«¿Qué va a ser de nosotras?»

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Dos meses después, la inquietud sobrevive a ambos lados de la frontera de Ceuta.



Por Soraya Aybar Laafou, desde Ceuta (España) y Castillejos (Marruecos)




El debate político suscitado tras la llegada de decenas de miles de personas a Ceuta a finales del pasado mes de julio está ocultando la situación que viven muchas de ellas. Muchas decidieron volver. Otras optaron por quedarse. Un número indeterminado falleció. Sus testimonios, en medio del ruido, deben ser escuchados.



Una trenza a medias. Una joven que intenta arreglarse el pelo frente a un pequeño espejo. Una madre que regaña a su hija mientras corre colina abajo. Un padre que camina cada día con sus hijos para buscar un lugar donde ducharse. Una bolsa llena de mantas incapaces de proteger por completo del frío de la noche. Bajo las lonas levantadas en los alrededores del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta, el tiempo parece haberse detenido. 

Han pasado semanas desde el 30 y el 31 de julio, cuando decenas de miles de personas cruzaron desde Marruecos a la ciudad ­autónoma. La frontera ya no concentra las imágenes de aquellos dos días. Tampoco Castillejos está paralizada por miles de jóvenes caminando hacia España. Pero la crisis no terminó cuando se vació la carretera que conduce al Tarajal. Esa crisis ahora está dispersa por Ceuta. 

Está en las mujeres que siguen esperando una plaza de acogida. En los jóvenes que duermen cerca de las playas o en los montes. En los menores pendientes de conocer cuál será su futuro. En quienes solicitan asilo. En las familias marroquíes que todavía reconstruyen lo sucedido. Y también en una ciudad que durante semanas ha convivido con la solidaridad, el cansancio, la incertidumbre y episodios de violencia. 

Hind tiene 23 años y es de Casablanca. En sus brazos y piernas se acumulan las marcas de varias picaduras. «Hace unos días vimos una serpiente, también hay escorpiones. Por las noches no dormimos a causa del miedo», explica desde uno de los asentamientos más próximos al CETI. Trabajaba como maquilladora en Marruecos. Enseña fotografías que guarda en el teléfono bajo un título: «Violencia familiar». Dice que su hermano comenzó a pegarle después de descubrir que la joven tenía novio. El 30 de julio se lanzó al mar y llegó nadando hasta Ceuta. Ahora su preocupación es otra: «¿Qué va a pasar con nosotras?». 

Sidi Embarek, el cementerio musulmán de Ceuta, donde están enterradas más de 85 personas fallecidas en el cruce. Fotografía: Soraya Aybar Laafou


Una crisis pausada

Las fotografías de las últimas semanas de agosto y principios de septiembre poco tienen que ver con las de finales de julio. Lo que entonces era movimiento se ha convertido ahora en espera. Una larga espera. 

Miles de personas que regresaron rápidamente a Marruecos. Otras continúan en Ceuta repartidas entre dispositivos de acogida, centros habilitados durante la emergencia y asentamientos improvisados. A comienzos de septiembre, el sistema de protección de menores de la ciudad había atendido ya a más de 2 000 niños y adolescentes. 

El Gobierno fue ampliando en agosto los recursos de emergencia y habilitó miles de plazas temporales, pero durante semanas las organizaciones sociales siguieron documentando personas que dormían fuera de los dispositivos y denunciando la falta de espacios seguros. 

En los alrededores del CETI se levantaron hogares hechos con lonas, mantas, cartones y cuerdas. En el Trampolín, grupos de personas dormían junto a la playa. En el Príncipe, un polideportivo terminó convertido en refugio para mujeres y menores. Otros eligieron lugares apartados en Loma Colmenar, Benítez o los montes próximos al centro de estancia temporal. 

Para algunos, Ceuta debía ser únicamente una escala antes de continuar hacia la Península y otros países europeos. Con el paso de las semanas, se convirtió en un lugar donde aguardar. Como una sala de espera de una consulta médica, pero eterna. Adam tiene 19 años y es de Casablanca. Es huérfano, no pudo continuar estudiando y todas las mañanas se acercaba a la frontera del Tarajal mientras veía regresar a otros jóvenes. «¿Por qué no vuelves tú también?», pregunta esta periodista. «No tengo nada que hacer en Marruecos. No he podido estudiar, no tengo dinero para hacerlo. No hay trabajo en mi país. Vivimos dentro de una jaula», contesta. Mientras otros avanzan de regreso hacia la frontera, Adam sacude la mano desde lo lejos. Una amarga despedida. «Buena suerte», le contestan. 

