin embargo, la realidad suele ser más compleja que el relato propagandístico. Aquel golpe sí fue duro. Cientos de terroristas murieron en su huida hasta los rincones más alejados del inmenso desierto, perseguidos por las fuerzas especiales francesas con apoyo chadiano. Pero muchos se escondieron entre la población civil, se camuflaron con el respaldo de las complicidades locales que habían ido tejiendo en sus años de presencia estable en la zona. Sobrevivieron. Se reorganizaron. Se atomizaron. Aprendieron a mutar de fuerza de ocupación en maquis guerrillero.

El liderazgo vertical de organizaciones como AQMI se vio muy debilitado, pero la emergencia de nuevos actores como Al -Murabitun, Ansarul Islam, la katiba Macina o el Estado Islámico del Gran Sahara (EIGS) cobró un rápido protagonismo. Droukdel, el terrorista curtido en el Grupo Islámico Armado (GIA) y el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), el escurridizo emir argelino que admiraba a Bin Laden, el radical que soñó con llevar la yihad hasta el corazón del Sahel, ya no era tan importante. Su influencia, que se prolongó durante años, se desvanecía en la arena del desierto a medida que le iban creciendo los enanos.

El anclaje local, la capacidad de adaptarse a las nuevas situaciones, la porosidad de estos grupos, su explotación de los conflictos autóctonos en su propio beneficio, la construcción de un imaginario de rebeldía justa frente a estructuras caducas capaz de tentar a los más jóvenes. Todos esos elementos han hecho del terrorismo saheliano un desafío tan sólido que la respuesta militar frente a él se ha revelado, una y otra vez, como mal planteada, insuficiente e incluso generadora de más violencia. Puedes cortar la cabeza de una hidra, pero esta seguirá respirando.




En la fotografía un hombre contempla en un monitor una imagen de Abdelmalek Droukdel, el líder de AQMI, asesinado por militares franceses a principios de junio. Fotografía: Thomas Coex / Getty


Colabora con Mundo Negro