
Publicado por Chema Caballero en |
Lekatoo ha regresado a Maralal, su pueblo, en territorio samburu. Hace años, cuando era más joven, tuvo que abandonar esas tierras siguiendo un sueño. Había terminado Secundaria y sus padres, pastores, no tenían dinero para la universidad. Fue a Nairobi en busca de un trabajo que le permitiera alcanzar su deseo de ser abogado. No lo consiguió. Encadenó oficios como ayudante en tiendas. Hacía de todo: limpiar el local, ordenar estanterías, llevar pedidos y cumplir las órdenes de sus patrones. Por la noche dormía en el establecimiento para vigilar que nadie entrase a robar. Todo ello por un salario ínfimo. Pronto se hartó de ello.
Fue un conocido del pueblo quien le recomendó a un amigo barbero. Entró en la pequeña peluquería como aprendiz y fue ascendiendo mientras conocía el oficio. Pero también se cansó de aquel trabajo que tampoco le proporcionaba los medios para ir a la universidad. Por eso migró a Sudáfrica. Había oído que en las minas de ese país se ganaba mucho dinero. Se unió a un grupo de jóvenes que también buscaban en aquel El Dorado una oportunidad para mejorar sus vidas y ayudar a sus familias.
Los años en la mina fueron duros, confiesa. Largas horas bajo tierra, sin ver la luz y siempre expuesto al peligro de un derrumbe. Algunos de los paisanos con los que viajó murieron sepultados bajo toneladas de roca. Reconoce que él tuvo suerte. El salario era bueno, pero la vida en el campamento minero muy cara. Pagar alojamiento y comer dejaban poco margen para guardar.
El tiempo pasaba, los ahorros eran pocos y la dureza del trabajo invitaba a gastarlos el fin de semana en los bares de la zona. Lekatoo asumió que su sueño de ir a la universidad nunca se haría realidad. Un fuerte sentimiento de derrota, sumado a la soledad en la que vivía, se fue apoderando de él. Además, veía cómo su salud se deterioraba: las malas condiciones de trabajo, los gases inhalados y la dureza de la vida en el campamento contribuían a ello.
Finalmente, se armó de valor y, contra el consejo de sus compañeros, decidió regresar a su país. Ahorró durante algunos meses hasta conseguir la cantidad que le permitiría costearse el viaje y establecerse de nuevo en su pueblo.
Llegó primero a Nairobi, donde compró todo lo necesario para montar una peluquería en Maralal. Siguió camino. Al llegar a casa, muchos de sus vecinos y conocidos pensaron que habría vuelto rico. Pronto se dieron cuenta de que no era así y algunos se rieron de él. No le importó. Con unos cuantos paneles de zinc de los que se utilizan para techar las casas, construyó un local que decoró con un gran espejo y muchos pósteres que muestran distintos estilos de corte de pelo y algunas citas religiosas. Lekatoo asegura que ahora es feliz. Se ha casado, tiene un hijo y se gana bien la vida.
Fotografía: Chema Caballero