
Publicado por Javier Sánchez Salcedo en |
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He crecido entre dos mundos, un proceso que he vivido unas veces bien y otras muy mal. Al final me he reconciliado bastante con la idea de no sentir una pertenencia total a ningún sitio. He aprendido a verlo como algo positivo, pero no siempre lo he llevado bien. Crecí en los 90 en un país en el que nunca se me ha considerado realmente de aquí y donde siempre se ha destacado lo que me hace no española. Durante bastante tiempo no quise identificarme con lo español porque no me sentía parte de esto. Ahora, con 33 años, sí siento que tengo muchas cosas bonitas de Valencia, del legado de mi madre, que ahora admiro. Pero aún no siempre es fácil sentir que pertenezco a este país.
Una de las cosas que me han pasado es que nunca nadie ha puesto en duda el parentesco entre mi padre y yo, pero mi madre nunca ha sido mi madre. Todas mis amigas blancas han sido en alguna ocasión hijas de mi madre: cuando íbamos a un supermercado, en una cafetería, en el cine… Mi madre siempre era la madre de una amiga mía blanca, no la mía. Hoy seguiría pasando. Ella se enfada muchísimo con eso.
Depende mucho del contexto. De todos modos, no me gusta tener debates sobre racismo basados en anécdotas, porque las anécdotas se rebaten fácilmente. El racismo es estructural y es mucho más interesante abordarlo desde la estructura. Las anécdotas son importantes porque nos ayudan a empatizar, pero no es suficiente. Lo que te he contado no es algo inocuo, no es una tontería, porque sucede todo el rato. Son esas pequeñas cosas que alguien puede pensar que no son microagresiones, pero lo son. Y sé que a veces no parten de un sentimiento feo, como el hecho de tocarme el pelo o de fotografiarme porque a alguien le parezco exótica, algo que me ha pasado en muchos sitios, no solo en España. Es increíblemente violento y me ha pasado miles de veces. Yo no me acerco a nadie que tiene el pelo liso y se lo toco en mitad de la calle. No se me ocurriría jamás, no me siento con ese derecho, y me parece increíble que otra gente sí que se sienta con él, que sienta esa superioridad. Pero al final uno tiene que escoger sus batallas y yo escojo si me quiero enfadar o si no me compensa en ese momento. En ese caso, si puedo, respiro profundo y lo dejo pasar porque sé que me va a fastidiar el día, pero a veces no me da la gana, porque sé que se lo va a hacer a otra persona.

Al final está mi perspectiva y la de la otra persona, y hasta que no haya un poco de diálogo es muy difícil avanzar. Siento que faltan espacios en los que, sin confrontación, la gente se escuche y aprenda a conocerse de verdad. Creo que, en general, falta mucho en Europa para que la gente aprenda a conocerse. Tenemos barrios con mucho mestizaje y mucha diversidad, pero no conocemos a nuestros vecinos, y desde el desconocimiento es de donde parten casi todas las cosas malas. Vivimos en barrios cada vez más hostiles, de forma cada vez más individualista. Tenemos menos parques, menos lugares de encuentro públicos y gratuitos, interactuamos menos, nos conocemos menos y eso no ayudará jamás a la convivencia.
Sí, ese sentimiento de no pertenencia que te contaba es una de las razones por las que me fui a Londres cuando cumplí 18 años. Regresé aquí para estudiar, pero me volví a ir de Erasmus a París y me quedé allí bastante tiempo. También pasé una temporada en Brasil. Nunca me he sentido de ningún lugar. Ciudades grandes como Londres o París son un poco de nadie, tienen mucha diversidad. En Londres flipé cuando me atendió una persona negra en el banco. Aquí hemos crecido prácticamente sin referentes. Tuve un profesor negro por primera vez en Bachillerato. Y fíjate la relación tan estrecha que tiene España con Guinea Ecuatorial, aunque no nos guste hablar de ello. Resulta que el padre de este profesor había sido profesor de mi padre en Baney, su pueblo en Guinea Ecuatorial.
Me considero súper privilegiada porque creo que las historias de migración de personas de Guinea Ecuatorial en España son muy diferentes a las de otras. Nosotros hemos sido una provincia española, mi padre creció con nacionalidad española, pudo venir con mayor facilidad, el lenguaje le ayudó a integrarse y aquí somos una comunidad enorme. Esto cambia mucho las cosas. Mi padre es profesor, tengo tíos que son abogados, otros arquitectos… Mi padre siempre vestía muy elegante para dar clase, una costumbre muy africana. Le gustaba llevar maletín y a todos los críos del barrio eso les llamaba mucho la atención. Probablemente les cambió la mentalidad, porque ellos solo habían visto a personas negras en situaciones altamente precarias. Los periodistas hemos estado jugando mucho a destacar de las personas migrantes solo su condición migratoria y su sufrimiento y nos olvidamos de que son muchas cosas más. El relato de los medios de comunicación nos reduce siempre a los eternos «recién llegados». Y no es real. Mi padre, que tiene ahora 72 años, fue el primer hombre negro de mi barrio en Valencia. Son muchos años de historia aquí. Mostramos una pequeña parte de una foto mucho más grande y reducimos África a un lugar desde el que hay que escapar todo el tiempo. Trabajo en cooperación y soy la primera que intenta no romantizar África, pero a veces es desesperante ser una persona negra y ver las noticias en España. ¿Cómo es que siempre somos los recién llegados? No puede ser.

