El góspel y los que fueron obligados a cruzar el Atlántico

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Emmanuel Pi Djob, cantante camerunés.



Por Analía Iglesias desde M’hamid El Ghizlaine (Marruecos)


El músico camerunés Emmanuel Pi Djob lidera un ensemble musical que cultiva el góspel, un estilo que nació afroamericano pero que hoy es universal. En esta entrevista nos explica por qué cree que tiene vigencia y cómo les permite a los que quedaron en África sentir lo que sus ancestros conocieron de primera mano.


Un hombre con una cruz egipcia al cuello camina con parsimonia sobre las dunas de un desierto que no parece su hábitat natural. Se llama Emmanuel Pi Djob, es camerunés y tiene la gracia que solo exhiben las personas en calma, seguras de sí mismas, podríamos decir. Sobre su pecho resalta la cruz llamada anj (el jeroglífico sobre el poder de la vida mortal y eterna), como símbolo que se refiere a la unión de la fortaleza física y la espiritual y que cubre la caja de resonancia de una voz profunda pero maleable. 

De esa plasticidad vocal nos enteramos cuando Djob canta, porque nos lleva lejos, a lugares impensados de los que nos vuelve a traer. Lo hace en bassa y en francés. A veces en inglés. Imposible no prestar atención a esa voz honda durante sus actuaciones en el marco de la cuarta edición del Festival Zamane, que se celebra cada año, a finales de otoño, en el oasis de M’hamid El Guizlaine, en el sureste de Marruecos. Allí lo descubrimos. 

Arriba del escenario, oficia de líder indiscutido de un grupo de experimentados compañeros –algunos compatriotas– que sonríen juntos con cada travesura vocal, entre las cuerdas de los barítonos, el bajo y los tenores (ellos son Jocelyn Balu Lelo, Augustin Dikongué, Bénilde Foko, Mike ­Louvila, Benny Point Owono y Sega Seck). En alguna canción, tres hombres gigantes se vuelven niños divertidos, bailando en un bosque ecuatorial, aunque estén entre las dunas del Sahara. En ese marco geográfico y humano, a mitad de camino entre el verdor exuberante de su lugar de origen y del pulcro asfalto de la tierra francesa en la que residen, estos músicos de góspel africano han procurado fusiones artísticas con músicos del lugar e invitado a subir al escenario a varias cantantes provenientes de la escuela de música que gestiona la asociación Joudour Sahara. Al contrapunto habitual de voces y lenguas de su ­repertorio mestizo le agregan, en esta ocasión, el árabe ­hassanía.

Actuación durante el Festival Zamane 2025. Fotografía: Festival Zamane



Un príncipe bassa

En honor a la verdad, Djob (Yaundé, 1963) es un músico virtuoso. Vive en Montpellier (Francia), pero nació príncipe dentro de la etnia ndogsul, en la familia bassa que, a su vez, pertenece al gran pueblo bantú de África central. Hace unos pocos años decidió aceptar el desafío de suceder a su padre, rey de una pequeña localidad de su región. Asegura que, por fortuna, puede compaginar las responsabilidades que la población de ese lugar le otorgó –viaja allí cada tres o cuatro meses– con sus compromisos como líder de su ensemble vocal. Nos explica que el papel de reina lo ejerce una mujer de la familia. En su caso, ese rol lo desempeña su hermana, que reside de manera permanente en Camerún y puede ocuparse del día a día de una soberana con todas las de la ley. 

Así, Djob puede prodigarse en festivales como este de M’hamid, que explora y da a conocer las antiguas músicas y tradiciones de la región del valle del río Draa, de la mano de invitados del resto del continente. Aquí es donde entrevistamos al cantante camerunés, bajo las gruesas telas oscuras de una jaima sahariana, con la arena cubierta por alfombras (y descalzándose, como se debe). Entonces, nos cuenta que estudió Derecho y Economía en Yaundé (Camerún) y en la Universidad de Montpellier (Francia), pero que la música es la única profesión que ejerció al terminar sus estudios: «Era lo que me apasionaba y lo que me hacía sentir quien soy, formar parte de mi historia».

Pi Djob no necesitó una familia de músicos para saber que la voz era su manifestación y el instrumento musical que mejor le permitía expresarse. Fue autodidacta: «Ya sabes: en África se aprende a tocar solo, de oído, escuchando la radio, porque en Camerún no hubo televisión hasta los primeros años de la década de los 80». La pregunta de esta cronista por la influencia de MTV deja de tener sentido.



¿Por qué el góspel? ¿No es un estilo demasiado estadounidense?

El góspel está muy presente en Camerún, ya que nuestro país fue evangelizado por misioneros estadounidenses. Trajeron este estilo entre el siglo XIX y principios del siglo XX. Y estaba la radio, que emitía La Voz de América y cubría gran parte del continente africano. Prestábamos también mucha atención a los mayores que tocaban. Así aprendíamos, viendo ensayar a los demás.



¿Cree que hay que actualizar o poner al día el góspel para hacerlo contemporáneo? 

El góspel ya es contemporáneo. Es la única música que marca tendencia en los Estados Unidos. Las nuevas músicas, incluso el tecno, provienen del góspel. 

El ensemble musical liderado por Emmanuel Pi Djob. Fotografía: Festival Zamane



Quizá algo de las destrezas del beatbox [crear sonidos que imitan instrumentos únicamente a través de la boca] tengan que ver con aquellas exploraciones vocales…

Es una música innovadora también en cuanto a la composición. Un estilo que siempre ha estado adelantado a su tiempo. Por eso todos los grandes artistas afroamericanos provienen de allí… Y tambien los demás, ya sean blancos o negros, ya sean Johnny Cash, Aretha Franklin, Sam Cooke, Luther Vandross o Whitney Houston. 



