
Publicado por José Naranjo en |
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El próximo 12 de junio entra en vigor el Pacto Europeo de Migración y Asilo, el último intento de la Unión Europea (UE) de armonizar la gestión de los flujos de migrantes y refugiados que llegan a su territorio. Aunque su implementación no será fácil, dada la enorme disparidad de criterios de cada Estado miembro, hay una realidad innegable: la derechización de Europa nos lleva a un continente cada vez más restrictivo en materia de derechos. A medio y largo plazo, el pacto tendrá un impacto sobre la movilidad humana y los jóvenes africanos que buscan oportunidades en nuestro suelo, que estarán entre los más perjudicados.
Además del sistema de distribución de solicitantes de asilo dentro del territorio europeo –uno de los puntos débiles de su puesta en marcha, dadas las reticencias de muchos países–, los tres pilares en los que se cimenta la nueva normativa son la mano dura en frontera, que incluye controles más exhaustivos, centros de internamiento donde los derechos de las personas quedan suspendidos y devoluciones aceleradas; la lucha frontal contra las vías irregulares de emigración y, por último, la externalización de la frontera, con una Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex) fortalecida en los países de origen e incluso expulsiones de migrantes a terceros países con los que se alcancen acuerdos.
Dicho de otra manera, las políticas neofascistas que hasta hace tan solo cinco o seis años nos escandalizaban con medidas como el intento de expulsión de refugiados desde Reino Unido a ese «país seguro» llamado Ruanda (ver MN 703, pp. 30-35) o el cierre a cal y canto de las vallas en el frío invierno de Idomeni –que tenían como referentes ideológicos a Giorgia Meloni en Italia, Le Pen en Francia o Vox en España–, adquieren ahora en Europa rango de ley. La regularización extraordinaria de medio millón de migrantes, objetivo del Gobierno de España para estos tres meses, se dibuja, así, como el último rayo de luz de un centroizquierda desorientado que sabe que se viene una noche larga y oscura.
¿Y África? El desmoronamiento del orden mundial y el recurso a la amenaza y la fuerza bruta como nuevo eje de las relaciones internacionales augura tiempos difíciles. La emergencia de regímenes liberticidas en un continente dividido cuyos recursos, cada vez más preciados, las grandes potencias tratan de repartirse, como si fuera un dejavu de garrafón de los tiempos de la Conferencia de Berlín, las sacudidas económicas de conflictos cercanos y lejanos, el enorme lastre de la deuda, la obvia realidad demográfica y la incapacidad de articular una respuesta común hacen prever que la presión migratoria no decaerá. Estos días se escuchan cantos de sirena por el descenso de llegadas en la ruta atlántica. Nada aprendieron de la solidez, complejidad y resiliencia de este fenómeno.
Abocados a un escenario marcado por las tensiones, la violación de derechos, la injerencia y el maltrato institucional a los migrantes, solo queda una respuesta: frente a la aritmética parlamentaria del odio, la semántica callejera de la hospitalidad. Ante unas redes sociales dominadas por el relato monocorde y simplista de la invasión, el reemplazo y el miedo, contra quienes quieren replicar el espíritu trumpista del ICE en el corazón de la vieja Europa, la respuesta es la información veraz, el análisis, la reflexión pausada y, sobre todo, el ejercicio de una hospitalidad convertida en la trinchera de un ejercicio de resistencia que se perfila cada vez más necesario.
En la imagen superior, varias personas salen del Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes (CETI) en Ceuta. Fotografía: Antonio Sempere / Getty
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