Mary Kyere Kusi Agyeiwaa: «No puedo olvidar de dónde vengo»

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Mary Kyere Kusi Agyeiwaa, técnica de proyectos



«Me llamo Mary Kyere Kusi Agyeiwaa. Nací en Ghana y a los ocho años me mudé a España, donde llevo más de dos décadas. La mayor parte de mi vida la he pasado en Vitoria-Gasteiz. En la actualidad soy técnica de proyectos en la Asociación Africanista Manuel Iradier y coordinadora del Festival Vasco de Cines Africanos Afrikaldia».


Llegaste a España con ocho años. ¿Cómo recuerdas aquel momento?

Vine a España por agrupación familiar a vivir con mi tío. Estábamos muy contentos con la decisión. En Ghana, como en la mayoría de países africanos, la idea de venir a Europa es fascinante. Yo veía mucho la tele y, en mi mente de niña, Europa era como un gran centro comercial en Navidad, con sus luces, la nieve, la gente ajetreada comprando regalos, patinando en pistas de hielo, todo risas, todo alegría. Hasta que aterricé y vi que todo era diferente: las personas, la cultura, las costumbres, el idioma… Al principio fue difícil asimilar la distancia con mi familia y aprender el idioma me costó bastante. Mi tío, que era como mi padre, me hizo hablar solo en castellano, para que aprendiera. Mi infancia fue una montaña rusa emocional. Con el tiempo me fui adaptando, pero siempre había alguien, ya fuera una persona mayor o alguien de mi edad, que me recalcaba que no pertenecía a este lugar, que era una persona extraña, que no tenía que estar aquí.  



¿Cómo te lo señalaban?

Recuerdo cuando un niño de mi clase en el recreo me dijo «negra» con desprecio. Aquella palabra, que para mí hacía referencia a mi identidad, para él era una forma de ofender. No fue la palabra, sino la forma de decirla, la mirada. Allí me di cuenta de que era diferente y que esa diferencia no le gustaba nada. En Primaria y en la ESO fui la única negra en clase. En aquella época no había tantas personas negras como ahora en Vitoria-Gasteiz. Por lo demás, todo iba bien. En aquel momento tuve la suerte de conocer a mi mejor amiga, que es colombiana, y conectamos muy bien porque sentíamos que las dos éramos «extranjeras». Agradezco estar con gente que me ha querido mucho y siempre me ha hecho sentir bienvenida. He tenido que aprender a navegar en los microrracismos cotidianos que atraviesan incluso los entornos más amables, pero he tenido la suerte de no experimentar un racismo tan fuerte como el que han tenido que sufrir otras personas que conozco.   



¿Qué le diría la Mary de 28 años a la niña que vivió aquel episodio en la escuela?

Que la diferencia hace lo especial, que tenga en cuenta sus raíces como mujer negra, ghanesa y africana, que tiene que sentirse orgullosa. Ahora me siento súper orgullosa de conocer la historia de mi país, de conocer su cultura y la riqueza que tenemos.



Este orgullo que sientes ahora, ¿cómo se ha ido desarrollando?

Por el apoyo que he tenido, por la gente que me ha querido y me ha empoderado. Cuando llegué fui perdiendo el contacto con mi familia en Ghana y en Vitoria-Gasteiz no había muchos ghaneses. Pero fueron llegando más y se creó una comunidad. Había unas gemelas, que ya son como mis hermanas, que fueron un referente para mí por cómo se apoyaban entre ellas, cómo luchaban y no se dejaban machacar. Cuando fui creciendo encontré a otros referentes, mujeres famosas, escritoras o actrices que estaban empoderadas y mostraban toda esa riqueza cultural que tenían. Me ayudaron a saber que estaba bien ser diferente. 

Mary Kyere Kusi Agyeiwaa el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo



¿Mujeres como quién?

Estando ya en la universidad me gustó mucho la escritora ghanesa Yaa Gyasi. Me encantó su novela Volver a casa, que cuenta la historia de dos hermanas y sus descendientes desde etapa colonial hasta la actualidad. Cuenta muy bien la historia de Ghana, con toda su riqueza, y me sentí muy identificada con algunas partes del libro. Es una historia real con un poco de ficción que me hizo querer mucho más mi país, mi cultura y mis raíces. 



Has mencionado cómo te afectaban experiencias de racismo que sufrían otras personas. ¿Esa empatía te llevó a enfocarte profesionalmente en la justicia social?

