
Publicado por Javier Fariñas Martín en |
El 21 de agosto del 94 mi abuela Tomasa me regaló el Diccionario de la Lengua Española. Miles de palabras ahormadas en una edición clásica y reconocible. El Diccionario, con mayúsculas. Es uno de los regalos de mi vida.
Aunque no pasa mucho tiempo sin que abra el volumen por necesidad o por ocio, ahora, por motivos obvios, consulto más la edición en línea. Además de repositorio y luz de las palabras, el Diccionario tiene algo así como un fuera de carta diario: la «Palabra del día». La del 12 de enero fue ‘ahechar’, un término con olor a oficio viejo, a campo, a desaparición. Y, con la curiosidad del inicio de la semana, de ‘ahechar’ pasé al ‘harnero’. Y de ahí al ‘harnerero’, que no es nada más [ni menos] que el profesional que construye o vende los harneros [o cribas] que se emplean para ahechar [o separar] el cereal de la paja, lo importante de lo insustancial.
Había accedido a la página del Diccionario para consultar uno de los conceptos de los que me habló Carlos Lopes en la entrevista que le hice a su paso por Madrid. El economista bissauguineano había participado en el V Encuentro de Periodistas España-África, donde había dirigido una carta abierta a los periodistas que bien se podía haber pronunciado en cualquier facultad de Ciencias de la Comunicación del mundo. Como gran titular, nos pidió que abramos bien la ventana para asomarnos y ver la realidad del continente con más amplitud, no solo quedándonos con lo obvio, con lo que nuestra mala costumbre está receptiva a recoger [hambres, sequías, golpes de Estado, corrupciones varias…], impidiendo con nuestras omisiones que la sociedad conozca lo que también está sucediendo en África.
Por eso, cuando llegué al harnerero, sentí que los periodistas deberíamos ser un poco así: constructores de herramientas que permitan cerner lo relevante de lo que no lo es, armadores de historias que merecen ser contadas [aunque a algunos no les interesen], oteadores de trascendencias que van más allá de las tablas macroeconómicas.
Tareas, todas estas, con las que no siempre cumplimos.
Gracias, Carlos, por la lección.
Gracias, abuela, por todo.