«África no está emergiendo, siempre ha tenido potencial»

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Jennifer Nansubuga Makumbi, escritora 



Por Soraya Aybar Laafou 



La escritora ugandesa Jennifer Nansubuga Makumbi ha presentado en España su primera novela traducida al castellano, La primera mujer, editada por Deleste. Durante su paso por Madrid ha respondido a las preguntas de MUNDO NEGRO. 



Jennifer Nansubuga Makumbi se queda absorta cuando entra en la librería Balqis de Madrid. «Qué maravilla», masculla. Se percibe el centelleo en sus ojos, que buscan los nombres de sus compañeras literatas del continente africano. De pronto, se encuentra con La primera mujer, su último libro, traducido al castellano por Deleste. «¡Qué ilusión!», dice mientras abre y cierra las páginas. 

Aunque en la actualidad la escritora, de origen ugandés, vive en Reino Unido, incide en la importancia de seguir conectada con sus orígenes, su país y sus tradiciones. «Escribo ficción, pero una ficción pensada en diálogo con lectores ugandeses», apunta. Estudió y se doctoró en Escritura Creativa en la Universidad de Lancaster, donde ahora trabaja como profesora. «Durante mucho tiempo, nuestra literatura [la africana] ha sido contada desde fuera. Yo intento escribir como si el mundo entero fuera ugandés y africano», añade. 

En la historia de Kirabo, la protagonista de su novela, ¿quién es la primera mujer? 

En todas las culturas donde hay una sociedad asentada hay figuras de la primera mujer y el primer hombre. En la tradición ganda, esa mujer es Nnambi, Hija del Cielo, que desciende por el arcoíris y encuentra al primer hombre, que surge de la tierra. Pero personalmente nunca me había planteado quién sería «mi» primera mujer. Desde una perspectiva científica, no hay un inicio definido: la humanidad ha ido transformándose de manera constante. No hay una primera mujer con forma concreta en mi mente. 



¿Y en su experiencia personal? ¿Alguna figura femenina que funcione como origen?

Si lo pienso desde lo familiar, tendría que retroceder mucho, incluso más allá de mis abuelas. Recuerdo a una antepasada de la familia de mi madre: fue la primera mujer que abandonó su matrimonio para dedicarse a su comunidad. Construyó su casa junto a un río en el que morían muchas personas al intentar cruzarlo. Acogía a las familias que llegaban con sus muertos, les ofrecía comida, refugio y cuidado. Esa mujer está muy presente en mi imaginario. 



¿Qué fue lo más difícil y lo más satisfactorio de escribir La primera mujer? ¿Hay elementos autobiográficos?

Cuando escribes, no siempre eres consciente de cuánto de tu vida está presente. El abuelo de Kirabo tiene mucho de mi propio abuelo, pero otros personajes, como ­Nsuuta, son completamente imaginarios. Lo más satisfactorio fue construir la relación entre las dos abuelas. Lo más difícil fue humanizar a ciertos personajes masculinos sin convertirlos en monstruos, sino en hombres débiles y complejos. También fue muy duro escribir algunas rupturas y escenas dolorosas. Y, por supuesto, tomar decisiones narrativas difíciles, como la muerte de ciertos personajes, necesarias para que las mujeres empezaran a verse entre ellas, en lugar de girar en torno a un hombre. 

Varias mujeres ugandesas realizan estiramientos antes de jugar un partido de críquet en un parque del distrito de Jinja. Fotografía: Luis Tato / Getty




Hablas del mwenkanonkano, el feminismo africano, como una corriente previa a la europea. ¿Está Europa preparada para entender que África puede ser pionera en algo? 

No, no lo está. Europa ha crecido con una idea de superioridad y con la imagen de África como un continente atrasado, pobre y dependiente. Aceptar que África ha sido pionera en algunos aspectos implica desmontar ese relato. Incluso hoy resulta difícil para muchos relacionar a África con Egipto o aceptar que civilizaciones africanas construyeron grandes obras como las pirámides. Sabemos que hay más pirámides en Sudán que en Egipto, que el reino de Kush fue anterior, que en Tombuctú existió una de las primeras universidades del mundo…, pero todo eso cuestiona lo que se ha enseñado durante siglos. Ese relato fue necesario para justificar la esclavitud y la colonización. Para oprimir a un pueblo, primero hay que considerarlo inferior. Ese discurso está cambiando poco a poco, y los escritores tenemos la responsabilidad de señalarlo, con cuidado, pero con claridad. 



