
Publicado por Chema Caballero en |
Su majestad Boranu gobierna un pequeño reino en el norte de Camerún. Se vio obligado a aceptar el cargo por imposición de su familia. Según la tradición local, tres ramas se alternan rigurosamente en el trono. Si una deja pasar su turno, tendrá que esperar años antes de que le vuelva a tocar. Los ancianos concluyeron que él era el más idóneo. Él obedeció porque no quería despertar las iras y maldiciones de los suyos. Pero no es feliz.
Antes de ser convocado por el consejo familiar, vivía tranquilo cerca de París. Siendo joven emigró a Francia. Se estableció allí y formó una familia. Tenía un buen trabajo en el correo francés y su mujer regentaba su propia peluquería. Vivían bien. Los tres hijos estudiaban en la universidad. Todos sus sueños de progresar se estaban realizando. Además, nunca olvidaba a los suyos en el pueblo. Construyó una gran casa familiar, enviaba dinero y ayudaba a pagar colegios, bodas y funerales o cualquier otra demanda que le llegara.
Nunca imaginó que la última petición sería tan amarga. Suponía dejar la vida que había construido durante años y regresar a su pueblo, un lugar olvidado entre las montañas. Aun así, no le quedaba otra que obedecer y asumir el rol que la familia le encomendaba.
Su mujer e hijos nunca han entendido su decisión. Lo han desterrado de sus vidas. Estuvieron presentes durante la coronación y no han regresado. No quieren saber nada de esa aldea perdida en la que solo hay campos de mijo y cabras. No le hablan. Ni siquiera responden a sus llamadas. Ha dejado de insistir.
Su majestad Boranu vive en el palacio real. Una sucesión laberíntica de patios y habitaciones de adobe con techos de chapa que necesitan ser renovados. Sin luz ni agua corriente. Subsiste de los impuestos que cobra. Además, los jóvenes están obligados a trabajar los campos reales y cuidar de sus rebaños. Esa es la única riqueza del rey.
Todos los días, su majestad se sienta en el trono a escuchar quejas y súplicas de sus vasallos. Aconseja y emite juicios. Temas de tierra, de ganado, de infidelidades o de ruptura de tradiciones son los casos más frecuentes. Confiesa estar aburrido de oír siempre lo mismo.
Tiene cuatro concubinas, hijas o nietas de los ancianos del reino, que se las ofrecieron para poder emparentar con la casa real. Asegura que solo las llama a su habitación para cumplir con su cometido de generar nuevos herederos al trono que den más poder a su rama familiar, pero no encuentra placer en ello.
Por las tardes pasea, seguido de dos guardianes, por los campos del pueblo. Sueña con regresar a su vida en París, recuperar a su familia y sentarse en un bar a tomar una cerveza con los amigos. Pero es imposible. Si renunciara al cargo, la maldición familiar le perseguiría allá donde fuera. No tiene más remedio que aceptar su destino.
En la imagen superior, su majestad Boranu con una de sus concubinas en el palacio real. Fotografía: Chema Caballero