
Publicado por Javier Fariñas Martín en |
Color. Sobre todo un negro brillante. Pero también colores. Todos. Gritos del que sabe qué gritar y del que no puede callar. Música. Un trompetista que toca en bata de estar por casa y chancletas de plástico. Gentío. La que baila y el que la abraza. La batucada. El despistado. El que baila y la que le abraza. Descontrol. Todo retumba. Gentío –¿ya lo dijimos?–. El que se hace notar. Niños que se suman a esta historia. Los que se cansan y se sientan. «¿Qué beben?». Grogue. Te tiznan de negro billante aunque quieras no ser negro brillante. Sacan la lengua para la foto. La bandera del orgullo mandinga. Otro orgullo de bandera. El que mira. La que observa. ¿Quién no ríe? Uno que imita a otro. Todo. Orden –sí, también orden–. Pero con desorden. Haces una foto buscando a alguien que saque la lengua. Sale movida. La borras. La vuelta de la esquina. Miras atrás. Una procesión laica infinita. El empujón. Otro abrazo. El barrio que no conoces. La marabunta. Otro grupo mandinga al final de la calle. Más ruido. Todo ruido. El trompetista sigue con la bata puesta. «No te oigo». La batucada no descansa. Ariaáa!!! «¿Qué significa?», gritas preguntando. Intuyes algo. Preguntas gritando. Te gritan para responder. O viceversa. Crees intuir que es algo así como ‘en pie’, ‘firme’. Algo así.
Es domingo. Los mandingas de Ribeira Bote están en la calle.
Pero paremos. Recapitulemos. Intentemos poner cordura y algo de orden.

José Moreno era panadero. Trabajaba en la Fábrica Favorita de Mindelo (Cabo Verde), hoy convertida en una especie de yacimiento arqueológico con restos de mediados del siglo XX que conserva, tras lo que fue aquella factoría, la memoria colectiva de buena parte de los habitantes de la ciudad. Pero volvamos al hombre. Discreto en la cotidianeidad de su oficio, Capote, como fue conocido durante gran parte de su vida, se transformaba unos pocos días al año en otra persona. La mutación tenía lugar en un momento muy concreto: entre la Epifanía y el inicio de la Cuaresma. Todos los domingos en ese período de tiempo se pintaba el cuerpo de negro con el tizne de las ollas y las sartenes. Con una espada en la mano y una colección de gestos y danzas amenazadores, salía a la calle al grito de Ariaáa, ariaáa, ariaáa!!! Grupos amplios y heterogéneos de mindelenses secundaban a Capote, el hombre tranquilo que de lunes a sábado se dedicaba al pan de cada día, pero que los domingos sustituía la harina por el hollín.
Capote, como Djunga o Escoq, el hijo de este, dieron brillo a una tradición que comenzó a forjarse por casualidad en 1940 y que podría no haber pasado de ser un apunte anecdótico en la historia de aquella colonia insular portuguesa. No es lo habitual, pero de las dictaduras, aunque sea por casualidad, en ocasiones surgen cosas dignas de perdurar (perdón por el destripe).

Érase una vez 1940. El Gobierno de Salazar organizó en Lisboa la Exposición del Mundo Portugués. Con el régimen en su apogeo, aquel evento pretendía mostrar la grandeza del país ibérico. Para ello, recreó comunidades –arquitectónica y sociológicamente– de territorios coloniales, a la manera de los muy conocidos zoológicos humanos de Leopoldo II de Bélgica o de la previa Exposición Universal de 1878 en París, en la que personas procedentes de Senegal se mostraban en las denominadas «aldeas negras». Como resume Mami Estrela, profesora de Pedagogía en el campus de Mindelo de la Universidad de Cabo Verde, «no es una historia bonita. Los portugueses llevaron a personas de varias comunidades africanas para la Exposición como si aquello fuera un circo, para mostrar la diversidad étnica como una fuerza del Imperio portugués». Una de ellas fue una comunidad bijagó (Guinea-Bissau), que, camino de Lisboa, hizo escala en el Porto Grande de la isla de São Vicente en los días en los que la ciudad se preparaba para la celebración del Carnaval (ver MN. 715, pp. 40-44) .
En la antigua zona de Sokol, muy cerca de la bahía, aquel grupo aprovechó la parada técnica para representar una «danza de la caza», como ha documentado Moacyr Rodrigues, uno de los grandes expertos en el Carnaval mindelense. La eterna marea de novedades que proponía el Atlántico, con gentes, culturas, lenguas y formas de vida diferentes todos los días del año, aquel día llevó algo desconocido que enamoró a los isleños. Se quedaron atrapados por una manifestación cultural que hicieron propia a partir del año siguiente. La comenzaron a replicar en sus calles, en especial en los barrios más marginales de Mindelo, como Ribeira Bote, su eterna periferia (ver MN 716, pp. 38-43). Aunque mucho más democratizado, amplio, plural y popular en la actualidad, los más antiguos no olvidan que los participantes de los grupos mandingas estuvieron durante mucho tiempo vinculados a los estratos sociales más bajos de la ciudad. De hecho, era habitual que se los conociera como cara podre (cara podrida) o cara de lata.

