
Publicado por Sebastián Ruiz-Cabrera en |
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Morad Mostafa firma un debut que confirma todo lo que sus cortos dejaban entrever. La película es un drama que sigue a Aisha, una inmigrante que escapó del infierno de la guerra civil en Sudán y que está atada a su vida y a su trabajo en El Cairo como empleada doméstica y cuidadora de ancianos. Se encuentra paralizada por la explotación de sus empleadores y por el líder de una banda que la obliga a robar a los pacientes a quienes cuida.
El regreso del cine egipcio a Cannes –después de Clash (2016)–, convierte la presencia de esta obra en un hito. Egipto no vuelve con una superproducción complaciente, sino con una obra incómoda, centrada en migrantes africanos, fronteras invisibles y violencias estructurales. Los callejones del barrio de Ain Shams se vuelven un lugar donde la represión policial convive con imágenes de una belleza casi sobrenatural, sostenidas por una puesta en escena precisa y una fotografía que sabe encontrar luz en los márgenes.
El director arranca con los recuerdos de la niñez de Aisha y muestra calles polvorientas y casas hacinadas, para después ir introduciendo irrupciones oníricas que nunca rompen la verosimilitud de la historia, sino que la expanden. El realismo mágico aparece como lenguaje afectivo de la protagonista. Tras esta cinta, los focos se vuelven a situar en una región con una masa creativa capaz de renovar el imaginario político y poético del Mediterráneo desde el Sur.

En 2018 nos acercaba a la realidad de los operarios del tren, en 2022 a las trabajadoras del campo, y en 2025, sin salir de Túnez, la propuesta de Erige Sehiri plantea a este bello país como punto de inflexión para tres mujeres migrantes con historias diferentes. Si el Mediterráneo forma parte de muchas de las representaciones cinematográficas del sueño africano, la directora consigue desestabilizar esta cartografía habitual del cine migratorio con su nueva película, Promised Sky, rehuyendo del espectáculo y optando por recrearse en la cotidianeidad de la vida migrante: la espera, el papeleo o las fronteras invisibles que condicionan cada gesto. Sehiri, quien ha dedicado varios años a investigar las rutas y realidades de estas mujeres subsaharianas que migran al Norte, muestra detalles preciosos gracias a la fotografía, pero también la sutileza narrativa de mostrar en estas condiciones adversas temáticas transversales como el racismo, la fe, la maternidad o la legalidad.
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