
Publicado por Trifonia Melibea en |
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El hechizo de zalamera me acompaña desde que asistí por primera vez a una conmemoración diplomática organizada con motivo del Día de la Hispanidad en Malabo, capital de Guinea Ecuatorial. Debutaba como mujer en tacones –por motivos protocolarios– y como escritora sin territorio ni oficio, porque en tan solo un año, a lo largo de 2016, había publicado dos novelas de acentuada obscenidad. Nadie apostaría un duro por mí, pensé entonces, hasta que más tarde me di de bruces con la precaria y cuestionada vida laboral del escritor mexicano Juan Rulfo, documentada por la escritora y académica Cristina Rivera Garza en el libro Había mucha neblina o humo o no sé qué (2017).
A Juan Rulfo (Apulco, 1917), destaca Rivera Garza, le respalda el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 1983, el Premio Nacional de Literatura de México de 1970, y una carrera artística diversificada en escritura creativa, cine, fotografía, televisión, así como al menos una decena de libros, siendo Pedro Páramo su obra más controvertida a la par que internacional. Al mexicano le avala también el escrutinio de su colectivo de lectores, enfocado en la dudosa honestidad de «para quiénes trabajó» y «dónde trabajó»: a veces lo hizo para instituciones que violentaron los derechos humanos de pueblos indígenas o que reprimieron a colectivos de trabajadores organizados en la reivindicación de sus derechos. Esta lectura está registrada en Había mucha neblina o humo o no sé qué, obra publicada con motivo del centenario del autor, y que a su vez describe a un Juan Rulfo que «sí trabajó» en cualquier oficio y en un México gobernado por la dictadura del capitalismo.
Había mucha neblina o humo o no sé qué lleva la marca de Rivera Garza, una autora con sable en mano contra la producción literaria que omite el cruce de géneros literarios o su confrontación. La mexicana, ganadora del Premio Pulitzer 2024 en la categoría de Biografía/Memorias por su destacada obra El invencible verano de Liliana, y quien se confiesa lectora de Juan Rulfo desde que fuera una niña, nos lo presenta con semblante sereno y discurso zalamero. Nos lo presenta derrotado, al igual que el panorama literario de su época. Nos lo presenta circulando como un camaleón entre una profesión y otra, alguna de reputación cuestionada. Nos lo presenta dispuesto a ganarse la vida sin dejar de escribir sobre su país en diferentes formatos artísticos.
En Había mucha neblina o humo o no sé qué, Rivera Garza no le ofrece al colectivo de lectores una cronología de Juan Rulfo en busca de empleo o corriendo por las calles de México para no llegar tarde a una entrevista. No lo presenta en tacones, asistiendo a una conmemoración diplomática organizada con motivo del Día de la Hispanidad en Malabo, capital de Guinea Ecuatorial. En el país africano de habla hispana habría descubierto, como lo hice yo, que no solo a nosotras y nosotros se nos puede preguntar de qué vivimos, en qué trabajamos y para quién lo hacemos. También se puede ser zalamero con los políticos, a los que preguntar «Oye, además de ministro, ¿en qué trabajas realmente?, «¿Para quiénes trabajas? y «¿Dónde trabajas?». Aprendí a hacerlo, a hablar durante varios minutos repitiendo lo mismo, porque el mundo de la diplomacia es de los políticos, el de las ofertas de trabajo también, así como el que limita las ofertas de trabajo a quienes ejercen una profesión que incomoda, como lo es la escritura.
Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Rivera Garza, dialoga con un Juan Rulfo que viajaba por todos los rincones de México cartografiando la miseria y el progreso. Dialoga con un padre de familia responsable. Dialoga con un escritor que incluyó a personajes mujeres y queer en un México todavía provinciano. Yo me imagino al mexicano en una entrevista de trabajo. Quizás escribiendo una novela sobre la cerrera escritora, pero sin estrenarse con los tacones como lo hice yo después de escribir dos libros de acentuado contenido obsceno y quedarme sin territorio ni oficio, pero sí zalamería literaria. A partir de entonces empecé a responder sin tartamudear a la pregunta de «Señora escritora, ¿en qué trabaja usted?». Juan Rulfo respondía con un «Yo es que trabajo…».
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