Alrededores del CETI a principios de agosto, donde se agruparon sudaneses y subsaharianos de otras nacionalidades. Fotografía: Soraya Aybar Laafou




Dos días que cambiaron la frontera

Para entender cómo miles de personas llegaron hasta Ceuta hay que retroceder brevemente hasta el 30 de julio. Aquella mañana, en la estación de Casablanca, a más de 400 kilómetros de la ciudad autónoma, decenas de jóvenes buscaban billetes de tren hacia Tánger. Algunos apenas llevaban consigo agua, pan, galletas y un teléfono móvil. Las pantallas repetían vídeos de jóvenes en el mar, sirenas de coches policiales, mapas, indicaciones y publicaciones relacionadas con la haraga, término norteafricano asociado a la emigración irregular. 

Hamid y Ahmed fueron dos de ellos. «No nos queda nada, solo Dios», decía el primero durante el trayecto de tren. Horas después, la carretera entre Tánger y Castillejos estaba llena de personas avanzando hacia Ceuta. La noche terminó marcada por enfrentamientos, vehículos incendiados y una multitud concentrada frente al paso fronterizo. Durante las horas siguientes, miles cruzaron por tierra y mar. Algunos nadaban, otros utilizaban flotadores, aletas o bidones de plástico atados alrededor del cuerpo. 

Las redes sociales habían actuado como un enorme escaparate. «Lo vi en Instagram», «Me lo pasó una amiga por TikTok», «Estaba en un grupo de Facebook», respondieron reiteradamente los jóvenes entrevistados durante aquellos días. En los grupos circulaban imágenes, rutas, información sobre la vigilancia policial y relatos de quienes aseguraban haber conseguido entrar en territorio ­español. 

Aquella movilización terminó dejando también otra imagen: la del regreso. 

Viviendas improvisadas en la playa del Trampolín a finales de agosto. Fotografía: Soraya Aybar Laafou


La frontera de quienes esperan 

Durante los días posteriores, el sentido de la frontera se invirtió. Decenas de jóvenes comenzaron a caminar desde Ceuta hasta Castillejos. Algunos regresaban descalzos, heridos o después de varias noches durmiendo en la calle. Unos afirmaban haber decidido volver por voluntad propia, otros denunciaban haber sido obligados a ello. 

Al otro lado los esperaban madres, hermanos, hermanas y amigos. Fátima buscaba a Khalid, de 26 años. Hadiya esperaba noticias de su hermana pequeña. Mouna aguardaba a su hija. Muchos no habían avisado de que intentarían cruzar y sus teléfonos habían desaparecido, se habían quedado sin batería o simplemente habían dejado de dar señal. Después de varias horas, Fátima recibió una llamada. Khalid había vuelto directamente a casa. 

Poco después gritó Mouna. Era su hija. Llegó media hora más tarde con heridas en el rostro y los brazos. Ambas se abrazaron y desaparecieron rápidamente en busca de un taxi.  Otras familias no recibieron esa llamada. Houda pasó días buscando a su hijo Youssef, de 21 años. Primero en Castillejos y después en Tetuán, su ciudad natal, desde donde sigue sin recibir noticias. «Volverá pronto, inshallah», repetía. Ihsan viajó incluso desde Milán para buscar a su sobrino Suleiman. Caminaba por Ceuta con una carpeta roja cargada de fotografías y teléfonos de contacto para repartirlos por la ciudad. Las mismas redes que habían difundido ­vídeos alentando el viaje terminaron llenándose de fotografías de desaparecidos.

Y después estaban quienes ya no podían regresar. Faten Ben Omar El Azizi tenía 26 años y jugaba al fútbol en el Maghreb Atlético Tetuán. Desde los 14 años trabajaba para ayudar económicamente a su familia. Cuando no entrenaba con su club, subía hasta el cementerio más antiguo de Tetuán para limpiar tumbas y vender rayhan, una planta aromática utilizada en contextos religiosos musulmanes. 

El 30 de julio murió ahogada intentando alcanzar Ceuta después de caer por las rocas y sufrir una contusión en la cabeza. Esa misma mañana, la del 30 de julio, su madre recibió una llamada comunicándole que el visado español que Faten había solicitado acababa de ser ­aprobado. Hoy está enterrada en el mismo cementerio en el que trabajó durante años. 

Narjisse, vecina de Ceuta que repartió centenares de raciones de comida para las personas que llegaron a Ceuta a finales de julio. Fotografía: Soraya Aybar Laafou




Una ciudad asumió la emergencia

Durante las primeras semanas, una parte de las respuestas llegó desde las casas, los barrios y las organizaciones sociales. Narjisse tenía 17 años cuando llegó irregularmente a Ceuta en 1999. Intentó cruzar cuatro veces y terminó viviendo durante años entre la calle y un centro de menores. Cuando comenzó esta crisis migratoria, no lo dudó: tenía que abrir su casa. 

