
Publicado por Javier Sánchez Salcedo en |
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Bueno, creo que era una niña enfadada con la situación del mundo, con las cosas que no alcanzaba a entender, no sé si por tener una sensibilidad especial o qué. Decidí estudiar Trabajo Social desde el idealismo, al conocer que había instituciones que ayudan a la gente a nivel estatal o privado. Pero luego vi que no me terminaba de motivar por el ambiente, por la manera de tratar a las personas como usuarios, todo bastante frío… Lo que siempre había querido estudiar era arte, creo que es otra manera de acercarse a las personas, a su manera de pensar, de ver, de sufrir, de expresarse en el mundo a través de creaciones artísticas, manifestaciones plásticas, fotografía, cine o pintura. Siempre he tenido dentro ese componente social de querer cambiar las cosas, he seguido siendo esa niña enfadada e inconformista y, al final, he acabado creando una galería en la que expongo fotografía con un contenido social brutal. Soy una persona naturalmente pesimista, pero siempre he pensado que a través del arte había cierta luz. Aunque la situación está mal y es muy difícil cambiar las cosas, hay gente consciente que no habla en conferencias sino que hace obras de arte para manifestar lo que tiene dentro. A veces las palabras no son suficientes para expresar y contar contextos.
Para mí era una idea muy básica. Si vamos a hablar de Afganistán, buscamos fotógrafas afganas. Esa fue la primera exposición: Hazara. Autoficción y costumbrismo en Afganistán. Si vamos a hablar de Sudán, vamos a buscar fotógrafos de Sudán. Estamos acostumbrados a la mirada colonial hacia lo que ocurre allí, a lo que normalmente hacía una persona de Occidente, un europeo o un americano que iban allí a traducir la realidad en su manifestación artística. Pero mostrar lo que crea la gente local es otra manera de contar las realidades. Otro punto importante es que nuestras exposiciones no se centran solo en la experiencia estética, aunque también la busco, porque creo que es más fácil que a la gente le entren las cosas a través de cierta belleza, sino también crear pensamiento crítico. No simplemente «qué bonita es esta foto, la pondría en el salón porque va a quedar muy bien». Puede quedar bien y encima contar una historia.
Siempre estuvo bullendo dentro de mí y llegó de la mejor manera posible, a través de Beatriz, de Balqís, una librería maravillosa especializada en Oriente Próximo y África. Le dije: «¿Qué te parece si hago exposiciones de los temas de la librería para contar estas otras realidades?». Y así surgió. Contar con este espacio me permite seguir teniendo mi trabajo «de persona normal» en el sector de la impresión y, a la vez, trabajar en la galería por las tardes y los fines de semana montando las exposiciones y haciendo visitas guiadas. Además, si alguien se interesa por el tema, es maravilloso que pueda subir las escaleras y encontrar libros para seguir aprendiendo sobre lo que ha visto en la exposición.

[Se ríe] Infinito. Le dedico muchísimo tiempo. Mentalmente es algo muy motivante y agotador. Estoy constantemente maquinando, cuando voy en el tren de camino al trabajo, cuando vuelvo, pensando en el concepto de la exposición y el enfoque que quiero darle, en un texto, en que tengo que escribir al fotógrafo, que le voy a entrevistar de tal manera… Mi cerebro no deja de pensar en esto. Al final es mi vocación, mi actividad principal, lo mejor que creo que puedo llegar a hacer.
Sí. Cuando se necesitan manos, siempre viene alguien a ayudar, pero yo busco a los fotógrafos, selecciono las obras, hablo con ellos, les entrevisto, establezco con ellos una relación en la que podemos estar meses para averiguar quiénes son, no solo qué tipo de fotografías producen y por qué las hicieron. Después mando las fotografías a un impresor maravilloso, José Quintanilla, totalmente motivado con la causa, pero soy yo quien las enmarca, las cuelga, pinta las paredes, hace todo el montaje, todo el diseño de la exposición, el material gráfico, las notas de prensa. Soy yo la que habla con la gente, organiza las visitas y las lleva a cabo…
Siempre me he sentido muy cercana al mundo pérsico más contemporáneo y decidí empezar por lo que ya conocía. Encontré a Mahnaz y a Somayeh, dos fotógrafas que están en Afganistán, en la montaña, que son campesinas, sin formación y sin nada, pero dos fuera de serie absolutas. Ordeñan animales y hacen abono a la vez que fotografías. Las encontré por redes sociales, que es como casi siempre encuentro a la gente. La situación de la mujer era un tema que yo ya conocía y encontré en ellas una carga de denuncia brutal de lo que hacen los talibanes. Sudán me encontró a mí. Sabía que anteriormente había habido una revolución social muy fuerte, protagonizada por mujeres principalmente. Luego llegaron las noticias de la mal llamada guerra civil, que en realidad es una guerra contra la población civil de Sudán por parte de dos señores de la guerra, y me empecé a interesar por cómo se había pasado de cien a cero tan rápido. Me metí en el mar de las redes sociales y empecé a encontrar fotógrafos sudaneses maravillosos para contarlo. Fue muy difícil elegir entre tantos. Se me fue de las manos y acabé haciendo una exposición [Resistencia en la memoria. Visiones de Sudán] con nueve de ellos, con más de 60 fotos en diferentes tamaños. La última exposición, Darfur. El cosmos interrumpido, surgió cuando un fotógrafo de Al Fashir me escribió. Pensé que era el prefacio perfecto para la expo anterior. La próxima será con un fotógrafo que está en Gaza, y la siguiente con dos chicas etíopes, espero que para mayo.

