La vocación a ser feliz

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El P. Alessio Geraci es un misionero comboniano italiano de 43 años que trabaja en Perú. Siempre lleva en el dedo el famoso anillo de tucum, sandalias en los pies y una cruz al cuello. Dice Alessio que el anillo, además de simbolizar el compromiso concreto con los empobrecidos, le recuerda su elección del amor universal y no exclusivo, fundamento de la castidad fecunda; las sandalias son para el misionero expresión de su deseo de actualizar en su vida las palabras de san Pablo: «Cristo, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza»; mientras que la cruz muestra su elección radical de seguir a Cristo, que «se hizo obediente hasta la muerte en la cruz» . El P. Geraci siempre tuvo más o menos claro que quería ser misionero, pero le llevó un tiempo concretar su elección por el sacerdocio misionero como comboniano. Os invito a leer su testimonio.



Por P. Alessio Geraci



Soy Alessio Geraci, un sacerdote misionero comboniano feliz de serlo. Soy feliz con ser el padre, el amigo y el hermano de todos y todas, en especial de quienes más sufren. Soy hijo único. Mis padres, Gabriella y Vincenzo, nunca me pusieron trabas para que pudiese dedicar toda mi vida a la Misión. Siempre han sido mis primeros «hinchas» y, al igual que mis amigos, siempre me han apoyado.

Nací en Palermo, una ciudad ubicada al sur de Italia. Desde muy pequeño, cuando iba a la catequesis, soñaba con ser misionero gracias al testimonio de Luisa, una misionera laica de mi parroquia que, además, era mi catequista. Como había estado varias veces como misionera en Madagascar, cada vez que volvía nos hacía ver diapositivas y fotos de aquellos viajes. Me impactaba mucho ver la sonrisa de los niños, pese a que no tenían muchos bienes materiales, pero sobre todo la de los misioneros. Ahí comencé a soñar con ser como ellos. Con el paso del tiempo entendí que no era solo el sueño de un niño, sino que era el sueño que Dios había puesto en mi corazón. Lo descubrí sobre todo en mi parroquia, donde desde niño servía con alegría y pasión como monaguillo y después, un poco más mayor, como ministro extraordinario de la comunión y animador del grupo juvenil.

Cuando tenía 24 años hice mi primer viaje misionero en compañía de otros jóvenes italianos. Estuvimos casi un mes en Togo, donde conocí a los Misioneros Combonianos. Uno de ellos en particular, el P. Flavio, con su manera de ser, su alegría y su entrega generosa empezó a despertar en mí muchas inquietudes vocacionales. De regreso a Italia, empecé tres años de servicio como misionero laico en Argentina, Tanzania, Centroamérica e Italia. Recuerdo ese período con mucha alegría, porque fue como una preparación para lo que Dios estaba poniendo en mi corazón. Hasta aquel momento había descartado la posibilidad de ser sacerdote no porque no sintiera en mi corazón esa llamada, sino porque pensaba que había otros chicos mejores que yo que podían serlo. Me conformaba con ser misionero laico, quizás con mi novia, formando una familia y siendo ambos anunciadores del Evangelio en tierras lejanas. 

Fue en Guatemala donde, por primera vez, sentí arder mi corazón escuchando el llamamiento que hace Jesús, el Buen Pastor, quien nunca se cansa de llamar, pese a los muros y barricadas que a veces le ­construimos.

exterior de la Capilla San Martín de Porres, en Chorrillos, atendida por los Misioneros Combonianos. Fotografía: Archivo MN. En la imagen superior, el P. Alessio Geraci con un joven en Perú, donde está destinado en la actualidad. Fotografía: Archivo personal del autor




Una red de contactos

A lo largo de estos tres años como misionero laico, no dejé de mantener contacto con los Misioneros Combonianos. La amistad con algunos de ellos ha sido importante en mi discernimiento. También fue crucial la persona que me estaba acompañando espiritualmente, la Hna. Anna, una religiosa con mucha experiencia misionera. Me aconsejó hacerme con un libro sobre san Daniel Comboni y al leer su vida y entrar en contacto con su historia, vi que su carisma me atrapaba, que su valentía y su pasión por la Misión eran también las mías. El último elemento que me hizo optar definitivamente por los Misioneros Combonianos fue una carta que leí en su página web. La escribía desde Perú el P. Fernando, un comboniano italiano que compartía su experiencia en tierras latinoamericanas. ¡Era una carta llena de pasión por la Misión! En mi caso, que desde los tiempos de la universidad llevaba Latinoamérica en el corazón, descubrí entonces que no solo tenían misiones en África, donde yo los había conocido, sino también en mi amada Latinoamérica. No había dudas: ¡yo también quería ser misionero comboniano!

Con 27 años ingresé en el seminario de los Combonianos en Italia para ser sacerdote misionero y dedicar toda mi vida a Dios llevando su Palabra hasta los rincones más olvidados del mundo. De Italia pasé al noviciado en Portugal. Después de mi primera profesión, en 2014, llegué a Perú para estudiar Teología y completar mi formación misionera. Aquellos años de estudio viví también bonitas experiencias pastorales en las periferias del sur de Lima, la capital, y durante los veranos en la selva peruana.

