
Publicado por Chema Caballero en |
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A comienzos de 2026, África Occidental y el Sahel vuelven a situarse en el centro de las alertas humanitarias internacionales. Según la FAO, decenas de millones de personas viven ya en una situación de inseguridad alimentaria aguda, y las proyecciones para los próximos meses son alarmantes. Conflictos armados persistentes, impactos climáticos cada vez más severos, una fuerte subida de los precios de los alimentos y la reducción de la ayuda internacional se combinan para formar una tormenta perfecta que amenaza con empujar a comunidades enteras al borde de la hambruna.
La aproximación del llamado período de la escasez —los meses de junio, julio y agosto—, coincidiendo con la estación de lluvias, cuando las reservas alimentarias se agotan y aún no se han recogido las nuevas cosechas, hace la advertencia más angustiosa. En este contexto, la FAO llama a un esfuerzo coordinado y urgente para evitar que la crisis derive en una catástrofe humanitaria de gran escala.
Los países más afectados por esta crisis alimentaria son Nigeria, Chad, Camerún, Níger, Malí, Ghana y Sierra Leona, aunque la problemática se extiende a gran parte del África occidental y del Sahel. En todos ellos se repite un mismo patrón: millones de personas tienen cada vez más dificultades para acceder a tierras agrícolas, a mercados funcionales y a alimentos suficientes para cubrir sus necesidades básicas diarias.
La FAO estima que actualmente más de 40 millones de personas se encuentran ya en situación de inseguridad alimentaria aguda en la región. Si no se refuerza de manera significativa la asistencia humanitaria y el apoyo a la producción agrícola, esa cifra podría superar los 50 millones durante la próxima temporada de escasez.
Uno de los ejemplos más preocupantes se encuentra en el noreste de Nigeria, especialmente en el estado de Borno, una región castigada durante más de una década por la violencia armada. Allí, la FAO advierte que más de 15.000 personas podrían caer en una situación de hambre extrema antes de julio de 2026 si no se implementa una respuesta humanitaria inmediata.
La inseguridad ha provocado el desplazamiento de millones de personas, muchas de las cuales viven en campamentos o asentamientos improvisados. El acceso a las tierras agrícolas es limitado o directamente imposible debido al riesgo de ataques, y los mercados funcionan de manera irregular. Como consecuencia, numerosas familias dependen casi por completo de la ayuda humanitaria para sobrevivir. Sin una intervención rápida, el riesgo de que algunas zonas crucen el umbral de la hambruna es real.
La cuenca del lago Chad, que abarca partes de Nigeria, Chad, Camerún y Níger, es otro epicentro de la crisis. Esta región transfronteriza sufre desde hace años los efectos combinados del conflicto armado, el desplazamiento masivo de población y la degradación ambiental.
Miles de agricultores y pescadores han abandonado sus medios de vida tradicionales. Muchos no pueden regresar a sus tierras por miedo a la violencia o porque estas han quedado inutilizables. Las comunidades de acogida, a su vez, ven cómo sus recursos se tensan hasta el límite al tener que compartir alimentos, agua y tierras con los recién llegados.
Igualmente, la reducción del nivel del lago Chad, debido al cambio climático y la sobreexplotación, sumada a la inseguridad, ha afectado gravemente a la pesca y a la agricultura de subsistencia, dos pilares fundamentales de la economía local. El resultado es una dependencia creciente de la ayuda externa en una región donde los fondos humanitarios no siempre llegan en la cantidad necesaria.
En Camerún, las regiones anglófonas del noroeste y suroeste ofrecen otro ejemplo claro de cómo el conflicto impacta directamente en la seguridad alimentaria. La violencia ha forzado a miles de familias campesinas a abandonar sus campos, dejando cosechas sin recoger y reduciendo drásticamente la producción local de alimentos.
La imposibilidad de cultivar no solo disminuye la disponibilidad de alimentos, sino que también elimina una fuente clave de ingresos. Como consecuencia, incluso cuando hay alimentos disponibles en los mercados, muchas familias no pueden permitírselos debido al aumento de los precios y a la pérdida de poder adquisitivo.
Más allá de las zonas de conflicto armado, los impactos climáticos juegan un papel central en la crisis alimentaria. En países del Sahel y en el norte de Ghana, las sequías recurrentes, las lluvias irregulares y las inundaciones repentinas han reducido las cosechas de cereales básicos como el mijo, el sorgo y el maíz.
El cambio climático afecta especialmente a los pequeños agricultores, que dependen casi por completo de la lluvia y tienen un acceso limitado a sistemas de riego, semillas mejoradas o fertilizantes. Cuando las cosechas fallan, las familias no solo pierden alimentos, sino también la posibilidad de vender excedentes para cubrir otras necesidades básicas.
A la inseguridad y al clima se suma otro factor decisivo: la fuerte subida de los precios de los alimentos. En muchos mercados de África occidental, los precios de los cereales y otros productos básicos han aumentado de manera significativa, impulsados por la inflación, los problemas de transporte y la reducción de la oferta local.
Para las familias más vulnerables, que destinan una gran parte de sus ingresos a la compra de alimentos, incluso pequeños aumentos de precio pueden tener consecuencias devastadoras. En la práctica, esto significa menos comidas al día, dietas menos variadas y un aumento del riesgo de malnutrición, especialmente entre niños y mujeres embarazadas.
Otro elemento clave que preocupa a la FAO es la disminución de los fondos de ayuda humanitaria disponibles. En un contexto global marcado por múltiples crisis simultáneas, la financiación para programas de asistencia alimentaria y apoyo agrícola en África occidental se ha vuelto más incierta.
Esta reducción limita la capacidad de las organizaciones humanitarias para actuar con rapidez y a la escala necesaria. En muchos casos, los programas se ven obligados a reducir raciones, acortar su duración o priorizar únicamente a los casos más extremos.
La organización internacional insiste en que la respuesta no puede limitarse a la distribución de alimentos de emergencia. Si bien esta es crucial para salvar vidas a corto plazo, también es fundamental proteger y reforzar los medios de subsistencia agrícolas.
Entre las medidas prioritarias se encuentran la provisión de semillas de calidad, el acceso al agua y al riego, el apoyo a la ganadería y la protección de las tierras agrícolas. Estas acciones permiten a las comunidades producir sus propios alimentos y reducir su dependencia de la ayuda externa.
El mensaje de la FAO es claro: el tiempo apremia. Con la llegada de los meses de la escasez, la situación podría deteriorarse rápidamente si no se movilizan recursos adicionales. Evitar una nueva gran hambruna en África occidental y el Sahel requiere una respuesta colectiva, coordinada y sostenida.
Lo que está en juego no son solo estadísticas, sino la vida y la dignidad de millones de personas que, pese a años de crisis, siguen luchando por cultivar sus campos, alimentar a sus familias y construir un futuro más seguro. La comunidad internacional aún tiene margen para actuar, pero esa ventana se está cerrando con rapidez.
Umar Bullam, de 33 años, trabaja en un campo en Monguno, estado de Borno, Nigeria. La región ha sufrido numerosos ataques por parte de yihadistas que llevan años librando una guerra encarnizada. Fotografía: Joris Bolomey / Getty
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