
Publicado por Javier Fariñas Martín en |
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Soy un sacerdote colombiano de la región de Antioquía, miembro de una familia campesina con 15 hijos. Hace 38 años fui ordenado cura. Quise ir al Pacífico colombiano, en concreto a la diócesis de Quibdó, en el departamento del Chocó.
Por una razón muy sencilla. Los Misioneros Claretianos fueron a mi región y me invitaron a que me hiciera sacerdote para ir a África. Yo dije que sería sacerdote para ir a lugares donde se necesitaran misioneros y misioneras. En mi pueblo yo veía que había muchos sacerdotes, incluso se peleaban para ver quién celebraba la misa (ríe). Entonces fui al Chocó y allí, en esa región, me encontré con comunidades afrodescendientes e indígenas y me dije: «¿Para qué voy a ir a África? Mejor me quedo acá». De mis 38 años como sacerdote, solo los cinco primeros los he completado en una parroquia, el resto ha sido trabajo social de acompañamiento a las comunidades desplazadas, a las víctimas, a los niños soldado o a las comunidades afro para que reclamen sus derechos ante el Gobierno. Ayudamos también a desarrollar programas y proyectos agrícolas, de salud o de educación en las comunidades de la región.
Claro. En Colombia, sobre todo desde esa línea de una Iglesia más conservadora, a veces algunos obispos dicen que no, que todo esto de lo social, de trabajar por la paz y por los derechos humanos no es Evangelio. Pero yo les respondo que claro que lo es. Les digo: «A Jesucristo no lo mataron por rezar el rosario o celebrar misa, sino por defender la vida y los derechos humanos». El papa Francisco dio mucha fuerza al desarrollo humano integral, a todo lo que tiene que ver con la vida y con la naturaleza. Para mí este es el rostro solidario de la Iglesia, aunque la pastoral parroquial y sacramental también es necesaria. La labor social de la Iglesia tiene mucho que ver con ese refrán que dice «a Dios rogando y con el mazo dando».
La dimensión profética tiene dos aspectos. Por un lado se trata de anunciar una buena noticia, anunciar la venida del Reino, que es paz, justicia y amor. Pero también está la dimensión de denunciar lo que está en contra de esa buena noticia. Eso es lo que hizo Jesús. Dichosos los que trabajan por la paz y la justicia, dichosos los que trabajan por los derechos humanos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Jesús también dice que si nosotros no hablamos, las piedras hablarán por nosotros. Y, lo que sería más grave, los perros ladrarían por nosotros. Como Iglesia no podemos ser perros mudos. A mí me ha tocado hacer muchas denuncias públicas.

Contra los grupos armados que atentan contra la vida de las comunidades. He recibido amenazas de la guerrilla, de los paramilitares y de la fuerza pública. Me ha tocado denunciar a gobiernos, alcaldes, gobernadores, a funcionarios públicos corruptos que robaban la plata de la educación y de la salud. Es un trabajo de incidencia, de visibilización de estas situaciones. Esta tarea le trae problemas a uno porque incomoda, como Jesucristo incomodó a muchos.
Sí, sí. Ha habido de todo. Por un lado, obispos muy comprometidos que me han dicho que hay que seguir, pero otros sí me piden que me calle porque me van a matar. Yo les digo que si hay que estar callado me voy. Ante una realidad como esta, ¿cómo me quedo callado? Luego está mi familia. Me acuerdo de mi madre, que sufría mucho conmigo. Mis hermanos también padecen, pero me animan a continuar con mi trabajo.
Sí. De joven trabajaba en el campo con mi padre cultivando caña de azúcar y café, pero también me gustaba aportar cosas a la comunidad. Ya en el colegio era el que intermediaba cuando algún profesor cometía una injusticia o cuando creía que el cura de mi pueblo no hacía lo que debía. Con el tiempo, las realidades que he vivido en el Chocó y en el Pacífico me han llevado a ser muy activista. En mi tierra me han querido matricular como un cura de la teología de la liberación, pero yo digo que no, que soy un sacerdote y a mí lo que me inspira es el Evangelio, que es liberador de por sí. Jesucristo vino a eso, a liberar a los oprimidos. En América Latina uno tiene que hablar y ayudar ante realidades, ante rostros tan concretos de pobreza, de gente excluida y marginada, ante tantas desigualdades e inequidades. No se trata de promover una lucha de clases entre ricos y pobres. También hay que hablar y evangelizar a las personas adineradas para que sean solidarias. La realidad es la que nos va transformando y nos ayuda a comprender que estamos en este mundo de paso, que los bienes materiales son para el bien común y que hay que ayudar a que la gente tenga una vida más justa y fraterna.

