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Por Mons. Miguel A. Sebastián, desde Chad
Después de un tiempo de vacaciones con controles médicos incluidos, volví a mi diócesis de Sarh, en el sur de Chad. Tenía ganas de regresar, pues había estado casi dos meses fuera.
Mi itinerario fue Madrid-París y París-Yamena, con escala en Yaundé. Unas diez horas de vuelo y unas cuantas más de esperas en los aeropuertos, así que llegué bien cansado por la tarde-noche. Sin embargo, al día siguiente, el P. Alejandro Canales, un sacerdote chadiano y yo nos levantamos muy temprano para viajar hasta Sarh. Nos esperaban 800 kilómetros de nuestras carreteras, que no son las de España. Por el camino nos paramos unas cuantas veces a comer algo y a saludar a personas conocidas, casi todos misioneros y misioneras.
Al día siguiente por la mañana había mucha gente esperando para encontrarse con el obispo, aunque el saludo solía ir acompañado de las normales doléances, que requerían una ayuda moral, pero casi siempre también financiera. Muchos me hablaban de lo mal que lo estaban pasando, pues las lluvias no cesaban y seguían inundando los campos y muchos pueblos. Otros me hablaban de que el comienzo del curso escolar les había pillado sin blanca. Mis colaboradores me ponían al corriente de la organización del inicio de las clases en nuestros colegios, institutos y universidad. Por mi parte, empecé a convocar reuniones para organizar bien el año pastoral.
Comencé por visitar las parroquias de la ciudad, puesto que a las parroquias rurales no podía ir porque las carreteras estaban impracticables. Recuerdo que un seminarista me enseñó un vídeo de su odisea para llegar a Sarh desde Maro. El chófer fue un héroe, pues la carretera se confundía con el río. Además, conectó una manguera al tubo de escape y la ató por encima del habitáculo para que el agua no entrara en el motor. Otras personas iban caminando junto al vehículo para mostrarle el camino y que el coche no se metiese en los socavones.
En la primera parroquia me esperaban para contarme lo que les había pasado. Como en otras parroquias, sobre todo de las ciudades y centros importantes, las mujeres de Acción Católica habían comenzado hacía unos años un proyecto de cooperativas de ahorro y de crédito interno. Las mujeres se dividen en grupos de unas 15 o 20 y cada semana se reúnen y aportan un poco de dinero. Las que llegan tarde o no van pagan una multa. Con ese dinero se apoyan entre ellas con microcréditos pero suficientes para invertir en pequeños proyectos.
Cuando las mujeres de las cooperativas devuelven el dinero, lo hacen con un pequeño interés, por lo que, al final del curso, comparten el dinero ganado que, aunque no es mucho, sí ayuda para algunos gastos como el pago de la matrícula escolar de sus hijos. En esta primera parroquia, las 419 señoras de las cooperativas guardaban el dinero en una caja común. Por desgracia, alguien robó casi 11 millones de francos CFA, lo que equivale a casi 17 000 euros. Es mucho dinero, aunque no se llevaron todo. Esto ha creado un gran malestar y muchas acusaciones, porque no consiguen resolver el problema. Tampoco la policía ha encontrado a los ladrones.
En la segunda parroquia, confiada a una congregación religiosa, fui a presentar a dos sacerdotes diocesanos que van a sustituir a los religiosos. Estarán juntos hasta que en enero se entregue el testigo a los diocesanos. Es algo normal en la vida de los misioneros, que trabajan siempre sabiendo que un día el clero local ocupará su lugar.
En la tercera parroquia, confiada a nuestra congregación comboniana, fui a presentar a la comunidad al que será durante un año el administrador parroquial con prerrogativas de párroco. Ese domingo participaron en la eucaristía un grupo de militares, policías, gendarmes católicos y personal del servicio de orden de las parroquias, ya que acabábamos de celebrar la memoria de los Ángeles de la Guarda. Toda la comunidad parroquial rezó por ellos para que cumplan bien su misión con la ayuda del Señor. Entre los participantes había un grupo de militares centroafricanos que forman parte de una fuerza mixta que vigila la frontera entre Chad y la RCA para que las personas y los bienes puedan circular libremente. La frontera llevaba varios años cerrada a causa de los problemas de seguridad en el país vecino, aunque ahora la han abierto de nuevo.
Casi al final de estas tres primeras semanas cogí la malaria. El bautismo de fuego de este curso ha sido rápido. Las lluvias todavía no han terminado, algo que no es normal en estas fechas, y está haciendo muchísimo daño a las cosechas. Además, en muchos lugares está provocando inundaciones. ¡Que Dios se apiade de nosotros!
En la imagen superior, Mons. Miguel Ángel Sebastián durante una ceremonia de confirmación. Fotografía: Archivo personal del autor
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