En medio de la isla más mestiza del archipiélago –«En Mindelo se produce la simbiosis de una cultura que ya nació autóctona, que no vino de otras partes», explica Estrela–, cautivaron las vestimentas, los aderezos que colocaban en sus cabezas y también el color de la piel de los bijagós. Fue tal el impacto que 12 meses después de aquel desembarco, los mindelenses comenzaron a replicar el color de piel de sus ancestros bissauguineanos con tizne –como Capote– y luego con pólvora mezclada con aceite o con restos de pilas y baterías [en la actualidad, la mayoría de los grupos utilizan productos más respetuosos con la piel]. Imitarían el color. Pero también el atuendo. Para ello se servirían de faldas de sisal, caracolas atadas en los tobillos y lanzas en las manos. Sin embargo, el interés por calcar aquello que habían visto no se tradujo en rigor a la hora de denominar aquel movimiento popular que acababa de nacer en la isla. Aunque lo que pretendían era adoptar la cultura de los bijagós, en Mindelo cambiarían de nombre. Sí, su denominación sería otra.
Los mandingas se habían establecido en las islas del barlovento caboverdiano.

Si la mención a Capote es obligatoria, no es menos justa la referencia a Djunga. La perfección de su maquillaje, la ausencia de calzado, los adornos de conchas en pies y manos, la corona con plumas de animales o la gran espada que golpeaba contra el suelo provocando chispas fueron algunos de los atributos que engrandecieron su figura y, por extensión, la fama y popularidad de los mandingas. El aura de Djunga creció, además, por el secretismo con el que, junto a su grupo, se vestía cada domingo. Su salida a las calles era un misterio que se renovaba cada siete días.
Hoy ese suspense ha desaparecido, igual que el uso de espadas o la presencia de las mescrinhas, personas que desfilaban enmascaradas y que fueron excluidas de la fiesta para evitar que se cometieran delitos amparados en el anonimato que prodigaba el aderezo corporal. También la música ha mutado. Ahora prevalece la percusión –más algún instrumento de viento–. En los orígenes había violines, banjos o cavaquinhos. Elementos que cambian y, como advertíamos, misterios que se esfuman. Los horarios y los itinerarios, consensuados con el Ayuntamiento y la Policía Local, son conocidos. Los grupos de mandingas proveen, además, su propio sistema de seguridad. Aunque rudimentario –rodean a los desfilantes con una cuerda–, permite que la marcha se desarrolle con normalidad desde el mediodía hasta las seis o siete de la tarde. Alrededor, miles de personas a pie y todas las que pueden en ventanas y balcones participan en una catarsis que se repite cada siete días un manojo de semanas al año. Las templadas tardes de domingo de Mindelo se convierten en un gran parque de entretenimiento para sus habitantes y en un reto mayúsculo de coordinación y seguridad para el Ayuntamiento y la Policía. Además del grupo de Ribeira Bote están los de Espia, Fonte Filipe, Ribeirinha o Pedreira. Eres de uno u otro, sigues a uno u otro por cercanía, por cariño, por tradición. Por historia. La tuya o la de tu familia.

Los mandingas, que abren y cierran el Carnaval de Mindelo, terminan su ciclo anual con el Enterro do Mandinga. Todos los grupos de la ciudad, que en las semanas anteriores han vivido de espaldas unos a otros, ahora se unen y elaboran caixões (ataúdes) que entregan al Atlántico desde la playa del Cachorro. Es el momento de descansar hasta el próximo año. De cerrar los estaleiros y de abandonar el tizne negro. El carnaval mandinga termina, además, en el océano, entregándose a las mismas aguas desde las que llegaron los bijagós en 1940.
Ariaáa!!! Eso ya anotamos lo que era. Bueno, lo que en realidad entendimos que era. Eso es lo que gritan. Lo que volverán a gritar entre Epifanía y el comienzo de la Cuaresma.