Un día preparó una enorme olla de potaje con su marido, Farid. En 15 minutos habían repartido alrededor de 220 platos entre quienes esperaban fuera. «Ayer preparé macarrones, hoy potaje, y mañana haré lentejas», explicaba mientras servía cada ración. Después salía con bolsas de cruasanes para localizar especialmente a las chicas más jóvenes. 

Border Resistance, una asociación sin ánimo de lucro y basada en la colectividad, organizó desde la Península una caravana solidaria. Una decena de voluntarias preparaban alrededor de 200 raciones de comida diarias y recorrían montañas, carreteras y zonas alejadas buscando a quienes permanecían escondidos. Algunos llevaban dos semanas con la misma ropa. 

En la playa del Trampolín, voluntarios y asociaciones también comenzaron a hacer curas con gasas, vendas y desinfectante. Cruz Roja Española, por su parte, distribuía comida todas las tardes, hasta repartir en torno a 800 raciones. 

La multitud del 30 de julio también escondía historias muy diferentes. En los alrededores del CETI, cientos de sudaneses comenzaron a reclamar asilo. Mohamed tiene 38 años, nació en Jartum y estudió Derecho. A diferencia de otros compañeros sudaneses que habían atravesado durante meses Libia, Argelia o el desierto, él llegó regularmente a Marruecos después de obtener una beca en la Universidad Abdelmalek Essaâdia de Tetuán. Su familia, que huyó de la guerra, está en Egipto. 

Cuando varios militares se acercaron al grupo que protestaba frente al CETI, Mohamed agarró con fuerza su mochila. «Lo único que me queda es mi teléfono móvil», explicó. Estaba sin batería. A su alrededor, decenas de sudaneses repetían una palabra: «¡Asilo, asilo!». Para ellos, los motivos de la migración no eran la falta de empleo como los jóvenes marroquíes ni tampoco las llamadas difundidas en redes sociales. El principal motivo es una guerra que comenzó en 2023 en su país y que ha destrozado hogares y separado a familias. 



Del cansancio a la violencia

Conforme transcurrió agosto, el ambiente también comenzó a deteriorarse. El día 27 de ese mes, centenares de personas bloquearon durante más de dos horas el acceso de un camión de Cruz Roja a la playa del Trampolín, uno de los lugares donde se distribuían alimentos. Más tarde se produjeron destrozos y fueron incendiados refugios y pertenencias de las personas migrantes en los asentamientos de playa Benítez. 

Horas antes, 12 migrantes marroquíes habían sido detenidos después de que un grupo apedreara un vehículo militar en Benzú y causara heridas a cuatro soldados. 

La tensión empezó a alcanzar también a los trabajadores humanitarios. Border Resistance decidió retirarse de Ceuta después de denunciar amenazas y episodios violentos. La Asociación Elín alertó igualmente de ataques contra personas migrantes y contra quienes trataban de prestarles asistencia.

Youssef, originario de Tetuán y padre de cuatro hijas, dormía entonces en una pequeña construcción improvisada. Una noche ardió. «Llegaron un grupo de personas con banderas de España y nos incendiaron las cabañas y todo lo que había dentro de ellas», relataba. Al día siguiente, las pertenencias que había logrado recuperar terminaron arrojadas al mar. Solo consiguió salvar una maleta verde. Vacía.



La pregunta que permanece

En dos meses han cambiado muchas imágenes. En Castillejos ya no hay decenas de miles de personas caminando hacia la frontera. Los trenes de Casablanca vuelven a llenarse de pasajeros con otros destinos. Marruecos reforzó los controles en los accesos a Ceuta y las convocatorias que circularon posteriormente por redes sociales no reprodujeron las escenas del 30 de julio.

En Ceuta, la emergencia también ha ido cambiando de forma. Se habilitaron nuevos recursos, comenzaron los traslados, miles de personas regresaron a Marruecos y las administraciones anunciaron más plazas y recursos ­económicos.

Pero las consecuencias no desaparecen al mismo ritmo que las imágenes de la frontera. Permanecen en las familias que reconstruyen lo ocurrido. En las menores que esperan una decisión administrativa. En quienes quieren solicitar protección internacional. En las mujeres que todavía duermen bajo lonas. En los voluntarios agotados después de semanas repartiendo comida. En una ciudad que ha pasado del desconcierto inicial al cansancio.

Y permanecen en pequeños objetos. Las chancletas abandonadas entre las rocas de Castillejos. Los teléfonos sin batería. Los carteles de desaparecidos. El rayhan plantado sobre la tumba de Faten. Una maleta verde vacía.

Hind sigue mirando a quien se acerca a las lonas próximas al CETI. Un periodista. Un trabajador de una organización. Alguien que lleva un chaleco oficial. Ella busca una respuesta. «¿Qué va a pasar con nosotras?». Dos meses después, esa es la pregunta que todavía resume buena parte de lo que queda de aquella frontera.   



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