
Publicado por Sebastián Ruiz-Cabrera en |
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¿Puede un cortometraje conversar sobre la tragedia sin caer en lo superficial? En Butterfly, Florence Miailhe lo hace transformando la vida de Alfred Nakache en una delicada experiencia visual sobre la memoria y la supervivencia.
Esta película de animación se inspira en la historia de este nadador judío argelino, nacido en Constantina, que compitió en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 y que, años más tarde, fue deportado a Auschwitz. Nakache sobrevivió al horror nazi y volvió a competir después de la guerra, convirtiendo su trayectoria en un testimonio extraordinario de resistencia. La película no reconstruye de forma lineal la vida del deportista, sino como un flujo de recuerdos que emergen mientras un hombre nada en el mar. Cada brazada abre una imagen del pasado: la infancia, el deporte, el amor, la persecución, la deportación y el retorno. El agua funciona como un refugio, pero también como el impulso vital para avanzar incluso después del trauma.
En esta obra, Miailhe, reconocida por su trabajo artesanal con técnicas pictóricas, anima la película a partir de pintura al óleo y arena que se moldea bajo la cámara. Esta textura cambiante convierte las imágenes en materia viva: aparecen, se borran y renacen como los recuerdos. Nominada al Oscar como mejor cortometraje de animación, esta joya condensa en pocos minutos una historia atravesada por el antisemitismo, el colonialismo, el exilio y la memoria del Holocausto.

Nadie dijo que, debido a la irrupción de lo digital, producir una película fuera una empresa sencilla. Quizás un ejemplo radical de ello es el del documental Truck Mama, que ha visto la luz después de más de una década. Allá por 2011, la película comenzó su andadura en diversos foros cinematográficos para buscar financiación. Y también hay algo de metáfora, porque su directora, Zippy Nyaruri, muestra las dificultades de ser mujer y trabajar en un sector masculinizado como el del transporte –igual que el cine–. La audacia femenina recorre grandes ciudades fronterizas y capitales y rompe tabúes, tanto detrás de la cámara como en las carreteras. La keniana Nyaruri ha sabido reflejar en 85 minutos la realidad –a veces demasiado impostada– de Eva (Evaline Wambua Mutuku): una madre valiente dispuesta a hacer cualquier cosa por el éxito, incluso conducir su camión hasta el lejano Sudán bajo unas deficientes condiciones de seguridad.
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