Todo. Hay que hacer transformaciones en todo el territorio. Por ejemplo, en la educación no solo hay que contratar maestros, sino que tiene que haber una infraestructura suficiente, que haya escuelas. Faltan pupitres, los niños se sientan en el suelo y se mojan cuando llueve. Hacen falta también comedores escolares. Lo más grave es que hay recursos. El Estado los tiene y los da, pero a veces los políticos se los quedan. Sucede lo mismo con la salud. No hay hospitales de primer nivel ni centros médicos. Cuando una mujer tiene que dar a luz, a veces le toca ir en lancha ocho o diez horas hasta el centro de salud. Por eso nos toca realizar estas denuncias a los Gobiernos de turno, pero también tenemos que hablar con la guerrilla o los paramilitares para que cese el fuego, acaten el derecho internacional humanitario o no pongan minas antipersona. Ese es un trabajo de 24 horas los siete días de la semana que realizamos personalmente, pero también a través de los medios de comunicación.
No, hay que seguir aunque apriete el cansancio. Este trabajo por la paz y la justicia es de todos los días. El papa Francisco nos insistió mucho en que no nos podíamos cansar. Tenemos que estar ahí de pie hasta que Dios nos tenga con vida. Una trabajadora de Naciones Unidas me preguntó una vez qué hacía para levantarme y ver todos los días el drama de los desplazados a causa de la violencia. Es cierto que es duro, pero cuando uno ve el rostro de una madre que ha vuelto a recuperar a su hijo o cuando retorna una población que ha estado desplazada, esas sonrisas dan mucha fuerza.
Colombia es un país muy desigual y existe, guste o no, un racismo estructural impresionante, hay mucha discriminación en Colombia. Más de una vez me han preguntado por mis motivaciones para ir al Chocó y yo respondo que la calidad humana de los afrodescendientes, sus usos y costumbres, sus culturas, su espiritualidad, su ancestralidad y su solidaridad. Todo esto me ha llevado a enamorarme de este pueblo, pero no solo del pueblo negro. El mundo indígena también es espectacular. Aunque en Teología se nos habla de las semillas del Verbo y del Verbo encarnado, los pueblos negro e indígena nos enseñan a vivir el Evangelio, a compartir, a trabajar y luchar en común, a vivir en comunidad. Ellos lo tienen muy claro, lo llevan en su ancestralidad, en su sangre, y eso es muy bonito.

Recuerdo mucho a mi viejo obispo que me decía que para trabajar en el Chocó había que tener tres vocaciones: vocación sacerdotal, vocación misionera y vocación para el Chocó. Cuando me hablaba de esto, yo le decía: «Entonces, ¿qué hago?, porque a duras penas tengo una.
Sí, a duras penas, me digo, porque no sé si la tengo o no. A uno le preguntan muchas veces por qué se hizo sacerdote. Y la verdad es que no lo sé, pero aquí estoy. Entonces, en ese contexto me cuestionaba qué hacer para conseguir la vocación misionera y la específica para trabajar en el Chocó. Puede haber muchos sacerdotes, pero no son misioneros, y puede haber muchos misioneros, pero no para trabajar en el Chocó.
No lo sé, pero si no fuera aquí seguramente estaría metido también en otros temas, porque en el interior del país están las comunidades campesinas y el mundo obrero. En el Chocó también me he movido en el ámbito sindical. En un pueblecito donde había una mina, los trabajadores estaban explotados y les ayudé a fundar un sindicato. Desde Antioquía y desde la Conferencia Episcopal me han llamado para que me vuelva, pero no es el momento todavía.
Que somos más energía que materia, que somos seres espirituales y que la religión, cualquiera que sea, es la forma de expresar esa espiritualidad. Creo que he aprendido más de teología con los pueblos originarios y afro que en el seminario. El Evangelio no se impone, sino que se encarna, aunque a veces cueste entenderlo, incluso dentro de la Iglesia.

Uy, sí, sí, sí. Igual que hay gente que no me quiere, también hay muchos amigos, muchas personas que me quieren y me protegen. Con independencia de la existencia de amigos y enemigos, como Iglesia tenemos que continuar con ese trabajo de paz, de perdón, de ayudar a que se encuentren víctimas y victimarios, de promover la reconciliación y el perdón, no el olvido.
No, no, nunca.
Tampoco. Estos procesos de reconciliación no se producen de la noche a la mañana. Creo que algunos curas nos equivocamos, porque simplemente confiamos en el perdón y el olvido. En este sentido, el Catecismo del P. Astete es muy sabio porque ofrece los pasos necesarios para una buena confesión. Yo lo aplico mucho. Lo primero es reconocer los pecados, o sea, la verdad. Después de esto, sigue el acto de contrición, que supone la reparación y la justicia. Entonces ahí ya sí estamos preparados para ser perdonados. El perdón supone todo un proceso. Esto es muy difícil. Para que haya una buena armonía que logre la paz, debe haber verdad, justicia y reparación y el compromiso de no volver a repetir los actos que han causado esa situación. Se trata de toda una cadena que hay que trabajar mucho.
Se han hecho cosas. Hay casos en los que sí se ha logrado completar todo ese ejercicio. También me parece que en esto la Iglesia, los sacerdotes, tenemos un campo de acción muy importante. Siempre me pregunto por aquellos con los que nos vamos a reconciliar. No nos vamos a reconciliar entre nosotros mismos, sino con aquellos que nos han hecho daño. Por eso, cuando antes me hablaba de mis enemigos, tengo que decirle que no los tengo. Quizás otros me tengan a mí como enemigo suyo, pero en mi caso he perdonado a aquellos que me han hecho daño.
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