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Por Jaume Portell Caño
El siglo XX fue el siglo de las grandes ideologías y el del mundo que se enfrentó para defenderlas. Un mundo dispuesto a morir por ellas, que suele ser la forma más elegante de decir que se está dispuesto a matar por su consecución. Grandes palabras como democracia, capitalismo, fascismo, comunismo, socialismo o libertad sirvieron como antesala de matanzas, golpes de estado, dictaduras y guerras mundiales con decenas de millones de muertos. El final del siglo acabó con un ganador de esa contienda, Estados Unidos, y una conclusión: la historia había acabado con la victoria definitiva del capitalismo de libre mercado.
Tres décadas largas después, estamos en el siglo XXI y Estados Unidos atraviesa dificultades mientras el consenso se rompe. Washington defiende un capitalismo en el que él resulte ganador, con aranceles y medidas proteccionistas, mientras que la globalización creciente y la libre circulación de mercancías ahora se defienden desde Pekín, gobernado desde hace casi 80 años por el Partido Comunista de China. La vida da muchos rodeos. Para imponer su hegemonía, Washington necesita métodos cada vez menos sutiles, y el ascenso al poder de su actual presidente, Donald Trump, ha llegado a caballo del tema que parece que va a marcar el siglo XXI: la identidad. De las grandes ideas sobre cómo debían organizarse las sociedades –un fenómeno colectivo– hemos pasado a la identidad –un fenómeno individual–. Esa transición es, casi, un manifiesto.
En la defensa de esa identidad se construyen los discursos políticos que cada vez más triunfan en las sociedades occidentales, cuyo único deseo es el siguiente: en un mundo que se mueve a toda velocidad, hay que poner el reloj en el congelador para salvar la identidad nacional, amenazada por la llegada de migrantes, añorando sociedades étnicamente más homogéneas, con códigos culturales compartidos y prácticas más parecidas. Un oasis de tranquilidad blanco. Y una ficción. Las guerras mundiales –en las que participamos– y las guerras civiles –que protagonizamos– son la muestra de que echamos de menos una sociedad parecida, unida y en consenso que nunca acabó de existir.

El debate identitario planteado por muchas fuerzas políticas tiene la virtud de tocar directamente los corazones pasando de puntillas por el cerebro. Basándose en una idea del orden racional, propone un equilibrio complicado de mantener: que los recursos circulen libremente, pero que las personas afectadas por la desaparición de esos recursos se queden en su casa. Países industrializados pero pobres en recursos exigen a países subindustrializados pero ricos en recursos el derecho a quedarse con sus únicas riquezas. Cuando los habitantes de los países empobrecidos piden viajar hasta el lugar donde han acabado siendo utilizados, la respuesta es que eso es una locura inadmisible. No solemos preguntarnos qué sería de España –por poner el ejemplo más cercano– sin el petróleo africano –un tercio del consumo total– o el gas procedente del continente vecino –la mitad del consumo total–. Con todo, enfocar la realidad de África solo a través de la migración hacia Europa es una visión miope. Cuatro de cada cinco africanos se quedan en el continente: migran dentro de sus países, en especial de las zonas rurales a las urbanas, y entre países de la misma región. Las remesas mandadas desde África hacia otros países del continente fueron de unos 11 000 millones de dólares en 2023, según el Banco Mundial.
Se trata de un volumen respetable, pero que palidece ante el dinero que llega desde los países fuera de África. Solo Nigeria ya recibió en 2024 casi el doble de esa cifra: 21 000 millones de dólares. Y sus migrantes lo mandan desde Estados Unidos, Reino Unido y otros países occidentales, mayoritariamente. Por ello hay que concluir lo siguiente: la mayoría de los migrantes se quedan en África, pero el negocio que se puede hacer con sus ingresos es mucho mayor si tienen sueldos fuera de ella. A ello hay que añadir un último factor: cuanto más formados estén esos migrantes, más altas serán las potenciales remesas que podrán mandar a casa. Un artículo de Africa Leadership cifraba en 70 000 el número de profesionales formados que cada año abandonan el continente. Esto genera un beneficio inmenso a los países que los reciben y deja prácticamente sin personal especializado a los países de origen.