¿Cómo se representan los estereotipos del continente africano en Occidente?  

Principalmente en los medios y en el cine. Durante años se ha repetido la imagen de la mujer blanca que llega a salvar a la mujer africana. Eso está cambiando gracias a la presencia de africanos en la industria cultural global, que están contando sus propias historias. También hay racismo en redes sociales y en discursos pseudocientíficos. Pero ha habido avances: cuando llegué a Reino Unido, la gente decía abiertamente cosas como «No tengo problemas con los negros, pero África es otra cosa». Hoy eso ya no se dice así. Lo importante es entender que África no está emergiendo ahora, sino que siempre ha tenido potencial. Lo que sucede es que durante mucho tiempo ha sido frenada. 



¿Qué lecciones puede aprender el feminismo occidental del africano?

Primero, que no todos los hombres son el enemigo. En África, muchos hombres han apoyado a mujeres sin definirse como feministas. También entendemos que el patriarcado afecta a hombres y mujeres. A veces oprime a los hombres de formas distintas. Y algo muy importante: las mujeres no son perfectas. El feminismo debe reconocer las contradicciones, la corrupción o los fallos dentro de las propias mujeres, especialmente en relación con la clase social. El feminismo ha avanzado principalmente con mujeres de clase media, mientras que las mujeres trabajadoras han quedado en los márgenes. Esa tensión es fundamental. 



Volvamos al mwenkanonkano. El libro incluye un amplio elenco de mujeres protagonistas. ¿Es intencional? 

Sí. Quería mostrar que no hay una única forma de ser mujer ni de resistir. En mi contexto, las mujeres luchan de maneras menos visibles: negocian, retroceden, persuaden, se adaptan. No siempre marchan ni exigen frontalmente como en Occidente. Por eso presento distintos personajes: la radical, la tradicional, la que negocia, la que se rebela… Todas están sobreviviendo. Y ese es el mensaje: no debemos juzgar a ninguna mujer por las decisiones que toma. 



¿Cuál es la situación actual de la mujer de clase media en Uganda?

Es una realidad muy cambiante. En Uganda, las clases sociales no son fijas, dependen del contexto político. Familias que fueron aristocráticas pueden caer en la pobreza en una generación. Sucedió, por ejemplo, durante el régimen de Idi Amin. Hoy la clase media está creciendo, y hay mujeres muy formadas que redefinen su relación con el matrimonio y la maternidad. 



La protagonista, Kirabo, es una joven curiosa e inteligente que desafía las expectativas que su entorno deposita sobre ella. ¿Es ese el camino que deben seguir las jóvenes ugandesas para desafiar el patriarcado en el país? 

No me gusta prescribir un único camino. Las mujeres están condicionadas por sus circunstancias. Pero sí creo que el feminismo debe transmitirse entre generaciones. No se trata de rechazar a nuestras madres o abuelas, sino de entender sus contextos. Cada generación debe tomar ese conocimiento, adaptarlo y construir sobre él. El problema es cuando las generaciones se enfrentan en lugar de dialogar. 



En la novela, la presencia de Idi Amin y su régimen dictatorial funciona como telón de fondo. Hoy, con la presidencia de Museveni desde 1986, ¿cuál es la situación social del país y que límites tienen el mwenkanonkanou otros movimientos sociales?

Es complejo. El propio sistema ha impulsado avances importantes para las mujeres, como el acceso a la educación y la representación política. Pero, al mismo tiempo, ese mismo sistema genera nuevas contradicciones. Hoy en Uganda no es que las mujeres estén oprimidas como mujeres: todos, hombres y mujeres, están afectados por el contexto político. 



Nsuuta le dice a Kirabo que las historias son fundamentales, que en el momento en que las mujeres callen, alguien llenará ese hueco por ellas. ¿Qué debemos hacer para no caer en el silencio, sobre todo bajo regímenes dictatoriales y de vulneración de los derechos humanos en varias partes del continente?

Volver a las historias de nuestras abuelas. Muchas de esas historias eran códigos, formas de resistencia frente a la presión. Con el tiempo hemos olvidado su significado, pero si las analizamos con atención, descubriremos ideas profundamente feministas. Las tradiciones orales africanas son nuestros primeros textos. Yo no puedo remontarme a Shakespeare, pero sí a los mitos, las leyendas y los cuentos. Si volvemos a ellos con una mirada crítica, encontraremos oro.    



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