Vino de lo que he vivido, de todas las injusticias que suceden y de lo que he ido viendo a lo largo de mi vida y en las redes sociales, en la tele… ¿Por qué tiene que pasarnos todo esto a nosotros? También me preocupaba la corrupción dentro de mi país y cómo los estados más grandes se aprovechaban de los pequeños por la fuerza. Ante todas esas injusticias quería contribuir y aportar mi grano de arena, lo que me llevó a estudiar Ciencias Políticas y Gestión Pública. Quería comprender cómo funcionan los sistemas de poder, por qué hay sociedades, no solo africanas, que siempre están por debajo, y cómo se toman las decisiones que afectan a nuestras vidas. Quería contribuir también a valorar lo que somos y lo que tenemos, y no dejarnos pisotear por la gente que piensa que somos menos solo por ser negros. Durante la carrera me interesé por las relaciones internacionales y la cooperación al desarrollo. Mi intención siempre ha sido ser parte de los espacios donde se generan cambios. Ahora en la Asociación Africanista Manuel Iradier estamos haciendo proyectos de cooperación y ayuda humanitaria en Guinea y en la República Democrática del Congo. Considero que los proyectos de sensibilización que impulsa también la Asociación son fundamentales para conocer mejor el continente africano y desmontar estereotipos. Si durante mi infancia hubiera habido actividades de este tipo en mi colegio o en mi entorno, me habría resultado más fácil valorar mi identidad desde una edad temprana. Uno de los espacios en los que me he sentido reconfortada y que me ha ayudado a reforzar mi identidad es el Consorcio África Gasteiz, formado por 18 asociaciones africanas, del que formé parte dentro del equipo de coordinación. El Consorcio organiza la Semana de África en torno al Día Internacional de África, que celebramos todos los años el 25 de mayo.



En la actualidad eres coordinadora del Festival Vasco de Cines Africanos Afrikaldia. ¿Qué es para ti el cine y cómo es tu experiencia con este festival?

Nunca he sido una friki del cine, pero siempre me ha gustado, y cuando conocí este festival, que estaba trayendo cine africano a una ciudad pequeña como Vitoria, para mí fue una oportunidad para conectarme con el continente, con mi país y con otras realidades. Mi relación con Afrikaldia ha crecido con el tiempo. Empecé como responsable de producción y poco a poco asumí tareas de gestión, administración y, finalmente, de la coordinación del Festival. Creo que el cine es una herramienta muy potente para sensibilizar, para mostrar diferentes realidades de África, que es muy grande y tiene diferentes contextos, riquezas y culturas. Y es una herramienta que también permite entender a las personas africanas inmigrantes que están en Vitoria-Gasteiz. El Festival trae a directores y directoras, a escritoras y productores que presentan sus películas, que dialogan con el público y ofrecen un contexto para que se entiendan mejor sus historias. Este año tendremos la sexta edición. El Festival ha ido creciendo mucho: más invitados, más público, más equipo y con un contenido cada vez más rico. Aprendes mucho, te abre la mente y la mirada. Afrikaldia representa para mí un espacio de encuentro, diálogo y reflexión sobre las realidades del continente africano y su diáspora, donde las personas escuchan historias, se conmueven, se cuestionan y aprenden. Para mí son fundamentales los proyectos que ofrecen un conocimiento más profundo sobre el continente. Redacté y coordiné junto a dos asociaciones africanas un proyecto de sensibilización ecológica sobre los vertederos electrónicos en África, poniendo el foco en Ghana y Camerún. Hicimos un documental que se puede ver en YouTube con el título África ­Destino 2.0.

Mary Kyere Kusi Agyeiwaa el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo




Además, has tenido una experiencia como cooperante en Ecuador. Háblame de ella.

Fui seleccionada para una beca del Gobierno vasco y me fui durante tres meses a San Isidro, en Manabí, a un proyecto llamado Raíces y Sueños que intenta preservar la cultura autóctona, su arte, su danza y su música. Han construido una pequeña casita y la iniciativa la llevan jóvenes que intentan mantener viva la cultura manabí de sus padres y sus abuelos con el objetivo de que no se pierda. Hacían entrevistas a personas mayores en comunidades que estaban apartadas y les preguntaban, por ejemplo, sobre las medicinas ancestrales que utilizaban a base de plantas. Había entrevistas en las que yo casi lloraba de la emoción. Me pareció súper bonito, me marcó y me hizo darme cuenta de que yo no sabía tanto de mi propia cultura, lo que me hizo querer seguir aprendiendo.



Y hace unos meses volviste, al fin, a tu país, Ghana, 20 años después de haberte marchado. ¿Cómo fue esa vuelta?

La verdad es que fui con un poco de miedo. No sabía lo que me iba a encontrar y cómo me iban a recibir. Pero era una experiencia que tenía que vivir. Volví a ver a mi madre, a mi abuela, a mis hermanos y sobrinas. La primera semana la pasé visitando a todos mis familiares y fue volver a conectar y darme cuenta de lo que echaba de menos todo aquello. Fue una manera de darme cuenta de que nunca puedo olvidar de dónde vengo, de todo lo que hay detrás de mí. Me sentí muy agradecida por lo que tengo, por lo que soy y por lo que he conseguido a lo largo de la vida. Me dio fuerza para seguir luchando, para hacer que los míos se sientan orgullosos de mí y que yo también pueda aportarles a ellos.   





Con ella


«Esta es la tarjeta de embarque de mi viaje de regreso a Ghana, la del vuelo de Madrid a Accra, en agosto de 2025. Es muy importante para mí. Simboliza la conexión entre mi familia de aquí y de allá. Representa mis dos realidades: que me he criado en España, pero que en Ghana también está mi hogar. Para mí es tan importante mi presente como todo lo que he tenido que dejar atrás».





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