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Por P. Placide Petit Majambo Lutumba
Cuando era un joven estudiante de Teología fui enviado a Sudán del Sur para una experiencia misionera de varios meses. Tuve la gracia de estar presente durante la proclamación de la independencia, el 9 de julio de 2011, y tengo grabado en mi corazón el júbilo de este pueblo que había sufrido tanto y que sentía que ese día había logrado su liberación total. Por desgracia, luego las cosas no han marchado demasiado bien.
Sudán del Sur fue también mi destino misionero después de completar los estudios. Estuve en Yirol y después en Mapuordit hasta el año 2021, cuando fui enviado a Roma para una especialización en Teología Pastoral.
Regresé en enero de 2025, esta vez a Awul, en la diócesis de Rumbek, donde los Misioneros Combonianos queremos abrir una nueva misión. Llegué con un compañero que poco después pidió al superior provincial ser destinado a otro lugar porque no consiguió adaptarse a este lugar tan difícil, una zona fragilizada por la violencia, donde los robos de ganado y los conflictos intercomunitarios están a la orden del día.
Soy congoleño y comparto comunidad con tres misioneros de la congregación de los Apóstoles de Jesús, un sursudanés y dos ugandeses. Juntos tratamos de caminar con este pueblo dando lo mejor de nosotros mismos en la formación de los catequistas, visitando a las comunidades cristianas e intentando relanzar otras nuevas.
Awul fue evangelizada por combonianos que consiguieron crear muchas comunidades cristianas, pero el nivel de vida espiritual bajó con la masiva expulsión de los misioneros en 1964.
Estos meses vivo entre la admiración y la preocupación. He encontrado una población ávida de Evangelio, de paz y de educación, con familias que quieren un futuro mejor, a pesar de la inseguridad y la pobreza extrema. Al mismo tiempo, falta de todo a nivel de infraestructuras: no hay agua potable y la gente debe aprovechar el agua de lluvia que queda en los recovecos de los caminos, faltan escuelas, las carreteras son impracticables durante la estación de lluvias y los pocos centros de salud que existen están mal equipados.
Aunque pensamos que venimos a aportar el Evangelio, la realidad es que ya está aquí presente, algo que nos enseñan muchas de las personas con las que nos encontramos, que tienen una profundidad de corazón enorme. Aquí no tenemos las grandes iglesias que he visto en Italia, pero sí corales que cantan con una alegría inmensa.
He comenzado a ver algunos cambios, como ese joven que abandonó las armas para ponerse a estudiar o esa chica, Mary, de 17 años, que se ha negado a un matrimonio impuesto. Son testimonios que me producen un gozo enorme.
En la imagen superior, el autor del texto –segundo por la izquierda– con un grupo de sursudaneses, acompañados por un soldado, cerca de un pozo. Fotografía: archivo personal del autor.
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