La mayoría se entregan incondicionalmente. Los más precavidos quieren saber más sobre quién soy. Hay gente que no ha expuesto nunca, pero a mí me da igual quién es famoso o quién tiene más seguidores. Mi trabajo con sus fotos increíbles es hacer una historia visual para que la gente aprenda sobre estas realidades. Tengo que hablar mucho con ellos, es un proceso muy lento, con conversaciones muy artesanas. Confían en mí y están deseosos y muy agradecidos de que la gente vea sus fotos.
Están teniendo bastante repercusión humana, que al final es la que a mí me interesa. Que venga la gente y salga emocionada. A veces salen casi con los ojos llorosos, que no es lo que busco, pero es bonito porque no creo que esa reacción venga de la pena, sino de la conexión que consigo que tengan con los fotógrafos y los fotografiados. Que salgan dando gracias porque no conocían estas realidades para mí es lo máximo, sean dos personas, 20 o 30. Intento fomentar que hablen directamente con los fotógrafos. No quiero el monopolio del discurso, sino tender puentes, que alguien de repente mande un mensaje de apoyo o reconocimiento a un fotógrafo en Darfur. La idea de llamarlo galería no viene tanto de la intención comercial, sino de que estos fotógrafos tienen la misma dignidad que cualquier otro y sus fotografías pueden estar en un ambiente expositivo. También trato de que no se queden solo en el espacio de la galería. Las fotografías de Afganistán están de gira con Amnistía Internacional por España, y la expo de Sudán ha estado en The Africa Center de Nueva York, en la Quinta Avenida. Son pasos que parecen muy pequeñitos, pero son enormes. No sabemos realmente la repercusión que puede tener.
Todas son necesarias. A veces lanzo la crítica de que solo se cuente desde el punto de vista europeo occidental, pero creo que hay fotoperiodistas de fuera que son maravillosos, que están totalmente concienciados y hacen un trabajo responsable, no un trabajo de extracción de información. Se diferencian en los temas. El periodista de fuera va al acontecimiento, a la guerra, a la milicia, al campo de desplazados. Pero cuando tratas con fotógrafos de allí, a menudo fotografían simplemente la vida cotidiana. Es algo tan simple como eso. El «no evento», dentro de un evento muy grande. Pienso en las imágenes que han captado los fotógrafos sudaneses en Omdurman sobre cómo la gente trata de seguir adelante con su vida en una ciudad que está en medio de dos frentes que están bombardeando. Hay unas rosas junto a un muro ametrallado y sacan una foto de esas rosas. Eso un periodista de fuera no lo va a hacer. O ponen a un familiar en una determinada escena para transmitir esperanza en medio del conflicto. Muchas veces son fotos que no estaban destinadas a ser enseñadas, que simplemente las han hecho para ellos mismos por necesidad, para expresarse o para denunciar, aunque sea al aire. Hay una pureza en este tipo de fotos increíble. Y un periodista de fuera no puede hacer eso.

«El teléfono es lo que me conecta con África, con Afganistán… A los fotógrafos no los conozco personalmente, todo es a través del teléfono. Con él tengo la primera visión de las imágenes, la primera comunicación, la primera aceptación. Y con la broca acabo colgando sus fotos en las paredes de la galería. Así termina el proceso para que la gente pueda ver estas historias. Empieza con un mensaje y acaba metiendo un taco en la pared».
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