El principal motor de las migraciones es la desigualdad en el PIB per cápita entre países. En pocos puntos del mundo esto se ve de forma tan nítida como en las fronteras marítimas del Mediterráneo. En unos cuantos miles de kilómetros tenemos países europeos que, aún con sus crisis y su estancamiento estructural, multiplican por diez el PIB per cápita de países africanos a los que no hace tanto se consideraba como emergentes. Es el caso de Italia y Gambia o España y Senegal. A principios de los 90, tras los planes de ajuste estructural, se consideró que la apertura de los mercados y la llegada de sistemas multipartidistas cambiarían la situación de los africanos. Tres décadas después, en los casos antes mencionados, la distancia del PIB per cápita sigue siendo similar o incluso se ha ampliado. La renta de un senegalés sigue siendo cerca del 9 % de la de un español; la de un gambiano, alrededor del 7 % de la de un italiano. Esto genera un incentivo difícil de ocultar: aunque estés entre los más pobres de España o Italia, tu salario te dará para cambiar la vida de tu familia en Gambia o Senegal.
Sin prestar atención a las cifras macroeconómicas, los gambianos y los senegaleses pueden verlo en sus vidas o en las de sus vecinos: la familia que recibe remesas, tanto en las zonas urbanas como en las rurales, empieza a mejorar sus condiciones de forma instantánea. Los niños pueden ir a escuelas mejores, todos añaden ingredientes de más calidad a la dieta, se puede acceder a la electricidad y al agua potable y, a partir de allí, acceder a bienes de consumo y electrodomésticos que les hacen la vida más fácil –o incluso más divertida–. Mientras las remesas suben, los países de origen se quedan sin una parte de su juventud, en algunos casos la más formada. Algunos gobiernos ven eso, a corto plazo, como una ventaja: menos juventud desempleada y frustrada, sumado a la llegada de divisa fuerte, equivale a un clima político más plácido. Sin embargo, la pérdida del personal más formado –unido a la desinversión en salud y educación mientras aumentan los pagos de la deuda externa– agrava los problemas a medio plazo. Y no hay dinero que pueda reemplazar a la falta de cuadros.

Más allá de África occidental, los flujos de personas entre países africanos y otros más ricos también se da en otra ruta a la que prestamos menos atención, la que une África oriental con los países de Oriente Próximo. En algunas monarquías del Golfo se da la siguiente paradoja: hay más población extranjera que local, pero la mayoría de las personas migrantes apenas tienen derechos laborales. El sistema de la kafala (ver MN 693, pp. 30-35) liga el estatus legal en el país a tu contrato de trabajo: de esta manera, los patrones tienen el pasaporte de los trabajadores y estos últimos apenas pueden protestar por sus condiciones. Si lo hacen, pierden por partida doble: se quedan sin trabajo y pasan a engrosar las filas de las personas indocumentadas en el país.
Un artículo de los periodistas Abdi Latif Dahir y Justin Scheck en el New York Times en marzo de 2025 mostraba la paradoja entre estas dos caras: la ilusión de irse y el encuentro con la realidad. En la sala de espera del aeropuerto de Nairobi las jóvenes que iban por primera vez a Arabia Saudí salían ilusionadas: ya empezaban a pensar en qué gastarían todo el dinero que iban a ganar. Los autores añadían, de inmediato: «Mientras la terminal de salidas bulle de expectación, la zona de llegadas es donde la esperanza se enfrenta a la cruda realidad. Las mujeres regresan con las mejillas hundidas, a menudo agobiadas por los salarios impagados, las palizas, el hambre y las agresiones sexuales. Algunas están arruinadas. Otras están en ataúdes».