Durante aquellos cinco años en Perú pude ver de cerca la fe sencilla e inquebrantable del pueblo peruano y experimenté toda la belleza de ser acogido como misionero. Recuerdo con emoción la celebración de la primera comunión de algunos niños y adolescentes a los que había preparado para el sacramento en la selva central del país. En el momento de las peticiones, una joven, Laura, empezó así su oración a Dios: «Papá, te ruego…». ¡Qué lindo! Esta chica había entendido y asumido lo que a través de la catequesis estaba tratando de hacerle llegar al corazón: que Dios era padre, un padre siempre pendiente de todos sus hijos e hijas.

Después de cinco años maravillosos en tierras peruanas fui ordenado sacerdote y destinado al norte de Italia, en concreto a Padua, cerca de Venecia. Empecé a ser sacerdote misionero comboniano en mi tierra, llevando por cinco años la Palabra de Dios a las gentes de mi país, en especial a jóvenes y a personas migrantes. Prácticamente empecé a ser sacerdote misionero comboniano durante la pandemia, que supuso un reto para mi vida misionera.

El P. Valentín García, uno de los misioneros españoles que trabajan en Perú. Fotografía: Archivo MN




Un inicio peculiar

Durante los primeros meses, cuando estábamos encerrados en casa, se me quedaron ­grabadas en la mente y en el corazón unas palabras de mi padre. Un día de marzo, por teléfono, me dijo: «¿Sabes? Estoy contento sabiendo que estás viviendo esta pandemia en Italia y no en Perú». Lo decía porque sabía que, de haber estado allí, no me hubiera quedado quieto en casa, sino que habría estado entregando ayudas materiales y ofreciendo atención espiritual a la gente que más lo necesitaba, tal y como hicieron mis compañeros combonianos en Perú durante ese tiempo. Yo no podía salir de casa para ayudar, pero sí podía hacerlo de otra forma: la pandemia me sirvió para compartir más mi fe y transmitirla de una forma nueva a través de Internet. 

En aquellos meses, mucha gente se cuestionaba su fe y yo pude hablarles de este Dios bueno, de este padre siempre pendiente de todos sus hijos e hijas, de este Dios que lucha, sufre, llora y espera con todos los que luchan, sufren, lloran y esperan. Hablarles, en definitiva, del Dios que yo me he encontrado y me ha llamado. 

De estas reflexiones, compartidas a diario en las redes sociales, nació mi primer libro, publicado en 2022 en Perú con el título Buenas noticias en tiempo de pandemia, cuya versión italiana apareció en 2023.

Desde octubre de 2024, con mucha alegría, he vuelto a misionar en tierras peruanas. Me encuentro en la actualidad en Chorrillos, en la periferia sur de Lima. Soy responsable de la Parroquia Cristo Misionero del Padre, que tiene un territorio enorme y ¡casi 100 000 habitantes! Aquí han servido muchos misioneros combonianos españoles, como los padres Lorenzo Díez Maeso, Conrado Franco, Florentino Lafuente, Valentín García  o Francisco José Martín Vargas, entre otros. Siento que acompañar a los jóvenes es una de las tareas misioneras más hermosas. En ese proceso ves sus inquietudes, sus ganas de conocer y de entregarse a la Misión, sus sueños por construir un mundo mejor, más justo y fraterno, un mundo como el que sueña Jesús. Pero una parroquia de acción pastoral y misionera no se dirige solo a los jóvenes, también a las familias, a los niños, a los adolescentes, a los enfermos… Es decir: a todos. En la comunidad comboniana somos tres sacerdotes y buscamos siempre ser el reflejo de lo que san Daniel Comboni nos pedía en su momento: ser un «cenáculo de apóstoles…, como rayos que juntos resplandecen y ­calientan».



El impacto de la pastoral penitenciaria

Desde octubre de 2025 soy también capellán de la cárcel femenina de máxima seguridad y puedo decir que, de mis siete años como sacerdote, esta es la experiencia que más me está marcando. No es solo confesar o celebrar la eucaristía con nuestras hermanas privadas de libertad, es, sobre todo, escuchar, aconsejar, acompañar, velar por sus derechos muchas veces pisoteados, ser una presencia amiga, reflejo del amor misericordioso de Dios para con todos sus hijos e hijas.

Como podéis ver, es una vida repleta de actividades pastorales y de amor. Es un amor recibido de Dios y compartido con su pueblo. Es un amor recibido también de parte del pueblo santo y fiel de Dios, quien siempre nos anima a dar lo mejor de nosotros mismos.

Queridos amigos y amigas de MUNDO NEGRO, la vocación a la cual desde siempre y para siempre Dios llama y sigue llamando a todos y a cada uno de nosotros es a la felicidad. Por eso os animo a que no tengáis miedo de decirle sí al Señor. ¡No tengáis miedo de ser verdaderamente felices! La vida misionera está llena de amor y pasión. Y si hasta ahora nunca te habías planteado las siguientes preguntas: «¿Yo misionero o misionera? ¿Por qué yo no?» ¡Este es el momento oportuno para hacerlo!   

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