África ha muerto

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Chema Caballero (Castuera, Badajoz, 1961) ha escrito El bebedor de cerveza (Libros de las malas compañías, 2025) a partir de algo que ha constatado a lo largo de más de tres décadas recorriendo el continente: «El encuentro con Europa supuso un trauma del que el continente todavía no se ha recuperado». Sobre el presente y el futuro, el autor desenmascara el carácter urbano, juvenil y femenino de África. Estos impactos y perspectivas justifican la reflexión de la autora del presente artículo sobre la obra de Caballero.



«Si no tienes una primera esposa en un país de la Unión Europea (UE) y al menos una segunda en algún país de África negra, empieza a cuestionar tu masculinidad». Con este discurso y entre risas se las gasta un grupo de europeos negros y blancos que viajan y residen en el continente negro, territorio que desde hace siglos eligen para vivir y hacerse ricos en dinero y/o en «mujeres». Esta explotación económica «diversificada» está delineada desde que la empresa colonial y la globalización conectaran los dos continentes. Chema Caballero se escapa de este perfil villano y después de «30 años recorriendo los caminos de África» publica El bebedor de cerveza, un libro que no recoge las recomendaciones que algunos embajadores europeos se ven obligados a difundir entre los funcionarios llegados al continente: «Recuerden que están casados en Europa. […] no son necesariamente guapos, tan solo blancos […] respeten los cuerpos de las niñas y de las mujeres en base a la normativa de la UE». Ni caso.

El caso es que Caballero, columnista de esta revista y de El País, conoce África. Esta obra, la mejor de su carrera, relata el profundo contraste que existe en el continente entre la agenda de los países del golfo Pérsico, la OTAN, Rusia y China, frente al empuje de la juventud, las mujeres y la urbanización. El bebedor de cerveza sale airoso de esta amalgama de discordias gracias a su narrativa cuidadosa con ciertas sensibilidades. Se publica en una época en la que es difícil escribir sobre África sin pelearse con las personas «africanas» que la defienden, a veces sin conocerla, y porque ha muerto. Cuando el filósofo francés Michel Foucault anuncia «la muerte del hombre», se refiere al poder arrasador de las instituciones y de las normas sociales en detrimento del ser humano en su subjetividad. Caballero no es un filósofo, y menos mal. Por eso recomienda airosamente que «África no puede vivir del pasado, debe mirar al futuro y caminar hacia él». Mi pregunta, para dialogar con él, se orienta en cómo mira al futuro un continente que no revisa su pasado con sabiduría ni asume errores propios con la cabeza en alto.

África no podría someterse a este duro examen estando muerta. No la ha matado El bebedor, una obra que de­senmascara con habilidad las crueldades de la empresa colonial, la globalización y los estereotipos que del continente se tienen en Occidente. África ha muerto. No porque naciera tras una sucesión de traumas –su reparto en la Conferencia de Berlín, entre otros–, ni porque la habita una juventud empoderada y «cada vez más exigente con sus dirigentes» –­describe Caballero–. Su muerte radica en la supremacía de la comunidad y la castración del individuo, sin darse el lujo de buscar un equilibrio. De hecho, buena parte de la juventud africana de hoy –que incluye a europeos negros vinculados al continente– no duda en echar mano de prácticas tradicionales ancestrales escudándose en el antirracismo y la supremacía negra, frente a una Europa que ha agachado la cabeza como consecuencia de la deuda moral arraigada en la esclavitud negrera.

El bebedor de cerveza describe un continente cuyas instituciones precoloniales y modernas mantienen un vínculo fortísimo con las religiones. Ojalá estas lleguen a los corazones y a las mentes de europeos negros y blancos que viajan y residen allá, y que se han convertido en aliados del capitalismo en el mal sentido. Saben que los Estados europeos arrastran los índices de natalidad en números rojos y se preocupan por su impacto en el sistema de pensiones. La solución, en principio, se centra erróneamente en mujeres migrantes, receptoras –oficialmente– de ayudas económicas. Sin embargo, esos recursos reposan habitualmente en los bolsillos de sus cónyuges, quienes los capitalizan para adquirir más esposas en África y fabricar más descendientes en beneficio del capitalismo.

Con esta estrategia, «nuestros hombres» entrelazan los errores del marco legal de la UE con una práctica ancestral vigente en el continente: la compra y venta de mujeres. Y lo hacen hombres europeos jóvenes, beneficiarios de las oportunidades que les brinda Europa como ciudadanos o como población migrante. Quizás estos hombres deberían leer de un tirón El bebedor de cerveza. Descubrirían que un escritor como Caballero cree en la juventud africana. Yo, desde luego no, hasta que resucite África.

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