¿Dónde encuentra el góspel a su público hoy? 

Después de Estados Unidos, Brasil se ha convertido en un gran país de góspel y luego un poco toda África, porque se ha globalizado. En Francia hay coros de góspel en todas las ciudades. En España yo mismo he contribuido a desarrollarlo, ya que he trabajado, sobre todo, en Cataluña, adonde voy desde hace unos 20 años a impartir cursos. Barcelona se ha erigido en una de las capitales del ­góspel.



Con la palabra góspel rezuma el aire que vibra en cánticos pioneros, que imaginamos nacieron en las viejas plantaciones en América del Norte, con personas esclavizadas que se encargaban de los trabajos más duros de cultivo y cosecha. Cuando escuchamos esos juegos de voces pensamos en las referencias afroamericanas, en los descendientes de personas que fueron esclavizadas. 

Es una historia que me conmueve porque nuestros antepasados recuerdan a las personas que venían a capturar gente para llevársela. Esas historias han permanecido en nuestro territorio y por eso todos sabemos que hay un lugar que se llama mar, aunque no vivamos a orillas del Atlántico, y sabemos que la gente que va allí no vuelve nunca más. Esa sensación está presente entre nosotros, por eso le tenemos miedo al mar. Tenemos muy presente esa conciencia de nuestros ancestros y esa es la razón por la que esta música me resulta muy personal, inclusive la que habla de una buena parte de mi historia. No la veo como algo ajeno.

Ensayo de Pi Djob y sus músicos en la escuela de música de M’hamid El Guizlaine. Fotografía: Festival Zamane


¿Son relatos de relatos de relatos que provienen de otras generaciones? 

Cuando la gente cuenta historias, hay algunas que sabemos que son leyendas. Luego están las que realmente narran la trayectoria histórica del pueblo, y sabemos diferenciar entre ambas. Lo sabemos porque, por ejemplo, la primera vez que vi el mar, algo me pasó y conservé esa sensación. Como si mi ADN lo hubiese grabado. Es algo que va más allá de lo que se cuenta. Creo que los científicos aún no lo han demostrado, pero el ADN viaja, es decir, si tengo un antepasado que fue llevado a Latinoamérica o a Estados Unidos y su ADN continuó en sus descendientes, yo tengo rastros de ese material genético. La tentación de hablar de ciertos rasgos místicos o sobrenaturales que conforman la cosmogonía de algunos pueblos de África central y occidental resulta poderosa cuando nos encontramos con personas cultas que realzan sus raíces y nos pueden ilustrar al respecto. De lo que se trata es de indagar en el vínculo que estos ciudadanos de un mundo tan globalizado mantienen con sus ancestros, en el respeto a las tradiciones que les llegan de lejos y procuran mantener, así como en el compromiso familiar y comunitario que guía buena parte de sus acciones. 



Algunas tradiciones yorubas explican que no veneran a revenants (muertos vivos) porque, según postulan, todos habitamos el mismo mundo. Así como existe la idea de una conciencia que nos sobrevive, ¿cree que podría existir un inconsciente colectivo que nos vincula con los que ya no están en este mundo?

Efectivamente, nuestros muertos no son revenants (o fantasmas), viven en otra dimensión de la vida. Mis antepasados siguen ahí. Yo les hablo y ellos me hablan. Estoy en contacto con los antepasados que se quedaron en el continente africano –mi padre, mi madre, mis abuelos–. Pero, en realidad, es una muy buena pregunta, porque sí contacto con los que se fueron cruzando el mar solo cuando canto. Haciendo música me comunico directamente con ellos, pero no en la vida cotidiana.



¿Sobre qué temas compone? 

Sobre la vida y la muerte. Una de las últimas canciones que escribí fue sobre la muerte de mi madre. Pero también escribo sobre la lucha que debemos librar como africanos, para liberarnos, antes que nada, de nosotros mismos, de nuestra mente. Me refiero a saber distinguir, por ejemplo, entre lo que hemos aprendido de Occidente –el idioma, la forma de pensar e, incluso, la forma de escribir música– y lo que realmente proviene de nuestras raíces. Es algo que practico y cada vez me acerco más a mis raíces.   




Cuestión de vínculos

¿Hay raíces comunes entre el gnawa marroquí y el góspel afroamericano? Sin dudar, en la respuesta deberíamos mencionar las restricciones a las que fueron sometidas las personas esclavizadas en África y América, vinculadas con la profusa percusión hecha de metales –un día fueron cadenas– y palmas –la posibilidad de hacer sonar el propio cuerpo para acompañar la voz–. Aunque hay distancias armónicas y melódicas notables a explorar. Con todo, ¿es posible la fusión? Sí, contestaría con entusiasmo cualquier músico camerunés o magrebí. 

De ahí surge la residencia musical Sur les traces des origines (‘Tras las huellas de los orígenes’), un programa plurianual que, entre el 17 y el 24 de abril de 2026, celebrará su tercera edición –con la dirección artística de Emmanuel Pi Djob–. Esta vez, las sesiones de formación e intercambio se dedicarán al gnawa y el góspel, dos expresiones de herencia africana portadoras de una indiscutible dimensión espiritual y la energía colectiva de la fraternidad. El objetivo es la creación de un espacio didáctico y la puesta en valor del patrimonio inmaterial, precisamente en un territorio como el del Drâa-Tafilet, en Marruecos, una zona mestiza que, desde tiempos lejanos, ha sido el paisaje ineludible de los mercados que abrían las caravanas, en ruta entre el norte de África y la región subsahariana. 




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