La salida de trabajadoras kenianas de su país no es un desvío más del mercado, sino una política cada vez más crucial del Gobierno de Nairobi. El sector privado, muy cercano al Ejecutivo, organiza estos viajes poniéndose de acuerdo con los reclutadores –la demanda– en los mercados de Oriente Próximo. Las estadísticas del Banco Central de Kenia registran las remesas mes a mes, con tres mercados de origen de esas llegadas de dinero: América, Europa y resto del mundo. Este «resto del mundo» es, sobre todo, Oriente Próximo, que no ha parado de crecer durante la última década. Desde 2007, el flujo total de dinero se ha disparado desde los 600 hasta los 5 000 millones de dólares en 2024. Un cuarto de este dinero viene de la categoría «resto del Mundo», que ya supera a Europa –con una cuota de mercado inferior al 20 %– como punto de salida de estos envíos de dinero. América representa el 60 %.
Pese a que los maltratos en el Golfo son conocidos, el incentivo económico invita a ignorarlos –tanto a nivel individual como estatal–, el PIB per cápita saudí multiplica por 13 el de Kenia. Según el artículo, en Arabia Saudí murieron 274 trabajadores kenianos –la mayoría, mujeres– en los últimos cinco años. «Una cifra extraordinariamente alta para una fuerza de trabajo joven que hace un trabajo que, en la mayoría de países, se consideraría extremadamente seguro», añaden los periodistas de The New York Times. Las cifras, además, van al alza: en 2024 murieron 55 personas, el doble que en el año anterior.
Esta escena es el resultado de una de las estrategias del Gobierno del país africano: conseguir remesas de sus migrantes para obtener dólares, vitales para el funcionamiento de su economía. El artículo explica cómo el flujo de trabajadoras kenianas se ha convertido en un negocio para los dos países implicados: los saudíes consiguen mano de obra barata, con pocos derechos y pocas posibilidades de reclamar sus derechos. Para los kenianos, las agencias de búsqueda de empleo se embolsan comisiones a cambio de encontrar un destino a los trabajadores. Pese a que las malas condiciones en los países del Golfo son cada vez más conocidas –en parte, gracias a artículos como este–, el incentivo sigue estando allí.

Lo que une a muchos de esos migrantes, estén más o menos formados, vayan donde vayan, es la explicación de su viaje. La he escuchado muchas veces en boca de los candidatos a la migración y se la sigo escuchando a hombres que llevan años viviendo en Europa. Todos sueñan con un sitio, y no es Europa: es su pueblo. En algunos casos sueñan con él de forma literal y recurrente antes de levantarse y volver de nuevo al trabajo. La imagen del pueblo está cada vez más lejana, vinculada a una niñez feliz que se idealiza con el paso del tiempo. «Quiero ir a Europa, ganar dinero y volver a mi casa». Digo que es la mentira fundacional de los migrantes, porque casi nunca llega a cumplirse. El paso de los años les va a separar del país de origen, incluso de su familia, en una distancia que empieza siendo física y que luego va cobrando otros matices. Solos, ocupados y enfrentándose a peticiones constantes de dinero, la vida de muchos de estos africanos es lejana a la omnipotencia familiar que sus familiares imaginan.
En ese sentido, Cédric Ouanekpone, premio Mundo Negro a la Fraternidad 2025, ha decidido avanzar las agujas del reloj. En lugar de unirse a las filas de los migrantes que sueñan con un retorno futuro en un espacio temporal indeterminado, ha decidido ir en dirección contraria. Construir el futuro desde ya, desde la República Centroafricana, atendiendo las necesidades médicas de sus conciudadanos e intentando que su vida sea un poco mejor. Tanto los que se fueron y sueñan con volver –mientras mandan dinero cada mes– como los que se quedan y aspiran a cambiar el país desde dentro serán claves para la transformación de África.