Siempre me ha encantado contar historias. Creo que no se puede ser periodista sin ser extremadamente curioso y yo he sido la niña tocapelotas preguntona toda mi vida. Hablo con una piedra. Soy capaz de entablar una conversación con cualquier persona sobre cualquier cosa, siempre estoy obsesionada por entender. Hice las prácticas en el Departamento de Comunicación del Museo del Traje de Madrid y en una revista de moda, donde pude hablar sobre la moda más allá de las fronteras de Occidente. Ahí nació mi obsesión por la importancia del archivo y de la memoria. ¿Quién tiene derecho a la memoria? Yo solo tengo seis fotos de la familia de mi padre en Guinea Ecuatorial: una de él tomando la comunión en una iglesia, otra suya de carné, una de mi abuelo y tres de otros familiares. Jamás he visto una foto de mi abuela, de quien llevo el nombre. No sé qué aspecto tuvo Antonina.
Hice un proyecto de máster sobre cómo evoluciona el traje con el colonialismo, cómo este cambia estéticamente toda la isla de Bioko, analizando cómo se pasa de los cuerpos desnudos a los cuerpos vestidos según criterios occidentales. La moda tenía mucho que ver con toda la empresa colonial y con el poder. Casi todas las fotografías que encontré para el proyecto fueron hechas por españoles, desde su mirada. Encontré muchas imágenes en blogs que romantizan la época de la colonia. Yo no tengo prácticamente fotografías de mi historia y la mayoría de la gente de cierta edad de Guinea Ecuatorial tampoco. Por eso creo que es tan importante recuperar el archivo. Es nuestra memoria y la necesitamos para contarnos. A mí me fascina recuperar documentos que muestran cómo fue la isla de Bioko, entender el pasado e intentar encajar las piezas del puzle, aunque nunca vaya a estar completo del todo.
BLK Archive es una página web en la que cuelgo estas historias que me parecen importantes para cuestionar las narrativas heredadas. Es interesante hacer una comparativa entre cómo se nos ha narrado y cómo nos narramos nosotros. El archivo se trabaja mucho desde la academia, pero a veces falta esa parte divulgativa en la que los periodistas podemos hacer un trabajo excelente, sintetizando la información y aprovechando los nuevos formatos de comunicación para que llegue al mayor público posible. La idea detrás de BLK Archive es generar un espacio dedicado a nuestra memoria y mostrarla en un formato visualmente atractivo en el que una persona pueda descubrir lo que no le habían contado. Eso también nos ayuda a cambiar la forma en la que nosotros mismos nos vemos. Siempre ha sido muy difícil hacerlo desde una mirada positiva. Creces luchando entre lo que tú crees y lo que el mundo te está enseñando sobre ti, dos versiones que a menudo no casan. Por eso es importante que nos contemos nosotros mismos. Nos lo merecemos. Cuando estás estudiando, Guinea Ecuatorial son dos frases en un libro de texto de Historia y ya. Y no lo entiendes. Reducirte a dos frases en un libro de texto es borrarte, y eso no tiene ningún sentido cuando has crecido escuchando un montón de historias de tu familia, de la isla y de tu gente en España. ¿Dónde está todo eso? Tenemos el derecho a recordarnos y también a reivindicar que estamos.

«Esta polaroid se la saqué a mi padre en un viaje hace poco. Él ha sido de muchísima ayuda en mi proyecto de recuperación de la memoria. El libro, del fotógrafo senegalés Mama Casset, representa todo el trabajo que se está haciendo por recuperar archivo, como en Senegal en este caso. Me volvería loca si un día alguien de repente me dijera que ha encontrado una foto de mi abuela».
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