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La ONU reconoce la trata africana de esclavos como el crimen de lesa humanidad más grave de la historia.



El 25 de marzo, la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) aprobó la Declaración sobre la Calificación de la Trata de Africanos Esclavizados y la Esclavitud Racializada de Africanos como el crimen de lesa humanidad más grave cometido jamás. La iniciativa, presentada por una coalición de 60 países del sur global liderada por Ghana, obtuvo 123 votos a favor, 52 abstenciones y tres sufragios en contra. La fecha de la aprobación está, además, cargada de simbolismo. En 2007, la ONU designó el 25 de marzo, a través de la resolución 62/122, como Día Internacional de Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de Esclavos.

A pesar de que son muchos los documentos que se han aprobado en el seno de la ONU y en otras organizaciones internacionales con referencias a la trata esclavista, este constituye el primer texto dedicado de forma íntegra a la cuestión. La declaración pone de manifiesto cuatro aspectos centrales. En primer lugar, la condena de la trata de esclavos y su catalogación como el crimen de lesa humanidad más grave por «su magnitud, duración, carácter sistémico, brutalidad y consecuencias duraderas», tal y como recoge la declaración. En segundo lugar, la necesidad de una justicia reparadora que va más allá de los aspectos económicos, pues incluye la petición de disculpas, las garantías de no repetición y la restitución de bienes culturales. En tercer lugar, el reconocimiento del carácter «generalizado de la trata de africanos esclavizados», es decir, los impactos diferenciales que tuvo en mujeres y niñas africanas. Y, en cuarto lugar, la pervivencia de las consecuencias de la trata en las dinámicas globales actuales y en las poblaciones africanas y afrodescendientes, en especial, a través del «racismo estructural, las desigualdades raciales, subdesarrollo, marginación y disparidades socioeconómicas».



Entre la abstención y el rechazo

El texto tuvo solo tres votos en contra: Estados Unidos, Israel y Argentina. El embajador Dan Negrea, representante estadounidense ante las Naciones Unidas, aseguró en su intervención que, a pesar de que su país condena los agravios históricos de la trata esclavista, su voto en contra se justifica en el no reconocimiento del «derecho legal a recibir reparaciones por agravios históricos que no fueran ilegales según el derecho internacional en el momento en que se produjeron», algo en lo que se muestra en desacuerdo Gerald Horne, profesor de la Universidad de Houston, entrevistado por DW, quien argumentó que «el principio del derecho estadounidense establece que, cuando se comete una injusticia, debe haber una reparación. La injusticia fue la esclavitud de millones de personas. La reparación son las indemnizaciones». Negrea añadió en su intervención que el rechazo al texto de la declaración también se justificaba en su oposición al «intento de la resolución de establecer una jerarquía entre los crímenes contra la humanidad», dado que consideran que no es una competición y es incorrecto desde un punto de vista jurídico.

En la misma línea se ha pronunciado Gabriella Michaelidou, representante de Chipre y encargada de hablar en nombre de la Unión Europea (UE), cuyos miembros suponen la mayoría de las 52 abstenciones, acompañados por Reino Unido, Japón, Canadá o Suiza. En su intervención, Michaelidou afirmó que el texto suscitaba una «serie de cuestiones jurídicas y fácticas que no podemos pasar por alto», como la falta de precisión jurídica por el empleo de términos superlativos –en alusión al uso de «más grave»– o la inclusión de referencias a la jurisprudencia histórica regional y la supuesta interpretación selectiva de acontecimientos históricos –por la mención, entre otros, a las bulas papales Dum Diversas y Romanus Pontifex, al documento portugués Pieza de Indias o el Asiento de Negros español–. La representante europea llegó a afirmar que «el papel de la Asamblea General no es sustituir el debate académico entre historiadores» y que las afirmaciones jurídicas, en opinión de los miembros europeos, son inexactas o incompatibles con el derecho internacional, en especial con relación a la reclamación de reparaciones. 

Ante la respuesta de la UE, el profesor Horne se mostró decepcionado, afirmando que «el colmo del cinismo es el voto de países como el Reino Unido, Portugal y España, cuyo nivel de vida actual, en la modernidad de hoy, está directamente vinculado a la trata ilimitada de esclavos africanos».

Grabado del Brookes, un barco británico que traficaba con personas esclavizadas. En la imagen se aprecia la disposición de las personas transportadas desde África. Fotografía: Getty. En la imagen superior, el presidente ghanés, John Dramani Mahama, ha liderado la aprobación de la declaración en la ONU. En la imagen, durante una intervención en la Asamblea General de la organización. Fotografía: Getty




La pervivencia de las consecuencias

John Dramani Mahama, presidente de Ghana, escribió una columna en The Guardian unos días antes de la votación. En ella, el político e historiador ghanés, sostenía que «África aporta a este debate una perspectiva forjada por sus propias tradiciones intelectuales y morales, según la cual, la injusticia no desaparece simplemente con el paso del tiempo, sino que requiere un esfuerzo deliberado para abordarla y subsanarla. Esta perspectiva concuerda con los principios generales del derecho internacional y los derechos humanos, que afirman que ciertos agravios exigen una rendición de cuentas duradera». Sus palabras se adelantaron así a algunos de los argumentos que, unos días más tarde, esgrimieron aquellos países que se abstuvieron o votaron en contra. 

Con el argumento de Mahama coinciden muchos otros políticos y diplomáticos. Hace ya cinco años, el turco ­Volkan Bozkir, presidente de la Asamblea General de la ONU entre 2020 y 2021, afirmó que «ese trauma es hereditario. Los descendientes de los 15 millones de víctimas de la trata transatlántica de esclavos no solo tienen que lidiar con el dolor y la pena de sus antepasados, sino que cada día navegan por un mundo construido por ellos, pero no para ellos». 

La cuestión es si la declaración aprobada por Naciones Unidas el pasado mes de marzo podrá dar lugar a reparaciones significativas. ­Ndubuisi Christian Ani, investigador del Instituto de Estudios de Seguridad de Adís Abeba (Etiopía), afirma que «para que las reparaciones sean duraderas, es necesario abordar el racismo interiorizado y el complejo de inferioridad profundamente arraigado que generaron la esclavitud y el colonialismo».

El debate, político y económico, también ha tenido derivadas en las artes, entre ellas la literatura. La escritora ghanesa Yaa Gyasi recogió de forma magistral 400 años de esclavitud en la novela Volver a casa (Salamandra, 2017): «Antes de partir, el hombre al que llamaban “gobernador” la miró y sonrió. Era un gesto amable, de lástima pero sincero. Sin embargo, durante el resto de su vida, cada vez que Esi veía una sonrisa en un rostro blanco, recordaba la cara del soldado antes de que se la llevara a su cuarto. Le venía a la memoria que la sonrisa de un hombre blanco significaba que la siguiente ola traería males mayores».

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